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Agua, luz, lluvia, vida |
Eran por aquel entonces los tiempos del hambre, cuando la sombra alargada de la escasez habitaba de lleno en las casas de los pobres. Y cuentan que había un humilde jornalero llamado Astuno con un montón de hijos que alimentar (en concreto eran ocho y todos varones), al que no le bastaba el mísero salario de su trabajo en el campo de sol a sol para tapar tanta boca.
Dicen que al mismo tiempo, el párroco de la aldea, un cura joven al que las malas lenguas achacaban gran afición a las faldas, vivía, como es muy natural, preocupado por la salvación de las almas, pero exento de privaciones en cuanto a lo de llenar la panza se refiere.
Resulta que, anexo a la parroquia, el reverendo, al que apodaban en el pueblo “el Cura Chiquito” por su escasa estatura, disfrutaba de una pequeña huerta, propiedad, cómo no, de la Iglesia, y en ella, además de los frutos y hortalizas que el sacristán criaba con esmero, éste poseía también una hermosa vaca lechera, de cuya leche el cura disfrutaba en abundancia, bien en estado natural, bien transformada en rico queso, o bien en exquisitos postres, como un regalo para su estómago glotón, por qué no decirlo.
La vaca del Cura Chiquito tenía por nombre “Romera”, y de bien alimentada que estaba, gozaba de muy buena salud e inmejorables carnes. Pero un día la vaca desapareció como por encanto. Al amanecer, el sacristán y su esposa, que cuidaban con dedicación del huerto y de la casa parroquial, además también de la limpieza y orden del modesto templo, hallaron rota la valla de tela metálica que cerraba por un extremo la huerta del cura. Y por más que aquel hombre de Dios removió cielo y tierra, no pudo hallar rastro de su apreciada vaca Romera; y aunque en la misa advertía, aconsejaba e intentaba persuadir a la gente, no encontró la más mínima colaboración entre los aldeanos para delatar al ladrón que se había llevado su vaca con nocturnidad.
No obstante, en sus paseos que gustaba dar por las callejas del pueblo al oscurecer (de ahí que muchos pensaran que se entendía en secreto con alguna mujer), el párroco, tras la desaparición de la vaca, ponía los cinco sentidos en todo lo que se movía, aunque su apariencia beatífica era la de ir rezando el rosario.
Una tarde, el Cura Chiquito pasó junto a unos niños que jugaban desentendidos de las preocupaciones mundanas y oyó cantar una cancioncilla a uno de ellos. Puso mucha atención, y quedó maravillado de la letra. ¡Dios escribía recto con reglones torcidos!, pensó. Se acercó a los niños y comprobó que quien cantaba era el sétimo hijo de Astuno, el jornalero pobre que nunca iba por la iglesia (tenía fama de ser algo anticlerical y bastante bruto, por cierto), pero que a su esposa, en cambio, sí la conocía bien (dejémoslo ahí). Entonces, como quien no quiere la cosa, se ganó la confianza del niño.
–¿Cómo te llamas, nene? –le preguntó, dándole una peladilla, que el cura siempre solía llevar en los bolsillos de la sotana para engañufar a los monaguillos.
–Pelisto, pa servirle a Dios y a usté –respondió el crío, dicharachero y graciosote, con cuatro o cinco añicos tan sólo.
–A ver, cántame esa canción tan bonita que sabes –le pidió con palabras suaves, como las que utilizaba en el confesonario para persuadir que declarasen sus culpas los pecadores.
Y Pelisto entonces, con una inocencia digna del Paraíso Terrenal, se arrancó cantando:
“La vaca Romera
del Cura Chiquito,
l’ ha matao mi padre
y la tenemos metía
en un cuartito,
y la vamos comiendo
poquito a poquito.”
El párroco, oyendo la canción se hacía cruces y pensaba que nada espabila más a la persona que el hambre y la necesidad. Pero ese no era su problema, y tanda osadía la iba a pagar cara el tal Astuno, que además no pisaba nunca la iglesia. Mas el cura necesitaba una buena razón para convencer a la autoridad y que ordenase un registro en su casa.
–Mañana vendrás conmigo a cantar esa canción tan chocante delante de un señor y te daré muchas peladillas –le dijo el cura al crío, pensando llevarlo ante el juez, para formular la correspondiente denuncia–. ¡Ah!, y no digas a nadie de lo que hemos hablado –le advirtió encarecidamente.
Sin embargo Pelisto, que era un crío muy despabilado, aquella noche le faltó boca para contar a su madre el encuentro que había tenido y el ruego del cura para que le acompañara al otro día. Entonces ésta, tras hablarlo con Astuno, su esposo, le aconsejó al niño que fuese con el párroco, pero le aleccionó bien de lo que debía hacer.
Así que a la mañana siguiente, prometiéndoselas felices, el Cura Chiquito llevó de la mano a Pelisto hasta la casa del juez.
–Ven Pelisto, hijo, canta delante de este señor esa canción que tú sabes –le ordenó con buenas palabricas.
Y el crío, que no levantaba más de cuatro palmos del suelo, tomó aire en sus pulmones y a voz en grito se arrancó a cantar:
“¡El cura Chiquito
se acuesta con mi madre,
lo grave será
si se entera mi padre!”
El reverendo, sorprendido por aquel inesperado tema tan comprometedor, no sabía como cortarle para que no siguiera.
–No, no, Pelisto; la coplica de ayer –le atajaba persuasivo.
Y el crío, más fuerte aún, proseguía:
“¡El cura Chiquito
se acuesta...!”
Y el cura, disimulando su ira con aquel niño de corta edad delante del juez, el cual se reía a punto de desternillarse:
–¡Que no, nene; que cantes la copla de ayer!
Pero Pelisto, como si le hubiesen dado cuerda:
“¡El cura Chiquito
se acuesta con mi madre,
lo grave será
si se entera mi padre!”
Hasta que el juez, a punto de coger flato de la risa, le dijo:
–Ande váyase, padre. Váyase usted con Dios y deje al niño tranquilo.***
(Cuento nº 7 del libro "CUENTOS DEL RINCÓN")
©Joaquín Gómez Carrillo
©Joaquín Gómez Carrillo
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