INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro «Relatos Vulgares» (2004), así como de la novela «En un lugar de la memoria» (2006). Publica cuentos, poesías y relatos, en revistas literarias, como «La Sierpe y el Laúd», «Tras-Cieza», «La Puente», «La Cortesía», «El Ciezano Ausente», «San Bartolomé» o «El Anda». Es también coautor en los libros «El hilo invisible» (2012) y «El Melocotón en la Historia de Cieza» (2015). Participa como articulista en el periódico local semanal «El Mirador de Cieza» con el título genérico: «El Pico de la Atalaya». Publica en internet el «Palabrario ciezano y del esparto» (2010).

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1/5/22

La vida y el covid

 .

«Puente de Alambre» sobre el río Segura a su paso por Cieza. Al fondo se quiere vislumbrar el casco histórico de la ciudad, con la torre de la iglesia mayor.

Fin de las mascarillas, con alguna honrosa salvedad; fin de las restricciones, no sé si con alguna particular excepción. El caso es que el gobierno gobernante ha implantado la normalidad por decreto, como aquel «patriarca» del «Otoño del Patriarca» de García Márquez, que todo lo podía gobernar y someter a su control y voluntad. Ya tenemos permiso oficial para hacer vida normal, lo que queramos: llenar los bares y restaurantes hasta reventar, con o sin mascarilla; eso ya queda al libre albedrío del potencial contagiado, del presumible enfermo, del por desgracia futuro hospitalizado, e, in extremis, del que la pudiera o pudiese espichar e irse al otro barrio, que nos tenemos que morir todos alguna vez, ¡venga!, que aquí no va a quedar ni el gato. Pero es la ley. No es que el gobierno haya pensado que el covid ya se ha ido, no, eso no lo creo; las autoridades políticas no son del todo tontas (aunque a veces un pelín sí, ¡válgame dios!) y saben que el covid existe y está entre nosotros, y saben que las jodidas olas de la enfermedad llenan salas hospitales, pueblan UVI y dan negocio a las funerarias; todo eso lo sabe el gobierno gobernante, pero ha de salvar al «Soldado Ryan», que no es otro que las desastrosas cifras económicas, las tasas, los índices, del PIB y el IPC, las curvas cartesianas, que inventó el puñetero Descartes y que en ellas se puede reflejar todo, desde el desorbitado precio de la electricidad y los carburantes hasta la perniciosa inflación, que a los efectos de la cartera del sufrido mileurista, o inframileurista, es como un impuesto más. En fin, que los políticos gobernantes han pensado que «mejor morir de pie que vivir económicamente de rodillas». Y en esas estamos.

El otro día voy a mi carnicería de barrio, que no es más grande que el medio celemín (la carnicera, con su mascarilla, por supuesto, y yo con la mía, claro), y en estas que entra una chica a cara descubierta, tan pimpante ella, y se extraña y se dirige a mí, e, intuyendo que uno es que no se entera de la película, me suelta «¡que ya no hay que llevar mascarilla!». La miro, con el gesto de «¿ah síii nena…?». Pero le digo que legalmente, no, aunque por lógica y por precaución y respeto a los demás, sí. No lo entiende, claro, pues muchas personas asumen que todo puede resolverse a golpe de decreto: a una pandemia se le da la orden de que acabe mediante una publicación legal en el BOE y ya está, así de sencillo. Pues no, mira, le digo a la chica: los contagios están creciendo, las autoridades sanitarias empiezan a hablar de una séptima ola y el personal de los hospitales empieza a temblar por la que se le puede venir encima. Pregunta pazguata: ¿Entonces por qué el gobierno quita las mascarillas?, argumenta la chica. «Por política», le respondo pacientemente. «Por oportunidad política» (y pienso: vaya usted a saber los elementos que se barajan dentro del concepto «oportunidad»).

