.
Como ya estamos en vísperas de Navidad, en lugar del artículo de opinión de todas las semanas, he preferido publicar aquí este cuentecillo infantil para personas de todas las edades, que, como ustedes comprobarán al leerlo, dedico a mi nieta Paula, por su reciente cumpleaños.
![]() |
Mi nieta Paula, de dos añicos. |
.
.
Título: "PARA QUÉ SIRVEN LOS BRAZOS".
.
.
.
«Cuentan los viejos, cuando estos repasan la vida sin prisa en los carasoles del invierno, que había una vez un pueblecito escondido entre altas montañas, cuyos habitantes, con el avance imparable de los tiempos modernos, habían olvidado el sentido verdadero de sus brazos.
Entonces se les veía por la calle caminando un tanto tristes, con los brazos colgando, ya que pensaban que la función principal de estos no era otra que la de servir a cada uno para ganarse el pan de cada día trabajando: los albañiles enluciendo los muros de las casas, los taxistas conduciendo sus autos, los pastores careando el ganado, los maestros escribiendo en la pizarra y los vendedores del mercadillo ofreciendo su mercancía.
Cuando los niños volvían de los colegios arrastrando pesadas carteras, colocaban sus brazos sobre la mesa del ordenador para que las manos hurgaran en las teclas o pilotaran el ratón. Luego los padres regresaban de su jornada laboral y se ponían a mover los brazos en los quehaceres cotidianos de la casa hasta dejarlos caer, cansados ya, sobre los sillones, frente al televisor, el inhibidor doméstico de la comunicación familiar.
Es cierto que algunas personas, dedicadas profesionalmente al deporte, sacaban mucho provecho a sus brazos, tal era el caso de algún tenista famoso, de los jugadores de la selección nacional de baloncesto o de los nadadores olímpicos. Pero eso no era todo, pues debía existir algo más en la vida, pensaba la gente, para lo cual los brazos habían de servir a los humanos.
No obstante, ocurría a veces por la calle, que algunos críos usaban los brazos para amedrentar los perros lanzándoles piedras, y aún para pelearse entre ellos; sin embargo, otras personas los levantaban para saludar de lejos a algún amigo; y, en casos excepcionales, para indicar a un forastero desorientado el camino que llevaba al otro lado de las montañas. Por supues que también la gente conocía la utilidad de los brazos para llevar a casa las bolsas de la compra, importante y necesaria tarea que recaía casi siempre sobre las mujeres.
Por su parte, el cura en la iglesia, además de servirse de ambos brazos a diario para elevar el copón en la misa, no recordaba el hombre que estos sirvieran dentro del templo para otra cosa mejor. Mientras que el director de la banda municipal de música, los guardas urbanos del ayuntamiento y hasta el mimo que se colocaba siempre sobre un cajoncico de madera en la calle mayor buscando el ganarse unas monedas, intuían que estaban desaprovechando alguna función importante de sus brazos, la cual habían ido olvidando en el transcurso de las últimas generaciones.
Hasta que un día, poco antes de que llegara la Navidad, una niña pequeñita llamada Paula dio con la solución del problema. Esta, una preciosidad de apenas dos añicos recién cumplidos y rubia como los ángeles, era muy lista y había comenzado a hablar hacía poco tiempo. Entonces ese día, cuando su madre la sacaba del baño envuelta en una toalla, la sorprendió con una frase nueva de su recién estrenado vocabulario.
–Mamá, los brazos sirven para abrazar –dijo Paula, rodeándole el cuello con los suyos infantiles.
.
.
La joven madre, extrañada al principio, lo reveló a su esposo aquella noche cuando volvió del trabajo, y este al otro día lo divulgó en la fábrica a los amigos y compañeros.
"¡Los brazos sirven para abrazar!", se pasaba la gente de boca en boca como si fuera una consigna nueva, hasta que todo el pueblo estuvo encantado por el descubrimiento de la niña.
De manera que el herrero soltó el martillo y abrazó a su aprendiz, el maestro abrazó de uno en uno a todos sus alumnos y estos, ese día, jugaron en el recreo a los abrazos. Los padres abrazaron a sus hijos y los hijos a sus padres. Se abrazaron los vecinos de escalera, los amigos que se encontraban por la calle, los guardiaciviles del cuartelillo, los funcionarios de las ventanillas y hasta los gitanos que vendían barato en el mercado. Los soldados de las guerras, cuentan que colgaron los fusiles y abrazaron como hermanos a sus enemigos. Todo el mundo estaba muy contento y feliz aquella Navidad, pues la gente había recuperado una nueva y maravillosa utilidad de sus brazos que se hallaba olvidada.
Así que el cura de la villa, según refieren hoy todavía los viejos, dando gracias a Dios por haber sido bendecidos todos con la inteligencia de aquella preciosa niña, pidió en la misa de gallo de Nochebuena a los parroquianos presentes que se dieran la paz con un emocionado abrazo fraterno».
©Joaquín Gómez Carrillo
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario