INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro «Relatos Vulgares» (2004), así como de la novela «En un lugar de la memoria» (2006). Publica cuentos, poesías y relatos, en revistas literarias, como «La Sierpe y el Laúd», «Tras-Cieza», «La Puente», «La Cortesía», «El Ciezano Ausente», «San Bartolomé» o «El Anda». Es también coautor en los libros «El hilo invisible» (2012) y «El Melocotón en la Historia de Cieza» (2015). Participa como articulista en el periódico local semanal «El Mirador de Cieza» con el título genérico: «El Pico de la Atalaya». Publica en internet el «Palabrario ciezano y del esparto» (2010).

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27/3/21

La humildad de escribir

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Solo es aire lo que nos sustenta, lo que nos empuja hacia el cielo, lo que nos lleva; ¡aire!, lo que nos eleva del suelo y nos transporta sobre la alfombra mágica de las nubes.

La comunicación más perfecta que haya inventado el género humano, además de la expresión oral, claro, es la escritura. Existen otras maneras de intercambiar mensajes: signos, pictogramas, incluso la pintura; hace veinte mil años, los pintores (mujeres u hombres, no sabemos) de Altamira se comunicaron con nosotros, y con la humanidad futura; nos dijeron «...en nuestra época hay artistas y en nuestro entorno, bisontes y otros animales», por ejemplo. Pero los mensajes más complejos, las leyes, el pensamiento, el saber, las doctrinas religiosas, etc., requieren ser trasmitidos mediante una grafía escrita: cuneiforme, jeroglífica, o de cualesquiera de los muchos alfabetos inventados en las diversas culturas y pueblos a lo largo del tiempo. Cuando las personas comienzan a escribir es cuando arranca la Historia; y lo de atrás ya es Prehistoria.

Pero vamos al sencillo acto de escribir. Ya tenemos los alfabetos, incluido el braille; con ellos podemos empezar a expresar aquello que nace en nuestra mente y queremos hacerlo llegar a otras personas. Miren, hay un misterio en los evangelios que nadie podrá develar jamás, y es qué escribía Jesucristo en el suelo cuando le presentaron a la mujer «adúltera». Se dice que escribía con el dedo, y es muy posible que eso acostumbrase Él hacerlo, quizá mientras meditaba la respuesta justa a una pregunta. No sabemos qué escribió ni en qué idioma, pues aparte del arameo, posiblemente Jesús supiera griego y latín; sólo sabemos que cuando se quedó solo con la mujer, levantó la cabeza (dejando de escribir lo que fuese) y le hizo aquella pregunta de «…si es que no la había condenado nadie». Ella respondió que no, y Él dijo «yo tampoco te condeno».

Al ya nonagenario Antonio Gala (¿se acuerdan de los bastones y los perritos que sacaba por la tele?) le oí decir una vez que él escribía con lápiz y sobre las rodillas. Creo que era un acto de humildad, de sencillez, de amor a las letras; a las letras que formaban palabras, palabras que componían frases, y frases que integraban maravillosos libros y novelas.

A veces me quiero imaginar a Cervantes escribiendo el quijote a pluma; ¿tacharía mucho?, ¿añadiría, suprimiría, cambiaría adjetivos, verbos, adverbios?, ¿rompería páginas? Ahora es muy fácil hacer todo eso en el ordenador; pero a plumín, a boli, o incluso a lápiz…, ¡ahí les quiero ver! El insigne Gabriel García Márquez, declaró que cuando escribía sus novelas, elaboraba mucho los textos (a mí también me gusta elaborarlos, y dejarlos enfriar y volverlos a someter a correcciones); dijo que cuando escribió «El otoño del patriarca» trabajaba ocho horas diarias y sacaba en limpio tan solo una página cada día. Pero leer a García Márquez es como mirar un cuadro de Rafael, o como estar delante de un Velázquez.

Ahora con los ordenadores no hay que tachar ni romper páginas. ¿Cuántos folios rompería el colombiano universal cuando escribió «Cien años de soledad» en España? ¿Han visto ustedes la sencilla dedicatoria de esta fabulosa novela? Se refiere en ella a las personas que le compraban los paquetes de folios (¡por falta de papel que no decayese la saga de los «Buendía»!); una de ellas: María Luisa Elío, al parecer, era una familiar de la farmacéutica Doña Mª Carmen Elío de Cieza, ¿lo sabían?; quizá sin aquélla se habría marchitado Macondo.

También imagino a Cervantes elaborando el texto del Quijote a la primera, es decir, componiéndolo en su cabeza y después mojando la tinta en el tintero. Una mente privilegiada para hacer eso. Así también se han escrito muchos poemas. Armando Valladares, veintidós años preso político en Cuba, declaró que componía sus poemas en la cabeza y se los grababa en la memoria (le negaban papel y lápiz), que luego llevaría a un libro cuando fue liberado por intercesión de Mitterrand en su viaje a la isla.

Pero esto de los ordenadores es muy reciente, de hace cuatro días; la técnica ha evolucionado muy rápida y ha influido mucho en nuestras vidas. Y una de las cosas que ha cambiado rotundamente es la manera de escribir. ¿Quién tiene ahora aquella bonita caligrafía con que escribían los amanuenses, los escribanos de los registros civiles, de los juzgados, o los funcionarios municipales; los «infrascritos» secretarios que elaboraban a mano las actas capitulares con pluma y tintero. Hoy en día todo eso ha desaparecido: los plenos se graban en vídeo y en archivos sonoros, y un empleado cualquiera los trascribe resumiéndolos más tarde (yo mismo he trascrito plenos mientras hacía otros cometidos), los convierte en documentos informáticos y el secretario o la secretaria los firmará de forma digital.

Mi padre, Guillermo del Madroñal, iba más lejos en la humildad de escribir (hablo en pasado porque ya, en los umbrales del siglo de edad, ha dejado de escribir: solo lee y trabaja el esparto). Escribía con bolígrafo, por supuesto; sobre las rodillas o encima de una mesa, también; pero además nunca lo hacía en un folio limpio, en blanco, ni en un cuaderno nuevo, de estreno; no, él escribía siempre en papel usado de la más diversa procedencia, aprovechando incluso huecos en las páginas ya utilizadas previamente por otras personas. Y casi nunca tachaba: conforme salían de su mente las palabras y las frases, las plasmaba en el papel. Eso ahora casi no se hace; yo escribo, corrijo, añado, suprimo, cambio. La técnica de los ordenadores ha modificado el oficio de escribir.

Isabel Allende, la escritora más importante quizá en lengua española, cuenta en su libro «Paula» que cuando escribió «La casa de los espíritus», su ópera prima (por supuesto a mano y en un tochazo de papel), llevaba consigo el manuscrito a todas partes y constantemente lo sometía a correcciones (cargaba con él incluso en sus largas estancias en los hospitales de Madrid, con su hija Paula, enferma incurable de porfiria), y que lo llevó a un editor, más que nada por librarse de aquella «doble carga»: la humilde y gustosa tarea de escribir y el habito irrenunciable de corregir, para que un lector, ¡o millones de lectores en su caso!, recibieran en su intelecto la trasmisión perfecta de las ideas, sin pestañear y sin mover los labios (como ustedes al llegar hasta aquí. Gracias).
©Joaquín Gómez Carrillo

 

14/3/20

Por hablar de otra cosa

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Más flores, más flores, más flores....
Hay una novela del portugués José Saramago (premio nobel de literatura en 1998) que se llama «Las intermitencias de la muerte». En este libro, genial como todos los del autor, resulta que en un país indeterminado y en un tiempo inconcreto la gente deja de morirse; a día uno de enero comienzan a darse cuenta de que ya no hay fallecimientos, de que el ser humano escapa a las garras de la muerte; aunque las personas estuviesen en las diez de últimas, no se morían. ¡Qué alegría!, pues había llegado a ese país (no sabemos qué partido o qué coalición de partidos gobernaban) la tan soñada inmortalidad; pero, ¡ojo!, solo ocurría dentro de las fronteras de esa nación (no aclara el relato si también había cesado la muerte en las embajadas de dicho país y en los buques con pabellón del mismo, que como todo el mundo sabe son asimilables al «territorio nacional», por ejemplo, las «embajadas» catalanas en el extranjero serían territorio español sin lugar a dudas y una agresión a uno de esos edificios sería considerada como si la hubieran hecho a España misma).

Bueno, que pasada la euforia y el contento de los primeros días, en el libro de Saramago comienzan a suscitarse algunos problemas. Uno de ellos es de ámbito religioso: a la Iglesia Católica se le caen los palos del sombrajo (no hay que perder de vista que Saramago era de ideas comunistas y muy crítico con la Iglesia; de hecho se largó de Portugal y se afincó en Lanzarote cuando no le dejaron publicar allí su libro «El evangelio según Jesucristo), pues ¿cómo se iba a comer entonces eso de la «muerte y resurrección», si ni dios se moría en aquella sociedad?, ¿cómo iban a ganar la eternidad los católicos de aquel país si no pasaban por el trance de la muerte, como Jesús en la cruz? Porque, claro, casi todas las religiones cuentan con el acto de morir para pasar a otro estadio de la existencia; es más, el hecho religioso tiene su origen en la mortalidad del ser humano; cuando el hombre, allá en los albores de la humanidad, es consciente de que tiene que morir, piensa que esto no puede ser, se resiste a la idea de irse para siempre de esta vida, de pasar a la nada después de haber vivido, entonces necesita echar mano de algo, algo superior que le proporcione siquiera un poco de esperanza, de consuelo, y se hace creyente (por cierto, es posible que los elefantes tengan alguna consciencia de la muerte de sus semejantes, incluso puede que intuyan la suya propia, pero desconocemos si ellos también creen que hay algo más allá; un misterio…).

Pero aparte del religioso, el problema más gordo en la novela es social. Imagínense los hospitales hasta arriba de moribundos, de enfermos agonizantes; imagínense las residencias de ancianos y centros gerontológicos repletos de viejos, con todos los achaques habidos y por haber, y sin estirar la pata. ¡Menudo problema! Pero, ¡ay!, al gobierno se le plantea otro mayor: la economía se hunde, pues no solo aumenta de forma desorbitada el número de pensiones que se han de pagar, sino que tanta persona grave y dependiente conlleva unos gastos tremendos, que al país se le hace difícil soportar (dicen por ahí que el coronavirus, un organismo mortífero y perfecto para ir contra la salud de las personas, ha sido creado y manipulado científicamente en los laboratorios chinos pensando realizar una «criba», una selección natural, y cargarse a los flojos, a los viejos y a los enfermos crónicos, y luego se les ha ido de las manos; ¡qué barbaridad!, ¿cómo se le ocurrirá a la gente decir eso? Yo no me lo creo).

Entonces, qué dirán que pasa en la novela del portugués, pues que surge una organización mafiosa, corrupta y corrompedora (algo así como el caso Correa en España, que dijeron los magistrados que era el «cáncer de las administraciones»: ayuntamiento u organismo administrativo que tocaba, lo corrompía). Y esos fulanos del libro se dedicaban a sacar moribundos de forma ilegal fuera de las fronteras para que hincaran el pico. No hacían más que traspasar la línea fronteriza e inmediatamente morían, ¡así de fácil! Claro, el gobierno, sujeto a las leyes, no podía realizar de manera oficial ese trabajo sucio. Por tanto se alió con los mafiosos para eliminar en lo posible gastos de gente en fase terminal o ancianos chochos más viejos que Cascorro. Pues lo mismo que antes he comentado de las religiones, asimismo las sociedades políticas están montadas sobre la seguridad de que tenemos que morir, y si falla la muerte (y si me apuran, si sube en exceso la esperanza de vida), también se caen los palos del sombrajo. ¡Un desastre! ¿No ven como interesa el tener una legislación avanzada sobre la eutanasia? ¿Qué pintan los enfermos en fase terminal o los «grandísimos» dependientes? (Comentan por ahí que en Holanda, si eres muy viejo y te pones muy malico, mejor no ir a los hospitales, pues en seguida dicen los médicos: «…este, ¡pa poca salud, ninguna!» y te dan un chute de «morituri» y a otra cosa mariposa; pero yo pienso que tampoco será así, que contarán con los familiares…)

Bueno, qué les iba a decir (ahora ya en serio); que escuchen bien los consejos de las autoridades sanitarias, incluidos los de los políticos, qué le vamos a hacer. Que se laven mucho las manos con jabón, que aireen sus viviendas o lugares de trabajo, que no se metan en aglomeraciones de gente, que se queden en su casa, en su pueblo o su ciudad y eviten el contacto físico, pues nunca se sabe. Y a ver si viene por fin el tiempo de las brevas y nos olvidamos del jodío coronavirus.
©Joaquín Gómez Carrillo

17/11/12

Escritores de Cieza

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La caída de la hoja en otoño
Los ciezanos siempre hemos dicho con orgullo que Cieza es un pueblo de artistas; sin duda refiriéndonos a los excelentes y afamados pintores que ha dado nuestro pueblo. Y es la pura verdad. No tengo más que citarles a Jesús Carrillo, a Manuel Avellaneda o a Toledo Puche, entre otros muchos que son y han sido.