El gobierno lo sabe, que el bicho campa por sus fueros, que sigue fastidiando y poniendo en riesgo a muchas personas. Dicen que los contagios en mayores de 60 años se han doblado en la Región de Murcia, ¡el doble que hace tan solo 15 días!, y ya estamos en los mil y pico por cien mil, que es como decir ¡madre mía, qué hemos hecho nosotros para merecer esto! Como única escapatoria tenemos las vacunas; hemos de confiar en que con ellas la cosa será llevadera, siempre y cuando no tengamos alguna otra enfermedad previa y se complique, y siempre y cuando el Señor sea bueno y la casualidad no nos arruine la salud, que es lo mismo que la vida. Y además queda en nuestras manos una cosa muy importante: el cuidadín. Hay que seguir teniendo mucho cuidadín y no dejarse llevar por la rienda suelta de la norma, del decreto de «apañaos como podáis, que me tienen hasta aquí la patronal de los bares, de los restaurantes, de las casas de juego, y los comités de fiestas multitudinarias de los pueblos y ciudades»; no hay que olvidarse de las buenas y educadas maneras a la hora de entrar a locales cerrados donde hay otras personas, que el covid lo carga el diablo, ¡ojo!; que un real decreto ni quita ni pone covid, y por desgracia, y porque a la fuerza ahorcan, hemos aprendido que las mascarillas protegen, ¡vaya si protegen!, de resfriados corrientes, de gripes corrientes y, por supuesto, de la maldita pandemia.

De manera que dejemos que el gobierno se preocupe de la economía, a ver si nos saca de pobres, y nosotros, cada cual, de su salud, que es lo más importante (como dijo aquel sabio, y sin embargo rey, «más vale honra sin barcos que barcos sin honra»). Más nos vale la salud que todas las riquezas del mundo; o dicho de otra manera: de qué le sirve a una persona trasgredir la prudencia (aunque sea legal hacerlo), meterse en un sitio cerrado y hasta la bandera de gente sin mascarilla, poniendo en peligro su salud. Prudencia es la regla. Prudencia versus «decreto no passsa na del gobierno».

Miren, el primer día de la entrada en vigor de dicha permisividad legal, estoy en la panadería, poco más grande que un güevo de pava, donde hasta el día antes sólo se permitía la entrada a tres personas a la vez (en realidad sólo hay una dependienta y despacha uno a uno, no entiendo la necesidad de la presencia de las otras personas), y esa mañana se zampan cinco, ¡venga, todos para adentro!, como en el «camarote de los hermanos Marx»; y en estas que llega el listo, sin máscarilla, y además mirando al resto como si fuéramos tontos pringaíllos que no estamos a la última de las brillantes decisiones del gobierno. En fin, menos mal que en mi súper la exigen, y hacen muy bien, no tengo ganas de estar en la cola de frutería y que me tosan en el cogote sin mascarilla, a saber si un contagiado. Vamos a ser respetuosos con los demás y tener sentido común. El hecho de que el gobierno levante la obligación de llevar mascarilla (por motivos que no vienen al caso de las buenas pautas de salud social), no implica tener que quitársela si a uno no le da la gana.

©Joaquín Gómez Carrillo

 

14/3/21

La sonrisa oculta

 .

Valle de Ricote. El pastor con su rebaño

Este domingo por la noche se cumple ya un añico desde que el gobierno de la nación decretó por primera vez el estado de alarma por causa del coronavirus. Se criticó y se dijo entonces hasta la saciedad que lo hizo tarde, que esperó demasiado para confinar a la población en su casa; pero bueno, a estas alturas da igual, porque no solo fue tarde, sino que muchas cosas, durante las primeras semanas y meses, se hicieron a salto de mata, con ocultación y embuste; y no había nada previsto para afrontar la que se nos venía encima: ni mascarillas, ni guantes, ni trajes de protección para los sanitarios, ni respiradores para las UCI, ni camas suficientes en algunos hospitales, ni atención médica para salvar a los ancianos y en las residencias. ¡Un desastre! Por no haber, no hubo siquiera una manera fiable de contar los finados, y nadie sabe en realidad cuántos se han ido al otro barrio por esta pandemia que no cesa. Sí hubo, hay y habrá, porque este país es así, mucho politiqueo inútil, mucha desunión entre las fuerzas políticas y mucha estulticia para reconocer que el enemigo es uno: el coronavirus. Y aún hoy, cuando les escribo, andan a la greña sin centrarse en lo principal, que es salvar vidas.

