INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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29/9/13

El hermano rico y el hermano pobre

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Acequia Andelma a su paso por la Hoya
Según cuentan los viejos, había una vez dos hermanos varones que se criaron en una humilde cabaña, construida con piedras y barro a la orilla de una acequia de aguas mansas. Desde pequeñicos gozaron ambos niños de las mismas atenciones por parte de sus padres, las cuales por aquel tiempo, bien sabe Dios que no iban más allá de alimentarlos como buenamente se podía y de vestirlos con aquello que se tenía a mano. Y cuando las criaturas empezaron a tener uso de razón, ambas también recibieron lecciones de un mismo maestro ambulante, de los que iban entonces por los campos desasnando zagales a cambio de unos pocos esquilmos de la tierra. Pues sabed que estos humildes docentes, con gran voluntad y con más amor que medios, enseñaban a los hijos de los labradores a leer y escribir para su gasto, y, en lo referente a los números, al menos las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Luego, como justo pago por su noble y esforzado magisterio, estas personas aceptaban cualquier cosa que les sirviera de sustento: que si un puñado de patatas, que si dos celemines de trigo, que si media arroba de aceite, que si una gallina o un par de pichones, o que si dos docenas de huevos.

Pues bien, los referidos hermanos, y según era costumbre y modo de vida entonces de las familias campesinas, conforme crecían y comenzaban a servir para algo, eran destinados por su padre al cuidado de los animales y al cultivo de la huerta, que normalmente era entonces por el sistema de aparcería, es decir, que los pobres agricultores, o “medieros”, tenían que entregar como terraje la mitad de las cosechas a los señoritos, dueños de la tierra.

Pero transcurridos algunos años, y cuando dichos zagales se habían convertido en dos mozos fuertes y sanos para el trabajo, uno de ellos, el mayor, cuyo nombre era Poderio, quiso marcharse a probar fortuna allende las fronteras. Así que habiendo trabajado de lo lindo durante unos años en un país lejano, y habiendo ahorrado todo cuanto pudo, regresó al pueblo con algunos posibles en la cartera, que invirtió en propiedades y negocios, los cuales con el tiempo le rentaron provechosos beneficios. Mientras que el otro hermano menor, llamado Pocaire, el cual trabajaba siempre junto a su padre, de sol a sol y sin días de fiesta, en el terruño ajeno que les vio nacer, no encontraba ni por asomo la anhelada prosperidad.

Pasó el tiempo y los dos hermanos se casaron y fundaron cada uno su propia familia, y, mientras Poderio obtenía buenas cosechas y multiplicaba sus bienes, que le generaban cada vez más riqueza, Pocaire no pasaba de arrancar un mísero sustento a las tierras del señorito, cuyo derechos de aparcería le había dejado su pobre padre al morir. Se trataba dicha hacienda de unos bancales, situados bajo el quijero de la acequia, a los cuales había que llegar a través de un sendero entre carrizos y atravesando un estrecho puentecillo de palos y tierra apelmazada que había sobre el propio canal de agua.

Pero el hermano mayor, tocado por la prosperidad, era sin embargo un buen hombre, y muchas veces le echaba al menor una mano en las necesidades económicas y familiares, que principalmente eran las de alimentar su extensa prole. Pero mientras que los hijos de Poderio ya asistían a buenos colegios de pago con el fin de prepararse para estudiar una carrera en la universidad, los de Pocaire desertaban la mayoría de las veces de una escuela rural para pobres y no apuntaban más allá del humilde oficio de jornaleros del campo o, lo que es peor, el ser en el día de mañana candidatos fijos al paro obrero.

De forma que como el dinero, según dice la gente, va donde está el dinero, a Poderio le venían de cara los negocios uno tras otro: Se compró la mejor casa del pueblo, conducía el mejor automóvil de entonces, llegó a tener amistades influyentes, y su esposa lucía alhajas y vestía trajes caros, adquiridos en las mejores tiendas de la capital. Mas a pesar de sus riquezas y de que no descuidaba jamás sus negocios, pues era un hombre volcado siempre con su trabajo, tampoco se despreocupó nunca de la parca suerte de su hermano, y, bajo cualquier motivo o pretexto, bien por Navidad, bien por Pascua florida, le hacía regalos que venían a paliar en parte las carencias familiares del otro. 

Pocaire, sin embargo, fiel a la azada y con un enjambre de hijos que tapar la boca, seguía viviendo en una casica techera con el piso de tierra y el tejado de tejavana, vestía ropas remendadas y estrafalarias y recorría a pie todos los días el camino que anduvo en tiempos su padre y que antaño recorriera su abuelo, que no era otro que aquel que curveaba entre carrizos y atravesaba la acequia sobre el viejo puentecillo de palos y tierra apelmazada, y a través del cual se llegaba todos los días de su vida hasta aquellos bancales que había bajo los quijeros y que él cavaba con ahínco.