Pero las bellas artes en la actualidad son cinco: la pintura, la arquitectura, la escultura, la música y la literatura. Que por cierto, nada tienen que ver con las “siete artes liberales” que constituían los programas de estudios en la Edad Media, y que se hallaban integradas en dos bloques: el trivium y el cuadrivium. (Al primero de ellos pertenecían la gramática, la retórica y la dialéctica; al segundo, la aritmética, la geometría, la astronomía y la música. ¡Eso sí que era un buen programa curricular de enseñanza...!)

Bien, el caso es, les decía, que al menos por extensión se podría llamar artista, no sólo al que pinta cuadros, sino a todo aquel que practique con buen acierto cada una de las mencionadas bellas artes. De modo que al decir popular ciezano, artistas con todo derecho también serían (tengo por cierto que lo son) el músico y compositor Francisco García “el Lorito”, el escultor Salvador Susarte, el arquitecto José Mª Torres Nadal o el escritor Bartolomé Marcos, por poner sólo unos ejemplos corrientes.

Pero quizá todo este preámbulo no es ni más ni menos que para, arrimando el ascua a mi sardina, hablarles un poco de los buenos escritores que ha dado Cieza, de entre los cuales citaré aquí algunos a voleo, sin prelación ninguna, pues por todos mantengo mi admiración y mi respeto, lo cual no impide que destaque en algunos de ellos sus mejores cualidades literarias a mi juicio. Mas, como quien mucho abarca, poco aprieta, no voy a caer en el error de hacer una extensa lista de buenos poetas, dramaturgos o novelistas nacidos en nuestro pueblo. De modo que nombraré sólo a tres de ellos, como “botones” de muestra.

El primero que señalo es Antonio F. Marín. De él, y en el panorama local, suelo decir a veces una frase rotunda y arriesgada: que es un articulista y los demás hacemos lo que podemos. Sus columnas en El Mirador y en internet no tienen nada que envidiar a las que escriben los más finos periodistas de los diarios nacionales. Él sabe pintar su prosa con el atractivo de la ironía fina, de la guasa calculada, de la insinuación procaz; con la maestría de la crítica ácida, de la denuncia descarada; esperpentizando con éxito aspectos, situaciones y personajes de la maltrecha actualidad de este país. Críticas mordaces, en fin, sobre el culebrón político del quítate tú que me ponga yo de esta España de charanga y pandereta. Además, Antonio F. Marín tiene publicados tres libros: “Azul y Sombra”, “Entretiempo” y “La escoria de la tarta.”

Quiero citar después a Guillermo del Madroñal, narrador oral y escritor lúcido, autodidacta, que con prosa verídica da fe punto por punto de su mundo conocido desde que tuvo uso de razón. Sus interesantes relatos son fieles reflejos de la vida que le ha deparado la sociedad cambiante de un pueblo llamado Cieza, desde los años de la dictadura de Primo de Rivera hasta nuestros días –pasando por una república convulsa, una guerra incivil, una posguerra hambrienta, un franquismo largo y una democracia imperfecta–. En la actualidad, sus dedos de agricultor viejo siguen reconociendo a diario el tacto áspero de la azada y la sensibilidad del bolígrafo. A sus 89 años bien cumplidos, y con la soledad de su reciente viudez, arranca todavía frutos de la tierra, escribe sus memorias a ratos ganados al tiempo y cosecha el placer de haber publicado buen número de artículos y relatos en el periódico El Mirador, más dos interesantes libros que andan por esos mundos: “Mozos y labradores” y “La Piedra del Gallo”. Guillermo del Madroñal es mi padre, al que admiro.

Finalmente, y con las disculpas de quienes no cabrían en esta página si me empeñase en nombrarlos a todos, pues este es un pueblo de muchos y bueno escritores (perdonen la inmodestia si me he sentir incluido), les miento a Manuel Martínez Morote (hijo del Rumbo), quien recientemente ha publicado un librillo entrañable titulado “Estampas de la huerta”. No es que este autor ciezano se prodigue mucho en sacar a la luz sus obras, pues hace ya algunos años que publicó “Hambre y miseria, el otoño del pueblo”, un libro impresionante cuya lectura nos dejó a todos con el alma raspada. Entonces ya se veía que Manolo llevaba en su cabeza la poesía, pues la obra, construida en la ficción con materia real de la historia de este pueblo, contenía una prosa poética de alto valor literario.

Mas ha sido con esta otra publicación reciente con la que el escritor ha elevado a maravilla muchos de los aspectos cotidianos y tradicionales de nuestra huerta. El libro es corto, ilustrado por Lazarillo, y muy ameno (ya saben que la mejor esencia se guarda en frascos pequeños); en él, con una prosa poética digna del mejor Juan Ramón Giménez de Platero y yo, Manolo nos va describiendo todo un ciclo natural de los cultivos a través de las estaciones del año, a la vez que pondera elementos de la tradición huertana, como el viejo tapón de palo de cuando se regaba a portillo y las acequias eran a cielo abierto entre quijeros de barro; nos cuenta la peripecia del pobre perro que sucumbió a la riada amarrado con una cadena al cuello, la floración adelantada del mes de marzo que pone níveos los ciruelos, y muchas otras semblanzas de nuestra agricultura. Basta con conocer algo la vida del campo, para ver en todo ello el amor y la sutileza con que Manolo ha puesto en palabras sencillas profundas sensaciones. Léanlo.
©Joaquín Gómez Carrillo
(Publicado el 17/11/2012 en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA")

10/10/09

Revista cultural "La Puente"

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Durante los años 2003-2007, la asociación cultural "Cauce" publica una revista cultural denominada "La Puente", cuyo nombre hace alusión inequívoca al lema del escudo de Cieza: "Por pasar la puente nos dieron la muerte".
En dicha revista, el escritor Joaquín Gómez Carrillo publica los siguientes cuatro relatos:

* La Camarera de la Fonda El Tripa (año 2003).
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* El mecedor de mimbre (año 2004).
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* En el día de la ira (año 2005).
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* La Mina del oro (año 2006).
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* El Huerto (año 2007)

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23/3/09

La mina del oro

Portada de la revista La Puente, nº 4, en la que publica su relato "La mina del oro."



