INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Tiene publicados cuentos, poesías y relatos, en revistas literarias, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda". Es coautor en los libros "El hilo invisible" y "El Melocotón en la Historia de Cieza". Participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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5/2/20

Territorio canino

 .
Pareja de patos en las aguas del Segura a su paso por Cieza (fotografía realizada por Francisco Rodríguez Hortelano)
El otro día vengo andando por la acera en dirección a mi casa y veo a un señor joven, llevando sujeto por la correa un can. El animal es gordo, un macho cipotudo con una vejiga al parecer inagotable, que se afana en marcar su territorio. Es el instinto de todos los perros. El hombre, que también es un tanto gordo y cachazudo, se va deteniendo cada pocos metros y deja que su «mejor amigo» rocíe con su asquerosa micción determinados puntos de las fachadas de los edificios (esos puntos, ni que decir tiene, ya han adquirido una coloración negruzca y un aspecto bastante insalubre a causa de las repetidas meadas de los canes del barrio). El fulano (entiéndase la palabra «fulano», lisa y llanamente, como sustituto de un nombre que no se sabe o no se quiere expresar; nada peyorativo, ¡vaya!), volcado en complacer a su mascota, observa atento el chorrito de meados que el animal, con su levantamiento de pata, proyecta en la fachada de los vecinos (estoy seguro, ¡pongo mi mano en el fuego!, que este señor no le ha permitido a su amado perro mear en puerta propia). Entonces llego a mi portal, me paro a buscar la llave y observo por el rabillo del ojo que, perro y «perrero», se acercan ya a mi fachada (el hombre no tiene prisa y el chucho, más que vejiga, posee un manantial sin fin por meadera. Viendo el percal, le llamo la atención: «¡En mi puerta que no se mee el perro, eh!» —le advierto con sentido común, y con el derecho a preservar mi propiedad privada. El fulano me mira con sorpresa y desagrado (quizá le parezco un tipo extraño, no sé, alguien capaz de atentar contra la actividad meona de su perro); entonces farfulla algo ininteligible con la cabeza gacha y sigue enfrascado en otorgar permisividad a su can en perjuicio flagrante de las personas. A mí, como me da vergüenza el tener que censurar la poca ídem del prójimo, desisto de esperarme en mi poyo para comprobar si, hombre y perro, respetan por una puñetera vez la casa ajena.

Mi amigo A. tiene un «perro-borrega». Es un animal hermoso, cuyo lomo, blanco y atocinado de gordo, es «pleno como un muslo de dama» (eso lo dijo Juan Ramón Jiménez en su libro «Platero y yo» explicándole al burro una foto de «Lord», «…el perrito foxterrier que llegó a Sevilla cuando él estaba allí pintando»). A mí me encanta ponerle la mano encima, y el perro, manso, vuelve la cabeza y me mira sin zalemas. Mi amigo, cuando transita por la acera para llevar su can a que se desahogue en el campo, no deja que este se acerque a la pared a olisquear las marcas de otros. El perro ya está acostumbrado y no tira de la correa para desviarse de su camino. Únicamente se vuelve loco viendo jugar a la pelota; ¡es un forofo del fútbol! Mi amigo lo deja a veces largo rato contemplando un partido. Y, si yo paso y le pongo la mano sobre su lomo, el animalico vuelve su cabeza y me echa una mirada extraña, como diciendo: «No me molestes ahora, que estoy ocupado». Yo creo que el «perro-borrega» de mi amigo, a fuerza de observación, tiene aprendidas las reglas del fútbol y sabe cuándo es gol, cuándo fuera de juego o cuándo ha sido penalti. Y también sabe que levantar la pata en el quicio de una puerta es de mala educación, pues los animales son capaces de asumir muchas veces las conductas de los dueños; y si el amo o el ama tienen mala uva, el perro sale con malas pulgas; pero si son respetuosos, también el animal se comporta de forma noble.

Hace tiempo, salía de mi trabajo a las tres de la tarde y, al volver la esquina de la iglesia, un chico, por la calle San Pedro, traía atado con una cuerda un bóxer, o como se llame esa raza de perros que tienen más boca que cuerpo. Al verme el chucho se puso hecho una furia y se lanzó para mí. El fulano (valga aquí también la explicación anterior), en lugar de sujetarlo fuerte, lo dejaba arrimarse cada vez más, hasta el punto se sentir en mi cara las babas de sus ladridos. «¡Hombre, sujeta el perro y no me lo eches encima!» —le dije. Y él, que parecía no tener muy buena índole, respondió: «Es que sabe que no te gusta». Claro, ¿cómo me va a gustar un bicho que es mitad perro y mitad cocodrilo, y con un mal genio que se lo pisa…?

Muchos años atrás, fui a trabajar a una casa en el campo de Abarán. Allí tenían un pastor alemán (una raza canina que puede resultar feroz). Como yo lo sabía, antes de bajarme del coche le estuve voceando a la mujer para que atase el perro. La mujer dijo que «no hacía na» (los perros, según sus dueños, no hacen nunca na) y que ya lo había sujetado su nene. El nene resultó no levantar más de cuatro palmos del suelo, y el animal se le escapó y se me vino encima como una exhalación. Me mordió (sin entrar en detalles dónde). Luego de lavarme las heridas con jabón (la pobre mujer llenó una zafa de agua y me hizo pasar a una habitación), tuve que ir al cuartelillo de la Benemérita a poner la denuncia para que el veterinario tuviera al perro en cuarentena. Ella y el marido, más humildes que las piedras, no sabían cómo hacer para resarcirme de mi mala fortuna.

La otra mañana, por la orilla del río iba una chica con dos perros sueltos. En el río, a veces, tenemos la suerte de ver una parejica de patos, muy bonicos. Ese día, los ánades se hallaban pacíficamente declarándose su amor (hay muchos tipos de aves que se emparejan de por vida y solo tienen ojos para otro individuo cuando se les muere su consorte). Los perros sueltos, como es natural e instintivo, se fueron disparados hacia los patos, y estos, amedrentados, tuvieron que largarse río abajo (después no los he visto). Le dije entonces desde la otra orilla: «¡Tienes que sujetar los perros!». Ella respondió: «¡Por Dios bendito, que no les van a hacer na a los patos…!».
©Joaquín Gómez Carrillo

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Cuentos del Rincón

Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"