INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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28/7/17

El invento del espray

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El río Deva a su paso por Potes
Habíamos hablado la semana pasada de la “Cueva del Castillo”, allá en el minúsculo pueblecito de Puente Viesgo (Cantabria), en cuyo interior hay pintadas multitud de manos en negativo y cuya técnica utilizada para ello, sorprendentemente, no fue otra que la del “espray”. También les apunté algo sobre los “homo sapiens” (que somos nosotros) y nuestros primos hermanos los “neandertales”, que al parecer, más brutos que un arao los pobres, se extinguieron hace unos cuarenta mil años de la faz de la Tierra; de ello hablaremos un poco más en este o en el siguiente artículo.

Si van ustedes a visitar dicha cueva, llévense abrigo, pues dentro hacen tan solo 12 grados, con una humedad que se mete en los huesos. Años atrás, la entrada era gratis, a todas las cuevas de Cantabria (creo que gobernaba entonces Hormaechea, que tenía tanto tirón popular o más que el Revilla); ahora hay que pagar, pero merece la pena porque los guías, arqueólogos que saben un montón sobre el tema, son buenísimos dando explicaciones. La más sorprendente es que los “artistas” del paleolítico no se adentraban en la cueva con la idea en la cabeza de plasmar la figura de un determinado animal, no, sino que se cree que una vez en su interior, ellos “veían” el animal en la roca y lo pintaban. ¿Cómo puede ser esto? Ahora veremos.

La tarde en que fuimos esta última vez a Puente Viesgo, hacía una agradable temperatura y un grupo de ancianos paseaba a gusto por una zona peatonal que hay entre el ayuntamiento (un precioso edificio de piedra dentro de un parque ajardinado) y la residencia geriátrica que está justo enfrente del fabuloso hotel balneario, enclavada en un recinto con parterres de arbolado, césped natural y hortensias en flor. Luego buscamos una tienda para comprar unos “sobaos pasiegos” (todos los productos que se elaboran en el valle del río Pas suelen llevar esta denominación, y, por excelencia los riquísimo sobaos). A la cueva bien podíamos haber subido caminando (se halla cosa de un kilómetro y algo), mas optamos por acudir con el coche por no perder tiempo. Los aparcamientos los han retirado un poco en aras de mejorar el entorno donde se hallan las cavernas, de las cuales, la joya de la corona es la mencionada “Cueva del Castillo”.

Al principio nos dijeron que el cupo estaba completo para varios días. No había nada que hacer; media vuelta. Pero quiso la casualidad que alguien en aquel momento cancelara dos entradas para ya; de modo que no nos dio tiempo de volver al coche a buscar algo de abrigo y tuvimos que aguantar el helor de frigorífico de aquel lugar mágico. Esa precisamente es la causa por la que las familias primitivas no vivían dentro de las cuevas, sino en la puerta de éstas, donde tenían luz natural y mejor temperatura que adentro. De tal manera que excavando el suelo en estos lugares, los arqueólogos encuentran infinidad de materiales para el estudio de cómo vivían y quiénes eran aquellas personas. En la puerta de la Cueva del Castillo empezaron a excavar hace más de un siglo y aún continúan. Y uno de los paladines que contribuyó económicamente para tal fin no fue otro que el príncipe Alberto I de Mónaco.

La guía, que se llamaba Susana, explicó antes que nada cómo se alumbraban los autores de las pinturas cuando entraban a la cueva: lo hacían quemando tuétano de los huesos. Habían inventado una especie de candil con este combustible perfecto, que da una luz centelleante y no deja humo. Y ese tenue centelleo luminoso en la oscuridad densa de la caverna hacía que, dejando volar la imaginación (como cuando nos quedamos mirando las nubes y vemos en ellas figuras), los artistas llegaran a “ver” representados ante sus ojos los animales, y entonces los pintaban. (Si hacemos la prueba de esto con las mismas condiciones lumínicas, efectivamente, vemos figuras, aunque no de bisontes, sino de vírgenes, de reyes magos o de vaya usted a saber). Pero las manos son otra cosa.

Ignoramos si ellos tenían noción de que muchos miles de años después, otros seres humanos vendríamos a observar y estudiar estas “huellas negativas” de sus manos; a mí me impresionan. Y una de las cosas que te deja boquiabierto es cuando te dicen que ellos habían inventado ya el aerosol como técnica de proyectar la pintura. Yo he comprobado esto con dos pajitas sobre la mano abierta de mi nieta Paula, ¡y funciona! Ellos lo hacían de la siguiente manera: en un cuenquecillo disponían la pintura (normalmente se trataba de óxidos machacados de la naturaleza, en polvo o líquido); entonces tomaban dos huesecicos de ave, que son huecos; colocaban un hueso (vertical) metido en la pintura y, a través el otro, haciéndolo coincidir con el extremo de arriba del primero, soplaban fuerte apuntando a la mano colocada en la roca húmeda de la cueva. Es una ley física del universo, que funcionaba hace cuarenta mil años y funcionó el otro día con mi nieta: la pintura, en líquido o en polvo, sale proyectada en finísimas partículas (esto es el espray). Luego retiraban la mano y ahí quedaba la huella negativa. ¡Fabuloso!
(Continuará)

(Publicado en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA"

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Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"