INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Tiene publicados cuentos, poesías y relatos, en revistas literarias, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda". Es coautor en los libros "El hilo invisible" y "El Melocotón en la Historia de Cieza". Participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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27/6/20

Las intermitencias de la vida

 .
Lo perfecto, lo bello, lo humilde y lo efímero a un tiempo
Se me ha muerto una admiradora, una lectora, una forofa, una mujer que me quería. «¡Joaquín, te quiero!», me dijo cuando me había alejado unos pasos después de despedirnos; aquello hará un par de años quizá, y me reiteró su fidelidad inquebrantable hacia mis artículos semanales. «Compro el periódico sólo por leerte; luego arranco la hoja y la guardo», me confesó. No le interesaba alzar los periódicos enteros, para qué; ella solo conservaba las hojas arrancadas con mis artículos. «De vez en cuando las saco y los leo». Me pareció excesivo, pero le di las gracias de corazón y me marché, y esa fue la última vez que nos vimos. Aunque he preguntado siempre por ella a sus familiares. «¡Fuerte como un roble!», me respondían. Aunque hacía tiempo que no salía de casa la mujer; los años no perdonan y aunque tenía buena madera, la edad le iba mermando la movilidad. Es lo que hay. Hasta que llega la gran intermitencia de la vida, la desolación del ser y no ser, el final biológico y la muerte destructiva. Luego el misterio humano de la fe, de alcanzar la existencia en otra vida con otra naturaleza.

Los cierto y verdad es que nunca nadie sabe cuándo es la última vez que ve a un familiar, que habla con un conocido o que abraza a un amigo. Yo no supe que era la última vez que comíamos juntos Paco Martínez Rojas, un puñado de amigos y yo; creo que fue en noviembre del año pasado; yo leí un poema que había escrito para la ocasión, describiendo aquel ambiente tan lejano y tan indeleble de nuestras vidas adolescentes, y él me miraba atento y sonriente. Luego, sabedor de que yo poseía, de memoria, la lista de alumnos de la promoción de 1968 del Instituto (nuestra promoción constaba de dos aulas de 42 alumnos, 84 en total), me pidió que se la mandara al correo electrónico, lo cual hice en días posteriores (no recordaba a muchos de su clase, 1º B, «no les pongo cara», me dijo; sin embargo se sentía más unido a nosotros, los de 1º A, donde estaba nuestro muy querido y común amigo Lorenzo Guirao Sánchez, hoy quizá ambos en eterna compañía tras las intermitencias de la vida). También le mandé al wassa un vídeo de esos que rulan por las redes, que merecía mucho la pena ver y escuchar (yo, normalmente, elimino casi todo lo que me mandan; solo algunas cosas que me parecen buenas, las dejo ahí). Entonces, mi amigo Paco, mi compañero de Instituto, mi médico durante muchos años y mi alcalde un tiempo siendo yo funcionario municipal, me respondió lo siguiente acerca del vídeo: «Es un vídeo positivista pero tú sabes [Joaquín] que hay situaciones en la vida que te mete en un pozo sin fondo que necesitas que te echen una mano y venir otra vez arriba…» (He transcrito el mensaje sin poner una coma, tal como él me lo escribió, y sólo he encorchetado mi nombre, pues era a mí a quien le hacía esa reflexión y eso, entiéndanlo ustedes, me emociona.) Luego, no hace mucho, a finales del mes de mayo, uno de nuestros amigos comunes de aquella promoción de bachillerato de hace más de cincuenta años, Manolo Balsalobre Ato, me mandó un mensaje de voz al teléfono; en el audio, con palabras atadas por la pena a sus cuerdas vocales, me dijo «Compañero Joaquín, me han dicho que acaba de morir Paco Martínez Rojas, nuestro compañero...». Y entonces fue cuando me di cuenta de pronto que no le había dicho las suficientes veces lo mucho que lo apreciaba y lo mucho que le agradecía su amistad. Así que guardaré en mi memoria, además de la imagen del profesional de la medicina que lo fue, dándome su opinión facultativa y su consejo en mi desolación por la enfermedad incurable de mi esposa (pronto hará ocho años que tuvo que marcharse, quedando tantas cosas por vivir…), y además de la imagen del alcalde cercano ayudándome en base a nuestra leal amistad cuando lo necesité, además, me quedaré también con su imagen, un tanto ya franciscana por su intermitente travesía del desierto de la enfermedad, de sonrisa amable, escuchando mis versos de sobremesa, construidos en remembranza de cuando éramos casi unos niños y el mundo aún aparecía ante nosotros como un melón sin abrir. Me quedaré con la humildad de esa última sonrisa de mi amigo Francisco, la de un hombre que se halla no lejos de a alcanzar lo más postrero a que se puede llegar en esta vida: a la muerte.

