INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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8/10/16

Dad de comer al hambriento

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Sierra de la Espada (término de Molina de Segura), árida, rocosa y de cima enhiesta y reseca como lomo de iguana. 
Érase una vez un hombre que divulgaba una doctrina, y su vida era acorde y fiel a sus enseñanzas. Cuentan que la gente se admiraba al escucharle y le seguía de pueblo en pueblo por los caminos; mientras que otros, al tener noticia de su llegada a una ciudad, salían a recibirle con gran alegría, pues su discurso estaba lleno de esperanza y de alivio para los necesitados. Consta en los libros que se trataba de un chico joven, de familia humilde, hijo de un artesano de la madera, que un día se marchó al desierto a reflexionar sobre la existencia del ser humano y sobre cómo debía él orientar su vida para ser útil a los demás. Allí, lejos de su casa familiar, padres y hermanos, experimentó lo que era la sed y el hambre, la carencia de bienes de primera necesidad y la absoluta incomodidad de ser pobre. (Realmente, es muy incómodo tener que levantar por las noches la tapa de los contenedores e introducir medio cuerpo para hurgar en las bolsas de la basura y hallar algo de pitanza).

Se dice que al cabo de varias semanas, cuando el hombre se sentía atribulado por el ayuno y el azote de la intemperie en aquel secarral donde solo había pedruscos y lagartijas, le vino a la cabeza una idea distinta, por la cual podría venírsele abajo la misión de servicio al prójimo de que era portador. “Eres joven –sintió que le susurraba en su oído una voz tentadora–, tienes buena presencia, don de gentes, te desenvuelves hablando en público como Dios (recuerda que con tan solo doce años dejaste boquiabiertos a los sabios doctores en el templo) y eres persona ilustrada, pues sabes leer, escribir y hablar tres idiomas. Con esas capacidades –continuó “tentándole” la idea– bien podrías hacer carrera y conseguir riquezas fácilmente; tendrías a tu servicio bellas mujeres, buena posición en la sociedad, podrías entrar en política, ¿por qué no?, y escalar puestos de gobierno; lograrías el dominio de pueblos y naciones como los antiguos reyes bíblicos. Así que podrías empezar ahora mismo convirtiendo estas piedras en pan.”

Eso pensó, aquel chico judío de unos treinta años de edad, pero no consintió en la idea; la desechó de su mente y prosiguió por el sendero de la humildad, de anunciar esperanzas, de despertar conciencias, de curar enfermos, de dar sustento a los que pasaban hambre y de denunciar injusticias; hasta que tres años más tarde, eso le costara la vida.

Dicen también los textos de la época que aquel hombre tenía la voluntad de saciar el cuerpo y el alma a los necesitados; y que en más de una ocasión se vio en la tesitura de tener que alimentar a las muchedumbres que le escuchaban y le seguían todas partes, y hubo de hacer entonces “milagros” para repartir entre todos sus exiguas viandas. Incluso, consta en las crónicas antiguas que tenía una forma tan peculiar de partir y entregar el pan a los demás, que una vez, cuando sus más próximos llegaran a sentirse desorientados y confusos por su dramática pérdida, un día caminaron durante largo trayecto junto a su presencia sin reconocerlo (no tenemos constancia de las posibles conversaciones y consejos de caminantes que se produjeran entre ellos), y se dice que sólo tuvieron la certeza de quién era él cuando, llegados a un lugar donde sacaron de su bolsa el avío para reponer fuerzas, éste partió con sus propias manos el pan y se lo dio a comer. En ese gesto le reconocieron.

Es incómodo alimentar el intelecto sin saciar el estómago. (Lo primero es antes, dicen sabiamente los del campo). Y aunque nadie sea capaz de convertir las piedras en pan (Jesús pudo hacerlo en su provecho y renunció a ello), funciona en nuestro pueblo un humilde comedor social con el nombre, precisamente, de “PIEDRAS”. Es un local pequeñito en la Calle Mesones, junto al Convento de las monjas Claras; apenas reúne unas mínimas condiciones de espacio, por lo que es necesario establecer turnos para tomar de forma gratuita un plato de comida caliente. Todo está perfectamente organizado y unas personas de espíritu generoso y decisión voluntaria, se desenvuelven a diario en su pulcra y limpia cocina para sacar adelante los guisos con alimentos donados por empresas, comercios y gentes particulares. (Va por esas personas y por los anónimos donantes).

Está muy bien que las instituciones destinen partidas presupuestarias para colectivos étnicos, para refugiados víctimas de las guerras, para evitar el riesgo de exclusión social de las familias o para la cooperación con el tercer mundo allende las fronteras. Eso está muy bien, pero solo hay que abrir los ojos para ver que el “cuarto mundo” se encuentra entre nosotros; son seres de nuestra misma vecindad, a los que les falta el pan de cada día. No podremos hacer de las piedras pan, es cierto, pero no consintamos que nuestro corazón se haga de piedra ante la necesidad de nuestros semejantes.
©Joaquín Gómez Carrillo
(Publicado el 01/10/2016 en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA"
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EL ARTÍCULO RECOMENDADO

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"El viaje de Viernes Santo". Relato publicado en la revista de Semana Santa "La Cortesía", el año 2007. Narra el periplo de unos zagales del Campo de Ricote que decidieron acudir a ver la procesión a Cieza atravesando la Sierra del Oro por el Collado del Portajo.

LOS DIEZ ARTÍCULOS MÁS LEÍDOS EN LOS ÚLTIMOS TREINTA DÍAS

Cuentos del Rincón

Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"