¡Lo que son las cosas...! Nueve días antes tan sólo de que tuviésemos que sacarlo fiambre de la Balsa Honda, Perico Boceras, sentado en las últimas filas del Teatro Borrás, y al amparo de la oscuridad cómplice de una película de cine mudo, logró tocarle por primera vez las tetas a la Chata, y, como si en ese instante hubiese descendido en derredor suyo la Gloria de Dios Padre, el muchacho sintió su cuerpo flotar en el aire cual si llevara el esqueleto lleno de espuma.
Don Ovidio, de joven, era alto y seco, y solía fumar en pipa un tabaco de olor tan espeso que espantaba las moscas en pleno vuelo. A don Ovidio, cuyas zancadas por los caminos eran tan largas como las de un inglés, nada le apasionaba más en el mundo que la mineralogía; de modo que, con su macuto de explorador a la espalda y su bastón con contrera metálica en forma de pincho, subía por aquel tiempo todos los domingos del mundo a la Sierra del Lloro, pues así era como se llamaba entonces, en busca de indicios de metales, e incluso de fósiles de otras eras geológicas (antediluvianos se decía entonces). Llevaba siempre consigo un blocecico de octavo y un lápiz para hacer anotaciones, una piqueta de mango corto con qué arrancar o partir lajas de las peñas y una navaja cabritera de cachas negras para rayar los supuestos minerales.
A don Ovidio, pasados luego muchos años, y poco antes de morirse el hombre de viejo, con la casa llena de pedruscos de todas clases, formas y tamaños hasta no poder más y salírsele éstos por los alfeizares de las ventanas y por la puerta de la calle, le cupo al menos la ilusoria satisfacción de que el catalogado por los ingenieros geógrafos de Murcia “Monte nº 47”, pasara definitivamente a denominarse “Sierra del Oro” en todos los mapas, escala 1:50.000, del Instituto Geográfico y Catastral. Pero por aquel entonces, recién estrenada la Dictadura de don Miguel Primo de Rivera (pongamos finales de 1923, principios de 1924) don Ovidio y Perico Boceras habían trabado una amistad circunstancial, noble y desinteresada, la cual llegó a convertirse en verdadero pacto de silencio el día en que el pastorcillo le entregara al maestro de escuela aquel trozo minúsculo (al parecer, por los datos recopilados, no pasaría del tamaño de un garbanzo remojado) de calcopirita aurífera, como quien regala el más preciado de los tesoros.
Tom’usté, le dijo el muchacho en cuanto lo vio ascender aquella mañana por la senda larga del Collao del Portajo con su sombrero de jipijapa, sus lentes de montura gruesa y su bastón de pincho acerado, lo arranqué de la Cueva de las Pedrizas y lo he llevao toa la semana metío en el zurrón, le aseguró Perico mostrándoselo en la palma de su mano.
Perico Boceras, de cuerpo algo achaparrado, de manos anchas como paletas de pimpón, con todos los dedos iguales, de ojos zarcos, de mirar manso, de voz rasposa y de risa oxidada, quién por desgracia al poco tiempo de aquello le pudo el terrible sino del agua (contaron a toro pasado que de mantillas le había echado las tres cruces una gitana loca: “por la nariz te quedarás sin aire, por la boca sin habla y el corazón sin marcha”), no llegó a ser testigo de aquel conato de desorden público, de aquel peligroso inicio de “fiebre del oro” en el pueblo, que el alcalde, un joven señorito recién nombrado telegráficamente por el Directorio Militar de Madrid, en previsión de males mayores, mandó cortar por lo sano de la manera más drástica posible: ordenó amurallar la Cueva de las Pedrizas con enormes rocas y hacer estallar después un barreno ladera arriba, cuyo derrumbe de varias toneladas de escombro dejaría ésta sepultada para el olvido de las generaciones venideras.
Nacido en el mísero barrio de Los Casones, donde por muchos años se halló la mayor reserva de miseria y piojos del pueblo, Perico Boceras era el primogénito de once hermanos y no había asistido jamás a la escuela. A los ocho añicos, sin embargo, hecho un lambrijo, que parecía tener la solitaria, y con las comisuras de la boca plagadas de unas bubas incurables de tanto comer granadas verdes, higos o mandarinas robados por la huerta, su madre lo mandó de pastorcico para que le dieran al menos la comida por la servida; y desde entonces, hasta el día aciago en que lo hallaron flotando en la Balsa Honda, bocabajo e hinchado de agua como un odre, estuvo recorriendo a diario la entonces Sierra del Lloro por laderas, puntales y barrancos, sin más compañía que las sumisas ovejas y su perro “Tino”, un pastor alemán, atravesado con husky siberiano, más listo que hambre.
Algunos domingos, y siempre antes del hallazgo fortuito de la calcopirita aurífera, don Ovidio y Perico Boceras se encontraban por el monte y, sentados ambos en una peña cualquiera o sobre una mullida atocha, esbozaban algo de conversación, la cual, por parte del maestro, redundaba siempre en las bondades de la naturaleza, en el valor intrínseco de la soledad y en su petera irrenunciable por encontrar rastros de minerales en aquellos montes de Dios.
No tiene sentido que se llame a ésta “Sierra del Lloro”, decía (aunque al parecer sí que había una torpe leyenda casi olvidada sobre una cristiana cautiva en brazos de un sarraceno camino de Granada). Debe de ser “del Oro”, sospechaba don Ovidio, más que nada por simple naturaleza fonética. (“¡...del Oro!”, le gustaba repetirse en voz alta a sí mismo, pues encontraba en la palabra una sonoridad brillante y especial).
La primera vez que se toparon los dos, fue por primavera florida, en una solanilla cercana al llamado “Casón de Matías”, donde abundaban los asperones, la sabina, el enebro y la ajedrea; y, después de preguntarle al muchacho su nombre de pila (“me llamo Perico, pa servirle a Dios y a usté”, le contestó el pastorcillo; lo de Boceras no consideró apropiado traerlo a colación en aquel momento), el maestro, con el fin de romper el hielo, le espetó una adivinanza elogiosa para el oficio:
A ver, Perico, “¿qué ha visto un pastor en la montaña que no puede ver el Rey de España?” Y, tras un cachete amistoso en el occipucio, pasó a darle la explicación:
Usted, le dijo, puede ver en la montaña lo que no puede ver jamás el Rey de España. Ya que puede gozar del encuentro con otro pastor que pastoree su ganado en estos mismos montes, pero un rey no podría encontrarse jamás de forma amistosa con otro rey que reinase en el mismo país.
Otro día, siendo época solsticial y estando sentados ambos junto a un manantial de agua fresca, bajo la sombra de enormes y frondosos pinos, don Ovidio puso en las manos del pastorcillo lo que éste identificó en seguida como un “caracol de piedra”, pero el maestro le corrigió con paciencia docente:
Es un amonites, Perico; y obsérvelo usted bien, porque a través de él “cuatrocientos millones de años le contemplan”. Cosa que el muchacho no llegó a captar el alcance histórico de la frase.
A pesar de que Perico Boceras había superado con creces la pubertad (es posible que rondara los dieciséis, o los diecisiete si nos apuran), don Ovidio, sabedor de su analfabetismo profundo, le daba en ese aspecto el trato condescendiente de un párvulo. Mas en aquellos encuentros, luego de hablar los dos un buen rato, como si el destino les obligase a tomar rumbos contrarios, deshacían la magia de la compañía y el lazo encantado de las palabras para dar paso de nuevo a la soledad montuna. No obstante, el maestro se despedía siempre con el mismo ruego de que le guardase alguna piedra sospechosa que encontrara por los cerros.
Si halla usted alguna roca de esta forma y de ésta, o que tenga esto y lo otro, le encargaba don Ovidio al muchacho, me la guarda hasta el domingo que viene.
A Perico Boceras le hacía gracia que le llamase de usted don Ovidio. Al zagal, que tenía conciencia plena de ser la persona más humilde del mundo, le chocaba que el maestro, con su porte de aristócrata, le tratase como si fuera él una persona mayor, o como si fuera un señorito (¡qué barbaridad, un señorito Perico Boceras!). Pero no, lo que ocurría es que el hombre lo tenía por norma de urbanidad. Él, en su escuela, le decía de usted a todo el mundo, hasta a los parvulitos, que iban llenos de mocos y andaban todavía anclados en la primera página del silabario; incluso a los desaplicados o revoltosos, que nunca se sabían la lección, y él, exento de palmeta (“la letra, con paciencia entra”, era su lema), con el mayor de los respetos, como si fuesen infantes de la realeza en lugar de hijos de hiladores, de esparteros o de picadoras, los mandaba sentarse al final de la clase en dos pupitres separados del resto, a los que, en un latinajo inescrutable para aquellos chitos de la orilla de la acequia, cuyo futuro inmediato no era otro que el de “darle a la rueda”, don Ovidio llamaba la “Insula asnaria”.Usted Pascualín, decía el maestro, y usted Antoñico, tengan la bondad de marcharse ipso facto a la Insula Asnaria; y añadía después: tráiganme sabidas para mañana las tablas. Así de correcto era don Ovidio en su noble magisterio.


