![]() |
Desembocadura del río Gandarilla en San Vicente de la Barquera (Cantabria) |
Un día que Austronio echaba a sus hijas mucho de menos, aparejó la burra y se fue a visitar a ambas. Después de varias horas de camino, el hombre llego primero a la casa del yerno labrador. Su hija mayor, Laurilia, dicharachera y melosa, le recibió con gran alegría y le colmó de atenciones. Luego el padre le preguntó que cómo le iban las cosas, y la hija, algo apurada, le hizo saber que su marido y ella habían trabajado duro la tierra, habían arado y sembrado muchas fanegas de trigo, cebada y otros cereales, pero transcurrían los meses y el cielo no les concedía la gracia de la lluvia, cosa que podría dar en la pérdida de la cosecha.
–Por tanto –dijo Laurilia–, si no llueve pronto, todos los esfuerzos y gastos del cultivo habrán resultado baldíos y llegaremos a pasar estrecheces para poder subsistir”.
Austronio, haciéndose cargo de la situación, consoló a su hija diciéndole que tuviese fe en la Providencia, pues no tardarían en llegar las lluvias y se salvaría la mies de los campos y recolectarían abundante grano.
–Ten esperanza, hija, pues ya verás como llueve el cielo y se salva la cosecha de los bancales –le dijo su padre.
Al día siguiente el hombre quiso visitar a su otra hija, y, aunque la mayor le rogaba que se quedase más tiempo en su casa, él se despidió con un abrazo y una frase esperanzadora:
–¡No te preocupes, hija mía, que pronto lloverá!
Cuando Austronio llegó a la casa de Teyla, su hija menor, que era una mujer callada y muy hacendosa, la encontró trabajando en la tejera, codo con codo a su marido. Luego de haberse interesado por la salud de todos, el padre, a solas con su hija, le preguntó que cómo marchaban las cosas. Ella respondió preocupada:
–Mi marido y yo hemos luchado por sacar adelante este negocio –le dijo–; hemos trabajado hasta la extenuación y, en este momento tenemos los secaderos repletos de ladrillos y de tejas para cubrir unos importantes pedidos que nos pueden sacar de apuros; pero si llueve pronto se estropeará todo el trabajo, perderemos la producción y nos arruinaremos.
Por lo que Austronio, comprendiendo la delicada situación, animó a su hija para que se tranquilizase.
–Ten fe en la providencia –le dijo–, ya verás como se mantiene el tiempo seco y sin llover, y todo el ladrillo y la teja que habéis hecho se podrá secar bien y saldréis adelante.
Al otro día, Austronio tomó la burra del ramal para marcharse, aunque su hija no paraba de rogarle que se quedase más tiempo en su casa. Cuando el hombre la abrazó para despedirse, le dijo una frase de esperanza:
–No te preocupes, hija mía, verás como no llueve.
***
(Cuento nº 19 del libro "CUENTOS DEL RINCÓN")
©Joaquín Gómez Carrillo
©Joaquín Gómez Carrillo
No hay comentarios:
Publicar un comentario