Fue la noche del 14 de marzo de 2020, y al día siguiente, por la mañana, estaba el pueblo desierto, como nunca lo habíamos visto, con los bares y cafeterías cerrados. Luego vendría la canción «Resistiré», del Dúo Dinámico, casi un himno para la ocasión, y los aplausos al aire, por las ventanas, en homenaje a los sanitarios, que se hallaban en la trinchera y sin armas para luchar y defenderse; y, por si faltaba algo, las sirenas de los coches de la policía, «apatrullando» para hacerse notar y, de paso, recoger algo de ovación del respetable público. Toda una experiencia, que ojalá no tenga que repetirse (me refiero sólo a lo del encierro).
 
Hasta finales de febrero, mi hija Victoria y yo viajábamos a Valencia todas las semanas, y, mientras ella acudía a clase, yo me iba a leer a la Biblioteca Pública del «Hospital de los Pobres Inocentes» (se llama así porque ese era el uso del gran edificio renacentista del siglo XV, con planta de cruz griega, con columnas clásicas de piedra y claraboya central, magníficamente restaurado); estaba leyendo entonces el libro del cura José Antonio Fernández Martínez «Memorias de un misionero enamorado». Luego me iba siempre a la misma cafetería a tomarme un té, y, como por aquellos días, en valencia se palpaba ya el ambiente fallero, este agradable local de la calle San Vicente Mártir estaba engalanado, ¿saben ustedes con qué?, con petardos, con «bombas colgantes» de las mascletás (supongo que serían de pego). Pues en realiadad a nadie de la ciudad del Turia le entraba entonces en la cabeza que pudieran suspenderse las fallas de San José. ¡Cómo nos cambió la vida! Ni fallas de Valencia, ni procesiones en Sevilla (ni en Cieza, claro); ni Feria de San Bartolomé, ni romería a la Atalaya, ni nada que supusiera aglomeraciones de gente.
 
Pero nos lo tuvimos que creer, que esto iba en serio, que no era solo cosa de los chinos allá en Wuham, tan lejos; ni de los italianos, que empezaban a caer como moscas a primeros de marzo, cuando aquí estaban las fronteras abiertas y no había medidas de control y la gente seguía acudiendo a actos públicos autorizados. Hasta que el gobierno cayó de la burra, como Pablo de Tarso del caballo, y nos mandó meternos en casa y cerrar comercios, salvo los servicios esenciales (mi aplauso también para las cajeras y demás dependientes del súper, que tuvieron que seguir trabajando, en principio sin pantallas de protección y todo el mundo sin mascarillas, porque ni las había en las farmacias ni, por tanto, era obligatorio el llevarlas puestas).
 
Ha habido olas; no sé si dos, tres o cuatro. Porque cada vez que se suavizan las restricciones, la gente se echa a la calle a festejar que está viva, al menos; a reunirse en locales y en familia, y entonces, vuelta la burra al trigo: suben los contagios, suben las ocupaciones de los hospitales, las UCI, y los muertos. Pero eso no nos causa espanto, porque nos lo tomamos como cosa normal. Solo son conscientes, ¡ay!, quienes han sufrido en sus carnes la pandemia y quienes han perdido seres queridos.
 
Tenemos una esperanza: la ciencia. Toda mi vida llevo oyendo decir que en España no se investiga (cosa que no es cierta; sí se investiga, pero nuestros científicos pasan hambre, o si son docentes de las universidades, no cobran las horas ante los tubos de ensayo). Se critica siempre que no se destina suficiente presupuesto para la investigación, para la ciencia, para la I+D+I. Pues ahora, desde hace un año para acá, es el momento: ¡ahora o nunca, señores gobernantes! Mucho están tardando ustedes para nutrir económicamente a nuestros investigadores científicos, a los laboratorios españoles. ¿No creen que ya podríamos tener nuestras vacunas, que en nuestro país hay capacidad para eso y para más? Pero no, seguimos a piñón fijo de toda la vida, a esperar que nos las traigan de fuera (a cuentagotas).
 