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(Continúa)

La camarera de la fonda "El Tripa"


Portada de la revista La Puente, nº 1, en que publica su relato "La camarera de la Fonda "El Tripa".


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La Nina, según me contó una vez, a sus casi ochenta años no conocía aún el mar. Gruesa como una madona de Botero y medio inválida para desenvolverse, vivía sola en un modesto pisito que había logrado adquirir algún tiempo atrás ahorrando peseta a peseta durante toda su vida. A la Nina, cuya piel blanca de no darle nunca el sol se le había hecho con la edad tan delgada y transparente como el cristal, le azuleaban la cara sus finísimas venas que alimentaban el ocre encendido de sus mejillas.
La Nina, el día en que se llevaron con los pies para adelante a Doña Pascualita, algo así como diez o quince años atrás, y antes de que llegaran los sobrinos que vivían fuera para cobrar la herencia, recogió todo lo que era suyo: varios electrodomésticos, algún pequeño mueble, una máquina de coser a pedal Alfa, un televisor Ínter de veinte pulgadas, menaje de cocina, su ropa de ajuar que guardaba muy bien dentro de un arca antigua heredada de su madre, y demás enseres que había conseguido poco a poco con su exiguo salario de sirvienta (primero de la fonda y luego en el hogar de la dueña cuando ésta liquidó el negocio), y se marchó de aquella casa, donde habían transcurrido los últimos cincuenta años de su existencia.
A la Nina, que cuando alguna vez se caía la pobre de rodillas en el cuarto de baño, no tenía más remedio que suplicar la ayuda de la Virgen de los Dolores, de la cual llevaba siempre un escapulario con un imperdible en la pechera, le gustaba contar historias y referir de vez en cuando episodios de los tiempos en que era jovencita. Y, uno de aquellos días que yo la visitaba, bien para leerle una carta del banco, bien para ponerle un enchufe en la pared o bien para colgarle un cuadro, o, simplemente para darle conversación, de la que ella se encontraba algo necesitada, me reveló, quién sabe si el secreto mejor guardado de toda su vida.


Desde el interior de la gran cámara acorazada se sentía cada vez que pasaba el metro por arriba. No es que el metro pasara justo por encima, no, sino que el zurrido y el retemblor del metro provenían de un nivel superior a donde ellos se encontraban. Pues los trenes, a pesar de los terribles bombardeos que la ciudad sufría a diario, sobre todo por las noches, bajo una oscuridad agresiva de sirenas, mantenían cierta regularidad en su recorrido a través de la red de túneles y estaciones suburbanos, de modo que hasta los combatientes que defendían Madrid a la desesperada en los barrios de la periferia cuando el Gobierno huyó como alma que lleva el diablo, podían coger el metro para ir de casa a la lucha.
¿A qué profundidad estaremos?, preguntó el Torrao al sargento Lobo, mientras se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, aún a sabiendas de que no obtendría respuesta, pues estaba prohibido preguntar nada.
Este es un servicio muy especial, de modo que nada de preguntas, nada de comentarios y nada de conclusiones personales, les había advertido el capitán Santolaria aquella misma mañana, cuando fueron trasladados en camiones del ejército desde la Casa de Campo hasta el centro de la ciudad.
Los sacaron de las trincheras cuando a aún soportaban el eco de las bombas de la noche antes en sus vísceras maltrechas (“¡tumbaos boca abajo con un palo apretado entre los dientes!” –les advertían los mandos al paso de los Junkers nazis poniendo huevos de muerte y destrucción), y les hicieron subir en cuatro camiones destartalados, cubiertos con lona verde de Intendencia. Luego, entrando por el Paseo de Extremadura a toda velocidad, atravesaron en zigzag un par de controles que había con parapetos de sacos terreros guardados por milicianos.
“¡Salud, camaradas! ¡Misión especial!”, decía el Capitán Santolaria, que iba sentado en la cabina del primer camión, sacando el puño cerrado por la ventanilla.
Seguidamente bordearon los jardines del Palacio Real y la Plaza de Oriente, donde había más parapetos y más milicianos de rostros casi imberbes, y tomaron por la calle Mayor hacia la Puerta del Sol, plagada de carteles de propaganda de guerra. Después continuaron sin detenerse por la de Alcalá hasta llegar allí. Nada más bajar de los camiones, el Torrao, que tenía el pobre un estrabismo en un ojo que hacía daño el mirarlo (“tú tienes ventaja para el combate –le decía a veces el Capitán Santolaria, quien poseía un humor cáustico–, ya que puedes apuntar con un ojo al enemigo y vigilar con el otro”), se fijó cómo habían cubierto la fuente de La Cibeles con toneladas de arena y bloques de piedra para librarla de los bombardeos dañinos de las “Pavas” alemanas. Luego, sin demora, entraron en el majestuoso edificio y por un vericueto de puertas de seguridad y pasillos llegaron hasta los ascensores.


