INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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2/2/15

El sol de enero

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Entrada a la finca de Las Maridías
Como es una delicia tomar el solecillo tibio de invierno, el otro día me fui con mi padre al campo para respirar el aire limpio y contemplar horizontes abiertos. Él iba recordando a cada paso imágenes y vivencias de muchas décadas atrás; advertía aquí y allá los cambios de las cosas y echaba de menos lugares transformados o construcciones ya desaparecidas. (Qué somos las personas, sino cajas que se van llenando de recuerdos a lo largo de la vida, pensé. Al final tenemos la cabeza tan repleta de recuerdos, que las nuevas experiencias vitales no calan al interior de la memoria y ocurre que nos acordamos perfectamente de los nombres de todos los compañeros de escuela de hace cuarenta años, pero se nos ha olvidado el de alguien que conocimos ayer).

Llegados al empalme de la carretera del Pantano de Alfonso XIII, en las Lomas, donde hay unos olmos viejos que los talaron malamente y parece que ya no van a echar luz, mi padre hizo mención sobre una de las balsas de cocer esparto que ya no existen: la “Balsa Reonda”. Es una pena que no hayan unas ordenanzas municipales de protección de nuestra memoria histórica (incluidos vestigios materiales y acervo inmaterial) para evitar que poco a poco se vaya borrando el testimonio de lo que ha sido nuestro pueblo en el pasado reciente, con su potente industria espartera, sus fábricas de mazos de picar esparto, sus carreras de hilaores y sus numerosas balsas de cocer esparto.

 “Con catorce años, me madó mi padre un día a sacar bultos de esparto de la Balsa Reonda...”, me dijo el mío.

 El sacar bultos de esparto cocido de una balsa era uno de los trabajos más penosos de toda la cadena industrial de la espartería. Las manadas que habían hecho los arrancaores en el monte y habían transportado a la espalda hasta el lugar de la romana, una vez secas al sol en las tendías, se ataban en bultos y estos se metían a la balsa. En ella se hacinaba el esparto hasta el borde y se colocaban piedras encima para contrarrestar el principio de Arquímedes al llenar la balsa de agua. Ahí se dejaba el esparto durante 30 o 40 días. Al cabo de ese tiempo se vaciaba la balsa (algún balsero pereció axfisiado en el momento de abrir el tapón y respirar los gases nocivos). Y entonces había que sacar a cuestas los bultos de esparto, chorreando el agua putrefacta, cuyo hedor se metía en los poros de la piel y no se podía quitar luego ni frotándose con piedra pómez.

“Mi padre, previsor, me había hecho un recinchico de esparto picao con un gancho en la punta para cargarme con más facilidad...”, me explicó a mí recordando los detalles.

Más adelante nos detuvimos en las viejas Casas del Ginete, ahora deshabitadas, aunque mi padre sabe quiénes vivían en cada una de ellas y estuvo mencionando la buena armonía de aquella vecindad, cuando compartían los espacios comunes: los hornos de cocer el pan, los ejidos para los animales, la era para trillar la mies... Y estuvimos contemplando la casa donde vivió mi madre cuando era niña, cuya estructura externa apenas ha variado, con su fachada austera de muros gruesos que no se podrían derribar ni a cañonazos. De allí hubo de salir mi familia materna después de la Guerra, por imperativo de la nueva justicia del lado de los señoritos dueños de las tierras. Y de allí, mi madre, con 12 años de edad, fue arrancada de una escuela rural para pobres que había junto a la Ramblilla, donde enseñaba un humilde maestro que llegaba todos los días en bicicleta desde Abarán, y enviada a “servir” en una casona de ricos.

 Finalmente tomamos el camino que sube a Las Maridías. Ahora está asfaltado, no como en los tiempos de mi abuelo Carrillo, que era un polvorieto carril de carros junto a la Quebrada, donde él cuidaba con esmero unas oliveras, hoy comidas por carrizales y ontinas. Además, desde unos años acá, han ido construyendo casas en la zona, pues lo que antes eran secanos labrados con yuntas de mulas, ahora son bancales de regadíos plantados de frutales con goteros.

 Con la protección del cerro enigmático de las Beatas y junto a la raya del monte, se halla la Casa de las Maridías, a donde llegamos. La estampa de sus palmeras centenarias, la vieja balsica de riego con su manantial y la zona ajardinada y bien cuidada por sus dueños actuales, los Baldrich, trajo a mi padre viejos recuerdos de otro tiempo, cuando él trabajaba en aquellos aledaños para poner en marcha una plantación de almendros en las tierras de Livanio, y cogíamos oliva durante los días crudos de invierno, en que la escarcha se mantenía intacta bajo los ribazos del olivar umbrío.
©Joaquín Gómez Carrillo
(Publicado el 31/01/2015 en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA")

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Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"