Mientras tanto, llevemos mucho cuidado con las reuniones, ya sean familiares, ya de amigos; ya sean en domicilios, ya en locales de ocio. Mucha precaución, porque para la inmunidad colectiva todavía falta bastante. Y, aunque no sabemos cuándo podremos volver a la vida de hace más de un año, aprovechen todos los momentos de felicidad del aquí y el ahora, del día a día; no se quiten la mascarilla y sonrían, a pesar de que su sonrisa quede oculta.
©Joaquín Gómez Carrillo

 

31/1/21

Jeringas y jeringuillas

 

 
«Parque de Sempione», en Milán (Italia), anexo al «Castillo de los Sforza», gobernantes del Ducado de Milán desde finales del siglo XIV (el emperador Carlos V se lo anexionaría por las bravas al Sacro Imperio y se lo adjudicaría a su hijo Felipe II, perteneciendo a España el Milanesado durante 150 años).

 
Qué les iba a decir, toda mi vida he oído la palabra «jeringa» en forma de exclamación despectiva: «¡…una jeringa pa ti!»; incluso con carga adicional: «¡…una jeringa fresca!». Por ejemplo, para decir que algunas cosas son una puñetera m., de forma fina diríamos que son «jeringas», o con más énfasis: «jeringas frescas». Indudablemente es una palabra comodín que sirve de apoyo en muchas expresiones: «…el protocolo de vacunación es una jeringa», pues se lo están saltando algunos políticos como les da la gana. «¡Vaya una jeringa!, ahora dicen que no hay jeringuillas pa vacunar». «Con la jeringa de los intereses de los laboratorios, la vacunas llegan a cuenta gotas a los países»; o también: «dicen los sabios que si tardamos mucho en vacunarnos, el virus va a mutar lo que le dé la gana y al final todo van a ser jeringas frescas».

Fíjense que, aunque por aquí no se diga, existe el verbo «jeringar» con el significado de fastidiar. A mí, de chiquitico (andaría entonces por los cuatro añicos), me jeringaba mucho, en el sentido literal, Pepico el Practicante (la gente decía «el platicante», y la verdad es que este era cordial y platicaba algo con los pacientes). Recuerdo que el hombre se desplazaba en Vespa y yo, en cuanto escuchaba el ruido de la moto a dos manzanas me echaba a llorar (antes había mucho silencio en el pueblo: solo se oía de vez en cuando el cascabeleo de los caballos de los carros: el de Lucas, el del Parralo, el del Chusco…). Pepico dejaba la Vespa en la puerta de la casa de mi abuela y entraba con una cartera negra, que a mí me parecía que contuviese todos los demonios. ¿Qué llevaba allí metido? ¡Una jeringa! No una jeringuilla cualquiera, no: un pedazo de jeringa de cristal que causaba espanto (yo, niño, así lo sentía). También llevaba una cajita de acero inoxidable con agujas (que a mí me parecían leznas de zapatero). Mi madre ya había puesto agua a calentar en la lumbre, pues el practicante requería la mayor asepsia de sus útiles: lavaba la jeringa con agua hirviendo y metía las agujas en un baño de alcohol.

Por entonces los médicos lo curaban todo con tarros de penicilina o supositorios, no sabría decir cuál de las dos cosas me jeringaba más. También el galeno de la iguala de mi familia, para que yo pudiera echar fuera la robinera, me mandaba inyecciones de aceite de hígado de bacalao (una de las veces en número de cuarenta). Pepico ya no sabía que parte del culo asaetearme con su aguja, pero siempre encontraba un centímetro cuadrado de nalga para poner la «banderilla». Entonces se hincaba primero la aguja, recién sacada de la cajita del baño de alcohol, y después se acoplaba la jeringa para el gran jeringazo, y el aceite de hígado de bacalao (un pringue oscuro de mil demonios) entraba en la carne jeringando lo que no está escrito. (Recuerdo que el hombre, con boina y una técnica exquisita, primero me palmeaba dos o tres veces la nalga, maltrecha ya y con torteros, y en una de aquellas palmadas, ¡zas!, ¡el puyazo!).