Al Loco de los Patos le aficionaba algo la pintura. Sobre todo por las mañanas, se sacaba una sillica con el asiento de anea y se ponía al sol a retocar sus cuadros; y, algunas mujeres que iban a por el pan, o venían de por el pan, del horno de Cagancho (desgraciadamente, poco tiempo después y hasta pasado el año cincuenta, la mayoría de las veces que las mujeres iban a por el pan volvían sin él, pues llegaron a ser los tiempos duros del hambre y del “¡no hay pan!”), cuando lo veían sentado y con los patos bullendo a su alrededor, le decían al hombre que si es que no bañaba lo patos.
¿Es que no bañas los patos hoy?, le preguntaban, por oírlo nada más.
Y él, invariablemente, respondía que sí, que los iba a llevar a la Fuente del Ojo.
Sí, los voy a llevar a la Fuente pa que se bañen, decía el Loco de los Patos. Cosa muy improbable, pues el hombre y sus patos lo más que recorrían juntos era la distancia de un extremo a otro del “Callejón del Loco”, que otras veces llamaban también “de los Frailes” por estar junto al viejo convento franciscano (nombres, por otra parte, que perdurarían de generación en generación hasta muchos años después), de modo que a nadie del pueblo le cupo nunca en la cabeza que el Loco de los Patos fuera a llevar los animales hasta la Fuente del Ojo, que era el lavadero público, distante no menos de kilómetro y medio, en mitad de un extenso olivar, donde muchas mujeres, madres de familia y trabajadoras en las fábricas de esparto, tenían que ir por entonces a lavar, ya de día, ya de noche, con sus líos de ropa y sus barreños de cinc cargados a la cabeza.


La Nina con catorce años cumplidos ya era una mujer. No es que la Nina en su temprana juventud hubiera conocido varón, no (“lo del Chato, sin embargo –me contó pesarosa sesenta y pico años después–, no fue más que un refilón de amor”), que a buen seguro, la Nina, como el mar, no conoció nunca, sino que por su desarrollo físico tenía hechuras y signos más que evidentes de ser núbil a esa edad.
Doña Pascualita había ordenado a la Nina aquella mañana que fuera al Palacio del Vino a encargar cuatro arrobas para la clientela.
Anda en un santiamén a ca Peperre, le dijo, a ver si ha llegao ya el carro de La Mancha, y deja aviso de que nos traigan cuatro garrafas de vino a la Fonda.
Cuando la Nina pasó aquella mañana de octubre, ligera como una corza, camino de la Taberna de Peperre a llevar el recado de su ama, el Loco de los Patos rescató los ojos del extremo del pincel, y al inclinarlos hacia ella, pensó: ‘vaya cuerpos de mujer que tienen hoy en día algunas zagalas’. Después, durante unos segundos, contempló serenado cómo los patos se movían de acá para allá con sus andares torpones, y picoteaban por el suelo de tierra del callejón briznas de pitanza.


No se sabía cuándo ni quiénes las habían depositado allí, pero había en unos sótanos superiores a la cámara acorazada cientos, miles, de pequeñas cajas de madera, todas de parecido tamaño, que llevaban puesto el sello y la marca de la Subsecretaría Nacional de Armamento, y, escrito con letras de molde, el nombre de la mercancía que habrían de llevar en su interior y también el de la fábrica de munición de procedencia: balas de fusil, bombas de mano, proyectiles de mortero, balas de antiaérea, espoletas de obús de artillería, granadas de carro de combate, minas antitanque, etc., de las Industrias Santa Bárbara de Bilbao, de Barcelona, de Trubia en Asturias o de Madrid.
El Capitán Santolaria, que era el depositario de la extraña orden procedente del Ministerio de Hacienda, a cuya cabeza estaba entonces el doctor Negrín, indicó al sargento Lobo, hombre fornido, muy moreno y ojos vivarachos, que fueran bajando las cajas y llenándolas, pues estaban todas vacías.La cámara acorazada, estrenada hacía poco tiempo, era bastante grande y segura; decían que era de las más grandes y más seguras del mundo, y que habían trabajado durante dos años y medio hasta 160 obreros, en tres turnos diarios, para construirla. Pero los cincuenta soldados, a causa de la mala aireación del lugar, de las horas que llevaban allí abajo y de la dura tarea encomendada, se encontraban sofocados por la calor.


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(Continúa)


En el día de la ira

Portada de la revista La Puente, nº 3, en que publica su relato "En el día de la ira."


Fue a la mañana siguiente cuando nos dimos cuenta de que se habían dejado la mesa puesta y la cena sin tocar. Con la luz del día hallamos sobre el hule un plato con una sardina frita, un huevo pasado por agua y un trozo de pan no más grande que la mitad de una mano de mujer. Más todo, absolutamente todo, junto con el exiguo mobiliario y los pobres enseres que había en la casa, lo echamos a la hoguera que habíamos encendido afuera con las sábanas y el colchón de borra de la cama.
A mi padre nunca lo vi llorar. Miento, pues cuando dos años y medio después, los del Socorro Rojo, que iban pistola al cinto por los campos llevándose animales y otras cosas para alimentar a los heridos en los hospitales de sangre, nos arrebataron la yegua blanca, y, con los ojos cegados por un capuz negro, la subieron a palos sobre la caja de madera de un camión destartalado de los que requisaban a los industriales del esparto, entonces, vuelto de espaldas, bien recordaré, mi padre lloró con una congoja ahogada, impotente y silenciosa. Pero no aquel día, sin embargo, en que comprobamos con inmensa tristeza el rastro de la tragedia en la mísera cena abandonada por las mujeres la noche antes.
De modo que aquella mañana de finales de setiembre del treinta y seis, cuando subimos hasta la caseta que perteneciera tiempo atrás a los mineros, más arriba de la raya del monte, para quemar todo lo que había pertenecido a Gloria, se nos figuró de pronto la representación pura de la desgracia en aquellos alimentos intactos sobre una pequeña mesa de alas, en mitad de la humilde estancia.