La gente del pueblo, por otra parte, no estaba ajena a las diferencias de fortuna, y por ende de posición social, entre ambos hermanos, ni al gran afecto que a pesar de ello se tenían. La gente, incluso, le comentaba al rico que por qué no le cedía un poco de su suerte al pobre Pocaire, y Poderio respondía que ya lo intentaba a menudo, pero que al otro siempre le iban las cosas para atrás y de nada servía.

–¿Por qué no le regalas a tu hermano un poco de la buena fortuna que a ti te sobra? –le decía la gente del pueblo.

–Ya lo intento de vez en cuándo, pero a él siempre le viene la suerte del revés y yo no tengo la culpa –contestaba Poderio.

Así que un día, algo cansado el hermano rico de que sus amistades echaran al ver la tan diferente situación económica de los dos, pensó otorgar un vuelco al porvenir del hermano pobre. Pensó cambiar su vida de una vez por todas.

De modo que, tras meditarlo despacio y consultarlo con su esposa, Poderio escogió el día de Nochebuena, que es cuando los corazones de las personas pintan siempre un poco de alegría; a la vez que cuidó bien de no gravar el futuro de su hermano con la pesada obligación del agradecimiento. De modo que llenó cuanto pudo de billetes grandes una cartera de cuero generosa y marchó a eso del atardecer hacia el camino por donde Pocaire transitaba diariamente de forma obligatoria.

Hacia la postura del sol, más o menos, se llegó hasta el viejo puentecillo de palos y tierra apelmazada que había sobre la acequia de aguas mansas, llamada Andelma desde siglos atrás por su procedencia árabe, y esperó pacientemente el regreso al hogar, azada al hombro, de su querido hermano pobre.

Caía el sol amarillo de diciembre por detrás de las montañas lejanas y los hombres del campo cesaban en sus duras tareas; recogían el averío que anduviese fuera del corral y, añorando la compañía de la familia y el consuelo de una cena caliente, regresaban a sus hogares.

Pocaire, exento ya de sueños de futuro, se limpió el sudor de su frente, se echó a la espalda la capacica de pleita que llevaba todos los días con el recado y, acordándose un instante de que quizá su esposa y los suyos le estarían esperando en casa con la lumbre encendida y algo extraordinario para cenar en Nochebuena, tomó el sendero de vuelta al hogar.

Poderio entonces lo columbró de lejos y se preparó para el momento crucial que se avecinaba. Sin que nadie le viese, colocó en el centro del estrecho puentecillo de la acequia aquella cartera de piel preñada de billetes, tantos como para sacar de la pobreza a una familia entera durante muchos años; luego se alejó quince o veinte pasos y se apostó en cuclillas entre los carrizos, sin perder de vista lo que allí estaba por ocurrir de un momento a otro, pues daba por seguro que Pocaire iba a hallarla y, lleno de contento, marcharía a su casa con un golpe de fortuna en el bolsillo, capaz de cambiarles el porvenir a él y a los suyos para siempre.

Pero al hermano pobre, que exhausto por el trabajo y calzado con unas esparteñas, caminaba despacio por la senda, cuando faltaba poco para llegar al puente de la acequia, le vino una idea nueva a la cabeza, un pensamiento que nunca jamás se le había ocurrido: 

“¿Cuántas veces –se dijo a sí mismo– pasaría mi abuelo sobre este puente de la acequia? ¿Cuántas –pensó también– lo haría mi pobre padre en sus idas y venidas al trabajo de los bancales? ¿Y cuántas lo habré hecho yo mismo a lo largo de mi vida, ya que no he realizado otra cosa que cavar la tierra desde mi infancia...?”

“Tantas veces he pasado sobre este puente de la acequia –se repitió a sí mismo Pocaire cuando faltaba un corto trecho para llegar–, que sería capaz de cruzarlo hasta con los ojos cerrados.”
Entonces se dio cuenta de que nunca, ni de niño siquiera, que es cuando se hacen las travesuras y los actos inconscientes, se había atrevido a pasar sobre aquel puentecillo con los ojos cerrados. Así que sintió la idea como un extraño reto a sí mismo: ‘¿Serás capaz de hacerlo...?’, pareció desafiarle su propia conciencia. ‘¡Soy capaz y lo haré por esta vez!’ –se respondió para sus adentros con firmeza el pobre Pocaire.

Entonces, cuando faltaban tan sólo unos pasos para llegar al quijero de la acequia Andelma, sobre la que estaba aquel humilde puentecillo, nuestro hombre cerró los ojos y sus pasos cansados de tres generaciones le guiaron perfectamente y sin vacilar a través del puente de palos y tierra apelmazada. Después los abrió algo más adelante con la exultante sensación de haber realizado un viejo sueño, de haber cumplido con un desafío personal y de haber salido airoso de la prueba. 

Luego, cuando Pocaire llegó a su humilde morada, rendidos sus huesos de tanto y tanto trabajar las tierras del amo, halló a sus hijos sentados en torno a la mesa, esperando que naciera el Niño y poca cosa para cenar.
©Joaquín Gómez Carrillo
Cuento nº 1 del libro "Cuentos del Rincón"
(Publicado extractado el 28/09/2013 en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA")

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Cuentos del Rincón

Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"