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Tierra en barbecho, Cajitán |
Había una vez un hombre joven y fuerte, de nombre Haltero, hijo de humildes y esforzados labradores, que se casó con una bella mujer llamada Lilla, cuyo padre de ésta poseía una gran labor de varios pares de mulas (sabed que por aquel entonces, la importancia de una hacienda se medía por el número de yuntas necesarias para su cultivo).
Este recién casado decidió continuar en el abnegado oficio de agricultor, pero llegada la época de las labranzas de la tierra, cuando había que preparar la siembra de los cereales del pan, salía por las mañanas a comprobar el estado de sus bancales tras las lluvias de otoño, y, si hallaba la tierra demasiado húmeda para su gusto, lo cual podía hacer que se pegase un poco el barro a la reja del arado, comentaba a los vecinos, los cuales no cejaban en la faena:
–No se puede labrar aún porque está “zuro”. Y se volvía a su casa para seguir gozando de las mieles del amor con Lilla, su joven esposa.
Transcurridos unos días, cuando los vecinos lindantes pasaban con sus yuntas, dispuestos a efectuar la sementera de los trigos, las cebadas, las avenas y los centenos, él volvía a observar detenidamente el grado de humedad del suelo en sus tierras, y, encontrándolo entonces algo seco, decía muy convencido:
–No se puede arar ya porque está “maúro”. Y nuevamente regresaba al calor de su hogar, donde le esperaba su placentera esposa Lilla.
De modo que, unas veces porque estaba “zuro” y otras porque estaba “maúro”, transcurrió el tiempo de la sementera, que suele hacerse por el mes de Todos los Santos, y quedaron yermos sus bancales, sin arar ni sembrar. Mas cuando pasó el duro invierno y la siguiente primavera, y todos sus vecinos segaron su abundante cosecha de cereales, trillaron la mies en la era y llenaron las trojes de sus graneros para asegurarse el pan, este joven labrador halló que sus reservas de trigo del año anterior estaban visiblemente mermadas, hasta que algún tiempo después, llegó el momento en que no le quedaba ni un solo grano que llevar al molino. Entonces Lilla, juiciosamente, le dijo:
–Mi padre goza de abundantes cosechas y tiene repletos los graneros, de modo que ve y pídele una fanega de trigo, pues no tenemos qué comer.
De modo que Haltero, tal como le había recomendado su esposa, aparejó la mula y se llegó hasta la casa de su suegro, cuyo nombre de éste era Sentencio, y, explicándole el porqué de no haber podido sembrar sus campos aquel año, le pidió que le llenase un costal de trigo para llevar algo de molienda al molino. A lo que el hombre respondió: “Sube al granero y llénalo tú mismo”.
Pasado un tiempo, como todo tiene su fin, el joven matrimonio se halló de nuevo en la situación de que le faltaba el pan, por lo que la hermosa Lilla le volvió a recomendar lo mismo al marido: “Ve y pídele a mi padre otro costal de trigo”. Cosa que el suegro, no exento de preocupación, permitió al yerno el acceso a su granero.
Pero como dicen que no hay dos sin tres, hubo una tercera vez, pues aquel que no labra ni siembra, no recoge. Entonces Sentencio, hombre sensato, que ya tenía referencias del comportamiento de su yerno ante el trabajo y acerca de que éste no hallaba nunca el punto exacto de humedad para la labranza de la tierra, le acompañó hasta el interior de su granero, y cuando estaban a solas junto a la troje del preciado trigo, le dijo:
–Haltero, si quieres presentarte hoy ante tu mujer con el costal lleno de estos granos dorados de los cuales saldrá pan para tu mesa, has de besarme el culo–. Entonces, humildemente, se bajó el suegro los pantalones y se puso con el trasero en pompa.
El yerno, abrumado por la situación, no sabía qué hacer, pero transcurridos unos segundos, halló peor la humillación de volver a casa con las manos vacías ante su amada esposa. Pensó que no tendría grano que llevar al molino, ni harina para hacer pan; que se desvelaría en toda la vecindad su actitud holgazana, y lo que era peor: perdería a su bella mujer, la cual tendría que volver a casa de sus padres por no tener con qué alimentarse. De manera que no tuvo más remedio que agacharse, poniéndose de rodillas, y hacer lo que su suegro le imponía como precio.
Después, una vez cargada la fanega de trigo en la mula, el joven labrador, rojo todavía por la vergüenza, no se atrevía ni siquiera a levantar la vista del suelo, pero Sentencio, amablemente, lo despidió poniéndole una mano en el hombro y dándole un sabio consejo de viejo labrador:
–¡Labra aunque esté zuro o mauro, de lo contrario tendrás que besarle a tu suegro el culo!
©Joaquín Gómez Carrillo
le felicito por su cuento y por su blogs.
ResponderEliminarGracias. Uno hace lo que puede. Si no supiera que están ustedes ahí, no le hallaría sentido a nada de lo que escribo.
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