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Mi nieta Paula en su 3º cumpleaños |
Entonces los ingenieros, con su ciencia y sus infalibles cálculos matemáticos, pensaban que el sol no era otra cosa que una fuente inmensa de energía, por lo que construyeron centrales donde producir agua caliente y electricidad para las casas y las fábricas.
Los botánicos por su parte defendían que el sol era el causante del milagro de la fotosíntesis en las plantas. «Sin el sol –decían ellos juiciosamente– no habría árboles ni flores en la Tierra, ni existiría la vida en este planeta.»
En cambio, los agricultores del plástico concebían al astro rey como la gran “estufa” que calentaba el negocio de sus invernaderos, donde podían producir tomates y hortalizas todos los meses del año.
Y ya las personas beneficiarias de la sociedad del ocio tenían por seguro que la mejor utilidad del sol era dejar que sus rayos envolviesen sus cuerpos desnudos en la playa. Por lo que se tendían en la arena como lagartos y soportaban su caricia abrasadora hasta límites perjudiciales para la salud.
Pero a pesar de ser aquél un país adelantado y moderno, existían grandes diferencias entre las personas, y mucha gente pensaba que había seres con menos derechos que otros, según fuera su raza, su procedencia o su condición social; incluso en las calles céntricas de sus ciudades, frente a lujosos establecimientos, habitaban entre cartones las gentes del “cuarto mundo”. Por lo que en cierto modo bien podría decirse que aquélla era una sociedad injusta e insolidaria.
Pero llegó a ocurrir que una niña llamada Paula, tan pequeña que aún solía usar chupete para dormir, dijo un día soleado, cuando estaba paseando con su abuelo por el parque:
–El Sol sirve para que todas las personas se sientan iguales, pues para todas ellas sale sin distinción.
Entonces el abuelo lo mandó escribir así en los periódicos y en internet; de manera que, a partir de aquel día, la gente comenzó a tomar conciencia y a ser más justa. Y no sólo en aquel pequeño reino, sino que con la globalización de las comunicaciones, hasta en el último rincón de nuestro Planeta empezó a formarse la conciencia colectiva de que todas las personas somos iguales bajo el sol, pues para todas, sin ninguna distinción, amanece todas las mañanas y éste allana con su luz nuestras diferencias.
©Joaquín Gómez Carrillo
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