Don Raimundo les había recomendado unos meses antes que lo mejor para su hija era que tomase el aire sano de los pinos.
Lleváosla a la montaña para que respire aire puro. Es lo mejor para ella, les dijo el médico con buen criterio.
El Mañas le tenía fe a Don Raimundo; lo conocía de muchos años atrás, pues se encargaba de cobrarle los recibos de las igualas. El Mañas se buscaba la vida de cobrador: llevaba facturas de algunos empresarios de la industria espartera, que tanto auge tenía entonces en el pueblo; cobraba los rentos a los agricultores viejos –los cuales preferían aquel sistema, heredado de los tiempos antiguos de la encomienda y los mayorazgos, a la aparcería común, por la que había que entregar a los señoritos, dueños de la tierra, el terraje de los esquilmos–; cobraba las cuotas de la Confederación Nacional de Sindicatos Católicos; y, entre otras cosas, se encargaba de cobrar también a las familias igualadas con Don Raimundo, médico muy apreciado en el pueblo. No obstante, como su modesta economía familiar no le permitía pagar la estancia de su hija en un sanatorio especializado de montaña, de los que había para estos enfermos, decidió buscar una casita prestada junto a los pinos para que Gloria pudiese pasar allí los meses de aquel verano tumultuoso en que estalló la maldita Guerra Civil.


Aquella tarde de otoño, a la caída del sol, cuando andábamos atareados recogiendo el averío, la vimos llegar andando desde el pueblo con la terrible noticia en la boca. Primero apareció a lo lejos como un punto negro en el camino, que luego fue tomando poco a poco figura de mujer; y cuando los perros, adormilados en su cobija de la leñera que había en la esquina de la casa, comenzaron a removerse y a dar los primeros ladridos, hicimos esfuerzos con los ojos para saber de quién se trataba.
Era la Rosario. Mi padre la conocía porque estaba de sirvienta muchos años en casa de Don Jerónimo Blázquez, dueño de la fábrica conservera más importante del municipio, a la cual solíamos llevar con el carro las banastas de albaricoques y de melocotones de la huerta en la época de la recolección. La Rosario, que bizqueaba la pobre del ojo izquierdo con un estrabismo acusado, llegó poco después aspeada a causa de la caminata de los siete u ocho kilómetros con aquellos alpargates de paño gastados que ella les hacía agujeros con las tijeras para liberar sus juanetes, y, ahogada del sobresalto y con el alma en vilo por los acontecimientos, sólo se detuvo en la casa el tiempo justo para echar un trago de agua fresca de la cántara y declarar espantada lo ocurrido aquella misma tarde en el pueblo. Después prosiguió su camino por una estrecha y tortuosa senda de mulas, hacia la antigua casica de los mineros, que distaba cosa de un kilómetro, rodeada de pinos, de lentiscos, de estepas, de retamas y de otros arbustos olorosos, en las faldas de la Sierra del Cobre.

Unos tres meses antes, cuando aún no se había producido el terrible cisma de la Guerra Civil, aunque los políticos de uno y otro lado no cesaban de echar leña al fuego del desentendimiento, de la crispación y de los odios sociales, y algunos generales urdían el levantarse en armas contra el Gobierno legítimo de la República, el Mañas apareció un día muy temprano montado en su bicicleta y le pidió el favor a mi padre. Nos pilló en el Bancal de los Cardos seteros, mientras segábamos los últimos trigos raspinegros por San Juan, y el hombre –me acuerdo ahora como si lo estuviera viendo, con su chaqueta de pana de toda época y su gorra de paño gris– dejó apoyada la bicicleta contra un pinato que había junto a la linde de las atochas y, a cruza surco, pisando los estabones puntiagudos del rastrojo con sus alpargates de lona blanca y suela de cáñamo, llegó hasta mi padre, que estaba atando a cabello la mies segada la tarde antes mientras yo le asistía con los vencejos en la mano, y le comentó su caso familiar y las estrictas recomendaciones del médico.
Tío Lázaro, vengo por lo de la casica de los mineros. Hágas’usté cargo de mi triste situación, dijo el hombre apurado.

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(Continúa)

7/11/08

El Príncipe de la Lluvia


Portada del libro en el que participan 10 autores, año 2008
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(Relato)

A Paco el Libra,
quien sabía otros oficios que arrancar esparto.


Hacia el norte de los Bancales Largos, por donde encañona el cierzo en diciembre haciendo rodar los salicornios, cae el Ramel, un manchurrón verde a vista de pájaro en la llanura parda de los barbechos. Luego, rompiendo la huida de los surcos paralelos, columbramos aquí y allá algunos pinos añosos y destartalados, sometidos a las impiedades de la meteorología, en cuyas ramas se acurrucan las aves piando al anochecer; mientras que, alineados en los ribazos y aun en los márgenes del carril de la vieja Casa de las Ánimas, todavía hoy se pueden ver oscuros mochones de almendros y viejas higueras con el tronco seco que resisten como pueden el paso implacable de las estaciones. Y lejos, en los bordes del horizonte, casi azules emergen algunas montañas, como la Sierra Pelá o el pico enhiesto del Almorchón.

El Ramel siempre han dicho que era tierra de nadie. En el Ramel, en otro tiempo, sesteaban los ganados en verano durante las horas de bochorno y anidaban sus polladas las perdices entre la maleza. Y allí fue también donde a finales de los años cincuenta, según parece, tuvo lugar el extraño suceso de un joven piloto que, al atardecer de un día de tormenta, se salvó saltando en paracaídas de su avión en llamas; hecho éste, sin embargo, jamás publicado en la prensa de la provincia ni reconocido o aclarado por parte de las autoridades responsables, quienes aún en la actualidad han negado cualquier información al respecto e impedido toda consulta en sus archivos. De tal manera que no podemos tener la certeza absoluta de si esto llegó a ocurrir o no en realidad, pero que yo, casi siempre con humilde vocación de oyente de la vida, ni confirmo ni me atrevo a poner en duda cuando Perico de las Ánimas, nonagenario recién estrenado y con el billete de vuelta de este barrio presto siempre en la mano, me lo refiere en voz baja, como se cuentan los secretos y las confidencias amistosas, sentado en una bancada de piedra de la Plaza Mayor y con la vista prendida del recuerdo.

De manera que, picado de la curiosidad y pasmado por la evidencia de su relato lúcido, que Perico conserva grabado en su mente como si todo hubiera ocurrido ayer, casi me emociona el adivinar quién fue aquel muchacho alto y rubio de ojos azules, aquel piloto al que Perico y la Eusebia ayudaron a desenredar las cintas de seda del paracaídas, subieron después a la burra aparejada con el serón, pues se había torcido un tobillo y no podía caminar bien, y cuidaron de él aquella noche dándole de cenar lo mejor que tenían, a la luz de un candil de aceite en la Casa de las Ánimas y ante la presencia expectante de los cuatro zagales pequeños. Pero cuando ahora voy a desvelar de quién se trataba, el anciano hace un gesto repentino y, con su dedo índice de sarmiento, amarilloso de nicotina del cigarro, me indica sellar los labios; así que le miro, obedezco y guardo silencio.