Les decía que esta tarde, cuando he visto la esquela, pegada en la puerta de la parroquia de San Juan Bosco, de mi amiga Antoñica, que se ha tenido que marchar a los 95 años, he tenido también la sensación de que cuando ella me hablaba con rendida admiración por cuanto escribo en estos artículos semanales, quizá yo no le dije las suficientes veces lo agradecido que estaba por su generosidad. Pues en esta existencia, en el único momento en que podemos actuar es en el presente, ya que el futuro es inasible por incierto y el pasado es solo la estela de haber vivido. En cada instante del presente es donde únicamente podemos ser generosos, agradecidos, humildes, sabios, respetuosos o tolerantes con los demás; o donde podemos amar y ser felices. Después, nada; todo es pasado, y el pasado no se puede cambiar. Por mucho que los necios se empeñen en cambiar el pasado, lo único que consiguen es montar una ficción, una falacia, útil para engendrar ideas confusas en otros necios.

Recuerdo ahora la agencia Transportes Ciezanos en los bajos de la Torre [de la Plaza de España], y a Ignacio Balsalobre, cargando y descargando paquetes en los camiones. Hoy, en la esquela mortuoria, leo «Antoñica, la viuda de Ignacio Balsalobre…» ¡Cómo ha pasado el tiempo, y cómo se van los que me amaron…!
©Joaquín Gómez Carrillo

4 comentarios:

  1. Mis abuelos,una pareja envidiable.Acaban de reencontrarse y seguirán juntos hasta el infinito.Os quiero.

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  2. Gracias por el comentario. Te refieres, intuyo, a Ignacio y Antoñica, dos buenísimas personas que he conocido en mi vida. (No sé quién eres, pero un abrazo para ti.)

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  3. Anónimo2/7/20 10:00

    Muy agradecida por tan emotivo recuerdo ...pero creo que los Ciezanos también recordarán a mis abuelitos: Ignaciö Balsalobre y Antoñica como organizadores de la feria de Cieza en sus tiempos , a su desfile de carrozas ;especialmente los certámenes de cine Amateur, las exposiciones de pintura, las fiestas del pabellón etc. etc.
    Además por ser una pareja 10, unos padres ejemplares y unos abuelitos maravillosos llenos de ternura, cariño y alegria que con todo el mundo que se cruzaban o saludaban por la calle tenían siempre un buen gesto, un comentario alegre o unas preciosas palabras llenas de toda su alegria, Åmör y cariño.
    Es difícil mirar a la Torre y no veros y nada nos consuela en este momento, solo mirar al cielo y saber que estáis juntos y que sois dos Àngëles del cielo que siempre cuidaréis de nosotros y nos protegeréis en todo momento. El sol brilla gracias a vosotros, y cada noche, mirar al cielo y saber que esas dos estrellas que más brillan sois vosotros nos consuela esta enorme pérdida.
    No es un adiós, si no hasta siempre en nuestros corazones. Os queremos con infinita locura abuelitos Ignaciö y Antoñica.
    Un entrañable saludo Joaquin y un fuerte abrazo. Eternamente agradecida me hago eco de toda mi familia.

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  4. Gracias a tí por el emotivo y bonito comentario de recuerdo y cariño hacia tus abuelos, que yo he tenido la suerte de conocer desde hace muchos años y, por motivos profesionales, visitarles en su domicilio. Un abrazo también (no sé tu nombre).

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Cuentos del Rincón

Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"