INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Tiene publicados cuentos, poesías y relatos, en revistas literarias, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda". Es coautor en los libros "El hilo invisible" y "El Melocotón en la Historia de Cieza". Participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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5/11/19

Agricultura y Mar Menor

 .
Playa del Mar Menor y Patrulla Águila (fotografía de Fernando Galindo)
Tierra adentro parece que no nos importara mucho el Mar Menor. Solo que es una cosa que siempre ha estado ahí para ir a bañarnos en sus aguas tibias, lisas y plagadas de medusas (los cartageneros incluso tienen un tren para desplazarse a las playas marmenorenses que llega hasta la pedanía de Los Nietos). No obstante, a los de tierra adentro nos suenan muy familiares sus acogedoras playas, como la del «Mar de Cristal», la de «Santiago de la Ribera» o la de «Lo Pagán». Muchos ciezanos también tenemos entrañables recuerdos de aquellos viajes veraniegos, en familia, que hacíamos los domingos a las playicas del Mar Menor, que entonces había que subir el Puerto de la Cadena por la antigua carretera nacional, con aquellos coches sin aire acondicionado (yo tenía un R-5), en los que íbamos como sardinas en lata, ¡y cabía todo, hasta el canario!

Pero ahora el «mare nostrum» de los murcianos, nuestro Mar Menor, «buque insignia, junto con La Manga, del turismo de sol y playa en la Región, se muere. Si dios no lo remedia, lleva camino de convertirse en un «mar muerto». Y entonces ya no hará falta viajar hasta Israel, porque tendremos aquí mismo un Mar Menor «Muerto»; y los turistas quizá vengan también a contemplar la tristeza de nuestro «Chernobyl particular», fruto de la desidia y la indolencia humanas. Y a lo mejor hasta pagan por hacerse una foto con la laguna de fondo, porque lo que es bañarse, puede que les dé un poco repelús y prefieran hacerlo más bien en Palomares, donde lo hizo Fraga Iribarne para demostrar a los escépticos que contra un gallego no puede el uranio ni el plutonio de las bombas atómicas que «tiraban» los fanfarrones yanquis. Y a lo mejor —del negro futuro del Mar Menor hablo— surge también alguna leyenda, como en el Lago Ness, y los turistas se adentran en sus «ya tenebrosas» aguas para comprobar la existencia de seres marinos deformes y adaptados a la fuerte contaminación. Tiempo al tiempo...

Ahora los políticos, y a la vista de la terrible mortandad de peces en el Mar Menor, empiezan a echarse la culpa los unos a los otros. (Porque la culpa, en modo alguno «fue del Cha-cha-chá».) Y los políticos, en su afán de sacar votos hasta de las piedras, de pronto, como si despertaran de un letargo invernal, comienzan a darse cuenta de que algo no se hizo bien. ¡Claro que no se hizo bien! Pero «doctores tiene la Iglesia», y, en el organigrama del gobierno autonómico, existe incluso una «Dirección General del Mar Menor», donde hay unos cargos de confianza (nombrados legalmente a dedo) que cobran suculentos sueldos. ¿Para qué? Además, en sus equipos y áreas técnicas de la Administración (tanto autonómica, como estatal) existen, seguro, unos técnicos sobradamente competentes que deben de haber informado sobre el cariz que venía tomando el asunto. Pero ¿qué pasa? Que muchas veces, si políticamente no interesa actuar (siempre pensando en los votos), se pasan por alto los informes de los técnicos y se echan al cajón del olvido. ¡Ay!

Pero en seguida han encontrado el «chivo expiatorio»: la agricultura, los cultivos en sus riberas, o al menos en la cuenca de este pequeño mar. ¡Ya está, los agricultores tienen la culpa! Ahora dicen por los medios que habrá que volver a las tierras de secano o practicar la agricultura ecológica. Desde luego, habrá que tomar severas medidas, y no solo en relación con la agricultura, pues supongo que existirán otras fuentes de contaminación.

Dicen que el problema más acuciante es la nitrogenación del agua del Mar Menor; nitrógeno que procede de los cultivos intensivos de los terrenos cercanos al litoral. ¿Y por qué hay tal saturación de nitrógeno en las tierras agrícolas explotadas, que con las fuertes lluvias de la última DANA ha llegado hasta la laguna? Muy sencillo, porque los agricultores echan a la tierra nitrógeno por un tubo. ¿Y eso? Eso es por varias razones: la primera es que un agricultor tiene que ganar dinero; no se le puede pedir que se deslome a trabajar para sacar una miseria. La sociedad de hoy en día adora el capitalismo (¿o es que los políticos no buscan el chollico de trincar buenos sueldos?), y progresar se entiende por adquirir bienes de consumo o de ocio y gozar de calidad de vida, para lo cual hace falta dinero; y esto se consigue con la agricultura intensiva, si no, no se puede vivir de la tierra, salvo que se tengan otros ingresos y la agricultura se practique por hobby. Otra segunda y poderosa razón son los mercados. Los productos agrícolas tienen que ser del gusto de los mercados, y estos están muy mal «acostumbrados»; al consumidor en general no le importa la cantidad de química y de fitosanitarios que lleve un tomate o una lechuga: lo quiere ver limpio, hermoso, reluciente y bien presentado. Si el agricultor no consigue superar estas exigencias de los mercados, no tiene nada que hacer. ¡Ni se imaginan ustedes lo que lleva metido un melocotón para poder llegar a una bandeja de una frutería! Pues bien, entre otras mil cosas, a la tierra le suelen echar abonos nitrogenados, a veces más de lo necesario. Es lo que hay.

¿Compatibilidad entre el Mar Menor y la agricultura que nos da de comer? Tiene que haberla. Hay que buscar un equilibrio y un respeto por el medio ambiente, sin dejar «tirado» al agricultor. Y, sobre todo, hay que educar a los consumidores para que valoren el tomate un poco chuchurrío, el melocotón rodrejo o la lechuga con alguna oruguita o algún piojillo, porque es la garantía de que se han obtenido sin maltratar la naturaleza.
©Joaquín Gómez Carrillo

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Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"