INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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28/10/16

Las luces del anochecer

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Plaza de armas del Palacio Real de Madrid, con la catedral de la Almudena
Nos quedamos en el artículo anterior en que, yendo con otros compañeros de la OJE camino de Santander, allá por el 1972, se me había escapado el tren en la estación de Los Llanos, Albacete. Desde luego, si me hubieran pinchado en aquel momento no me habría salido ni una gota de sangre. Pero mantuve la calma: una actitud innata que quizá aún no me había descubierto yo mismo en situaciones apuradas. En lo único que no estuve acertado, desconociendo todavía el sabio consejo de Sancho Panza, “los duelos con pan son menos”, fue en arrojar a una papelera el bocadillo de jamón que iba a zamparme.

Por unos instantes hallé la estación como un páramo desolado, inhóspito, y sentí la tortura de los treinta y nueve grados a la sombra que hacían a esas horas del medio día en la capital manchega. Al primer hombre con mono azul que vi por el andén empujando un carrito le pregunté por el jefe de estación, y el hombre me señaló con la mano una de las puertas más allá del reloj de tres esferas que sobresalía de la fachada.

El jefe de estación tenía sobre su mesa la gorra de ferroviario azul y roja (el personal de RENFE era entonces militarizable), el banderín para dar la salida a los trenes y el silbato. Este escuchó con empatía mi problema, luego me hizo varias preguntas a las que le respondí lo mejor que supe: no llevaba encima billete ni documentación ni dinero. Una situación complicada. No obstante el hombre, a falta de comprobación de la veracidad de mis palabras, me pidió que esperase fuera (no había aire acondicionado; igual daba el sopor del despacho que la asfixia del andén). Así que me senté en un banco de madera bajo el reloj que marcaba a un tiempo tres veces la hora: al frente y a ambos lados, y me dispuse a esperar. (No había leído todavía el “Siddhartha”, de Hermann Hesse, pero aquella era una de esas situaciones en que lo más importante es saber esperar).

Pasaban largos trenes de mercancías, o de cisternas como huevos de serpiente, que transportaban crudo de Escombreras a Puerto Llano, y, a pesar de que un sol de hierro candente se hallaba colgado sobre el cielo de La Mancha y el aire vibraba dibujando a lo lejos espejismos sobre las vías, algunas personas arrastraban de aquí para allá sus bártulos como si tuvieran una necesidad genética de viajar y moverse por el mundo: reminiscencia quizá del nomadismo primitivo de la humanidad.

Un mozo de estación me indicó que pasara. Cuando entré de nuevo, el jefe de estación me dijo que había telefoneado a la Roda y que la Guardia Civil había comprobado la documentación y el billete en mi mochila y que los compañeros habían dado pelos y señales de mi persona y confirmado el suceso. Así que me entregó una cuartilla firmada y rubricada con el cuño de la RENFE, en la que había escrito con su Hispano Olivetti la siguiente misiva:

Ruego a Vd. permita al portador de la presente, D. Fulanico de Tal, viajar en su unidad hasta la Estación Madrid-Atocha, por haber perdido en ésta de Los Llanos la unidad de origen, en la cual se halla su documentación y equipaje, punto que he verificado. Que Dios guarde a Vd. muchos años”.

Entonces salió a la puerta y me señaló con el dedo el andén donde a las 16’30 se detendría un tren expreso procedente de Alicante, en el que debía subir y mostrar el papel al revisor.

Doblé aquel oficio y me lo guardé como oro en paño en el bolsillo de mi camisa azul en el que llevaba bordada la cruz de Jerusalén de la OJE, y volví a sentarme a esperar. Una locomotora con el número 318 en grande, de 109 toneladas, maniobraba a corta distancia y producía un temblor insidioso que se metía bajo los cimientos de la estación y luego, como rebotado del mismo magma fundido de la Tierra, ascendía a través de las suelas de mis zapatos náuticos del uniforme hasta meterse cual un seísmo en las frágiles cavidades de mi esqueleto.

Cuando el revisor al fin, con su herramienta de picar billetes en la mano, leyó el papel que le mostré, mirándome por encima de las gafas, advirtió: “Esto solo le permite llegar a Madrid.” No había más que hablar. Y comencé a sentir una soledad desconocida por mí hasta entonces: la de viajar solo en un tren repleto de gente sin saber qué habría de hallar en el final del camino (‘quizá los compañeros hayan tenido que tomar el expreso del norte sin más remedio…’, pensaba yo, pues iba a llegar a Atocha cuatro horas después que ellos).

Aferrado a la ventanilla contemplaba la postura del sol como si, lentamente, fuera cayendo el telón de un acto en una tragedia griega. Habíamos superado Alcázar de San Juan, donde cambiaron la locomotora diesel por una eléctrica y los altavoces de las estaciones ya lo anunciaban con la palabra “electrotrén”. Luego, conforme la noche borraba el horizonte, empezaban a aparecer miles de luces que me desorientaba y me hacían confundir los puntos cardinales de la Tierra. El tren parecía haber cambiado de dirección y galopar hacia el Oeste, pues Madrid nunca llegaba.
(Continuará)

(Publicado en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA"

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Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"