Y todo funcionaba así: casi nada era desechable; todo de lavaba, se desinfectaba y no había problema. Incluso ya en la mili (con Franco aún vivo), nos vacunaban en fila india: con el torso desnudo pasábamos por entre dos sanitarios, o lo que fuesen, y ambos nos clavaban dos agujas, una en cada brazo; más adelante, otros dos fulanos, con sus jeringas en la mano,  nos inyectaban un cóctel de vacunas o lo que diablos fuera aquel líquido, y otros sacaban las gujas y las echaban a un cubo con desinfectante para volver al inicio de la cadena. ¡Nos jeringaban bien!, aunque yo creo que toda aquella parafernalia de las vacunas militares eran jeringas frescas.

Pero el mundo cambió con los productos desechables; es difícil imaginar cuánto se arroja al cubo de deshechos en una clínica, en un centro de salud o en un hospital, ¡madre mía! Ahora todo es desechable, todo tiene un solo uso, aunque sea por unos segundos nada más, se tira; y el coste de todo ese material es altísimo; imaginen en una sesión de diálisis: elementos muy caros se arrojan a la basura, pues no valen para la siguiente persona; ¡cientos de miles de euros se desechan diariamente en un gran hospital!, generando toneladas de residuos especiales; imaginen solo los millones de mascarillas que tiramos diariamente a la basura, y más grave todavía: un buen número de ellas son arrojadas en cualquier parte sin miramiento alguno. ¡Ay!, cuando era un crío, el médico me miraba la garganta con el rabo de una cuchara (¡menudas arcadas producía el frío metal de alpaca en la cepa de la lengua!); luego se utilizaba ya un palito (menos mal), que al menos se lo daban a la criatura para que tuviese algún consuelo.

Ahora dicen (en el momento en que les escribo el artículo) que faltan jeringuillas para vacunar, ¡hay que jeringarse! Si levantara la cabeza Pepico el Practicante y viera tanto derroche, cuando él con su jeringa de cristal, que llevaba metida en su estuche, pinchaba todos los culos del pueblo. Y no solo los practicantes eran diestros en inyectar tarros de penicilina, sino que había personas que habían adquirido esa habilidad y la practicaban entre familiares, amigos y conocidos. Años después de ser paciente de Pepico y de Manolo (se acuerdan, aquel bajico, ¡qué bueno era Manolo el Practicante!), también me puso inyecciones uno de estos hombres polifacéticos: igual capaba marranos que desorejaba perros o que pinchaba culos. Este, recuerdo, también tenía su jeringa graduada y sus agujas de distinto grosor, y, supongo, que usaba parecidos métodos de esterilización (no nos moríamos porque Dios era bueno). Pero no había desarrollado la técnica del «engaño» con el palmeo de nalga, de forma que ya tenías por fijo que era bajada de pantalón y banderillazo al canto. Y si no querías penicilina, ya sabías: supositorios (¿quién los inventaría?, ¡ay, ay, ay!).

Esperemos que se pongan de acuerdo los fabricantes de jeringuillas desechables con los de las vacunas; de lo contrario, nos van a dar las uvas y no hemos logrado la tan ansiada inmunidad colectiva, aunque el ministro Illa (con o sin jeringuillas), ha dejado dicho (él se va para su tierra, en busca del voto y en mitad de esta tormenta), que tendremos inmunidad de rebaño este próximo verano. Así sea; que no nos jeringe más el virus, y que se vaya a hacer jeringas frescas.
©Joaquín Gómez Carrillo 

 

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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"