INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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18/12/10

Cuento de Navidad

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Mi nieta Paula, de dos añicos.
Como ya estamos en vísperas de Navidad, en lugar del artículo de opinión de todas las semanas, he preferido publicar aquí este cuentecillo infantil para personas de todas las edades, que, como ustedes comprobarán al leerlo, dedico a mi nieta Paula, por su reciente cumpleaños.
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Título: "PARA QUÉ SIRVEN LOS BRAZOS"
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"Cuentan los viejos, cuando éstos repasan la vida sin prisa en los carasoles del invierno, que había una vez un pueblecito escondido entre altas montañas, cuyos habitantes, con el avance imparable de los tiempos modernos, habían olvidado el sentido verdadero de sus brazos.

Entonces se les veía por la calle caminando un tanto tristes, con los brazos colgando, ya que pensaban que la función principal de éstos no era otra que la de servir a cada uno para ganarse el pan de cada día trabajando: Los albañiles enluciendo los muros de las casas, los taxistas conduciendo sus autos, los pastores arreando el ganado, los maestros escribiendo en la pizarra y los vendedores del mercadillo ofreciendo su mercancía.

Cuando los niños volvían de los colegios arrastrando pesadas carteras, colocaban sus brazos sobre la mesa del ordenador para que las manos hurgaran en las teclas o pilotaran el ratón. Luego los padres regresaban de su jornada laboral y se ponían a mover los brazos en los quehaceres cotidianos de la casa hasta dejarlos caer, cansados ya, sobre los sillones, frente al televisor, el inhibidor doméstico de la comunicación familiar.

Es cierto que algunas personas, dedicadas profesionalmente al deporte, sacaban mucho provecho a sus brazos, tal era el caso de algún tenista famoso, de los jugadores de la selección nacional de baloncesto o de los nadadores olímpicos. Pero eso no era todo, pues debía existir algo más en la vida, pensaba la gente, para lo cual los brazos habían de servir a los humanos.

No obstante, ocurría a veces por la calle, que algunos críos usaban los brazos para amedrentar los perros lanzándoles piedras, y aún para pelearse entre ellos; sin embargo, otras personas los levantaban para saludar de lejos a algún amigo; y, en casos excepcionales, para indicar a un forastero desorientado el camino que llevaba al otro lado de las montañas. Y también la gente conocía la utilidad de los brazos para llevar a casa las bolsas de la compra, importante y necesaria tarea que recaía casi siempre sobre las mujeres.

Por su parte, el cura en la iglesia, además de servirse de ambos brazos a diario para elevar el copón en la misa, no recordaba el hombre que éstos sirvieran dentro del templo para otra cosa mejor. Mientras que el director de la banda municipal de música, los guardas urbanos del ayuntamiento y hasta el mimo que se colocaba siempre sobre un cajoncico de madera en la calle mayor buscando el ganarse unas monedas, intuían que estaban desaprovechando alguna función importante de sus brazos, la cual habían ido olvidando en el transcurso de las últimas generaciones.

Hasta que un día, poco antes de que llegara la Navidad, una niña pequeñita llamada Paula dio con la solución del problema. Ésta, una preciosidad de apenas dos añicos recién cumplidos y rubia como los ángeles, era muy lista y había comenzado a hablar hacía poco tiempo. Entonces ese día, cuando su madre la sacaba del baño envuelta en una toalla, la sorprendió con una frase nueva de su recién estrenado vocabulario.

–Mamá, los brazos sirven para abrazar –dijo Paula, rodeándole el cuello con los suyos infantiles.
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La joven madre, extrañada al principio, lo reveló a su esposo aquella noche cuando volvió del trabajo, y éste al otro día lo divulgó en la fábrica a los amigos y compañeros.

“¡Los brazos sirven para abrazar!”, se pasaba la gente de boca en boca como si fuera una consigna nueva, hasta que todo el pueblo estuvo encantado por el descubrimiento de aquella niña.

De manera que el herrero soltó el martillo y abrazó a su aprendiz, el maestro abrazó de uno en uno a todos sus alumnos y éstos, ese día, jugaron en el recreo a los abrazos. Los padres abrazaron a sus hijos y éstos a sus padres. Se abrazaron los vecinos de escalera, los amigos que se encontraban por la calle, los guardiaciviles del cuartelillo, los funcionarios de las ventanillas, y hasta los gitanos que vendían barato en el mercado. Los soldados de las guerras, cuentan que colgaron los fusiles y se abrazaron como hermanos. Todo el mundo estaba muy contento y feliz aquella Navidad, pues la gente había recuperado una nueva y maravillosa utilidad de sus brazos que se hallaba olvidada.

Así que el cura de la villa, según refieren hoy todavía los viejos, dando gracias a Dios por haber sido bendecidos todos con la inteligencia de aquella preciosa niña, pidió en la misa de gallo de Nochebuena a los parroquianos presentes que se dieran la paz con un emocionado abrazo fraterno."
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. (Pinche aquí si desea escuchar el cuento).
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"El viaje de Viernes Santo". Relato publicado en la revista de Semana Santa "La Cortesía", el año 2007. Narra el periplo de unos zagales del Campo de Ricote que decidieron acudir a ver la procesión a Cieza atravesando la Sierra del Oro por el Collado del Portajo.

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Cuentos del Rincón

Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"