¡Eso no se pue decí!, me advierte él con urgencia. Aunque según pienso, de aquello hace la friolera de cuarenta y siete o cuarenta y ocho años, por lo que ya debería estar desclasificado cualquier secreto militar o civil, si es que lo ha habido alguna vez.

Entonces Perico de las Ánimas se va de una cosa a otra en la conversación, y se vicia en contarme una vez más algunas peripecias aisladas de su vida, algunos episodios que yo ya me sé de memoria y que él me repite día tras día emocionado, como si siempre me los refiriese por primera vez; con los cuales, mal que bien, voy organizando poco a poco el puzle de sus recuerdos.
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(Continúa)
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9/5/07

El Huerto

Portada de La Puente, nº 5, donde publica su relato "El Huerto".
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Si alguna vez existió el Edén en la Tierra –llegaría a pensar bastantes años después el Lazarico a la luz de los recuerdos puros de la infancia–, habría de tener cierto parecido con el huerto que cuidaba entonces su abuelo bajo el terraplén de la Muralla Vieja, desde lo alto de la cual algunos chitos ociosos se divertían a veces lanzando chinas y burlas.

Aquella pequeña huerta, propiedad de una señorita que vivía en Madrid –no más de dos tahúllas de tierra, ocupando un fértil triángulo entre el río y la Acequia Larga, la cual, llena de inmundicias, rodeaba los barrios pobres del pueblo–, tenía su entrada por una verja de alambres enrobinados, cuya puerta metálica, al abrirse y cerrarse, chirriaba como un animal herido. Luego, una vez dentro, curveando por un senderillo estrecho, flanqueado de celindas, árboles frutales, naranjos mandarinos y lirios blancos y morados, se llegaba hasta una barraca de cañas, con la cubierta a dos aguas hecha de mantos de centeno, donde el abuelo guardaba las herramientas y cachivaches para el cultivo de la tierra.

A él casi siempre le gustaba ir al huerto con la burra Mora, negra como su nombre. Entonces la aparejaba hablándole en la cuadrica, donde también tenía sueltos los conejos y las gallinas. Le ponía sobre el lomo el ropón y la albarda, sujetos con la cincha, y luego, por el pasillo de cemento, lleno de círculos grabados en su día con la boca de un bote, que iba desde la puerta del corral hasta la de la calle, la sacaba despacio y cogida del ramal a través de la casa. Después, mientras le echaba encima el serón de pleita recia y metía dentro de éste algunos apichusques para la faena, la ataba en la anilla de hierro que había en la fachada de su casica techera de la calle Calderón de la Barca, morada de los abuelos hasta el fin de sus días. Otras veces el hombre, por librarla quizá de la tortura de los tábanos, la dejaba atada junto al pesebre con un garbillo de paja o un brazado de forraje para que estuviera rosigando, y, con su capaza frutera de palmito a la espalda, donde ponía algo de avío en una servilleta anudada por las cuatro esquinas, el abuelo se marchaba al huerto en compañía únicamente del Boy, su fiel perrico ratero, que corría como un demonio tras él a la pata coja.

Pero algunos días al abuelo se le ocurría llevarse con él al Lazarico.

–Nene, vente conmigo –le decía; y para engañufarlo–: ¡anda, que te via comprar un cucurucho de garbanzos torraos de ca la Chacha Isabel! (su hermana, que la pobre era analfabeta y tenía una tienda de ultramarinos en la calle Buen Suceso, y anotaba el fiado de la parroquia en pliegos de papel de estraza, haciendo redondeles para los duros y palotes para las pesetas).

Entonces la abuela, un tanto nerviosa, le pedía que llevase cuidado al pasar la Gran Vía, que era la carretera general de Madrid a Cartagena que cruzaba entonces el pueblo por mitad de los barrios del ensanche, y a través de la cual circulaba toda clase de vehículos a gran velocidad.

–No t’encargo más que tengas muncho cudiaico con el crío –decía ella preocupada desde el quicio de la puerta–. Y procura que no s’arrime a la cieca. ¿M’has oído bien? –le advertía finalmente elevando un poco la voz, pues a él, con la edad, se le iba endureciendo el oído.

La abuela no solía ir al huerto a menudo, salvo para cortar las varicas de San José, coger violetas o echar luego una mano en la recolecta de la fruta, pues nadie se daba tanta maña como ella en lo de forrar los envases con papel de seda, apañar las caras o hacer los colmos en los columpios o banastos que mandaban a Madrid, que los sabía rematar en forma de pirámide, acabados con una sola pieza.

La abuela, no obstante, conforme le apretaban los años podía andar menos la pobre, pues los dedos de los pies se le habían engurruñado del tanto caminar en su vida, siempre mal calzada, de día y de noche por senderos y caminos; de andar llevando a la cabeza durante kilómetros las arrobas de lías para entregarlas en la fábrica del Precioso, o en la del Gallego, o en la de Zafra, o en la del Nene Guirao; de regresar a casa después con los haces de esparto picado a las costillas; o de tener que desplazarse hasta los pueblos limítrofes durante los tiempos duros del estraperlo, cuando el dinero llegó a no tener ningún valor y hubo que echar mano del trueque, como en la génesis del comercio. (No servía ningún dinero: ni el republicano ni el nacionalista, ni el de Negrín ni el de Franco, y aunque la gente sacaba las viejas monedas de plata de los últimos reinados, como los “Amadeos”, que entraban cuarenta piezas en un kilo, sólo se igualaba con el valor del oro cualquier cosa que sirviera para comer, pues los artesanos, los jornaleros y los braceros en general necesitaban aplacar sus estómagos antes que remediar sus carteras).

La abuela, por tanto, en los años desgraciados de la posguerra, durante los cuales algunos desaprensivos amasaron fortunas con el mercado negro de los alimentos básicos, cargada con pastillas de jabón, que ella misma hacía aprovechando las heces de la almazara y los posos arranciados de las zafras, viajaba de matute a otros lugares para conseguir un puñado de arroz, harina, garbanzos, lentejas u otros alimentos con los que defender a sus hijos del cerco del hambre.


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(Continúa)
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LOS DIEZ ARTÍCULOS MÁS LEÍDOS EN LOS ÚLTIMOS TREINTA DÍAS

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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"