Han llegado los fríos |
Les cuento. Esta semana tenía pensados algunos asuntos sobre los que hablarles aquí en El Pico de la Atalaya, como por ejemplo, y al hilo de la violencia machista que no cesa, cuya campaña de sensibilización para luchar contra ella ha estado presente estos días atrás, tocar el tema, casi tabú por lo que tiene de vergüenza y de deshonra, de “la otra violencia”, de la que jamás ofrecen cifras en los noticieros ni se dan por enterados de su gravedad muchos dirigentes: los suicidios; más de tres mil personas al año en nuestro país se quitan la vida voluntariamente (¡hay tantas o más muertes por suicidios que por accidentes de tráfico, que ya es decir!), teniendo en cuenta que la gran mayoría de los suicidios son llevados a cabo por hombres y, según los expertos, al menos una tercera parte de ellos tendría su causa en los fracasos sentimentales, lo cual, si se analiza, puede arrojar algo de luz sobre las raíces profundas, y acaso comunes, de ambas lacras sociales: la violencia contra la mujer y la violencia contra sí mismo, o contra sí misma, pues está claro que los males se deben atacar de raíz o no hay nada que hacer, y a las pruebas me remito.
Otro asunto que llevaba en la cabeza para comentarles aquí es el de que mientras los gobernantes nuestros recortan derechos sociales a las personas que más los necesitan, reducen salarios mileuristas a los trabajadores, congelan pensiones a los jubilados y eliminan subvenciones a entidades de utilidad pública, sacando la bandera amarilla de la crisis, cual si de una “peste” moderna se tratara, para cuya erradicación no se debe parar en sacrificios, mientras esto ocurre, digo, las administraciones públicas, en general, continúan siendo bastante “manirrotas” en el manejo de los caudales públicos de nuestros impuestos y nuestros apretones de cinturón, y no me estoy refiriendo a los desmesurados sueldos de cargos de confianza que ostentan puestos casi vacíos de tareas y cometido, sino a otros agujeros que el ciudadano ni siquiera es consciente, ni se entera, ni tiene idea de que existen, normalmente por un torpe funcionamiento de los anquilosados engranajes político-administrativos.
Pero en lugar de extenderme en asuntos tan serios y enojosos que nos ponen con dolor de cabeza, mejor les hablo de la felicidad.
Resulta que hoy, de camino al trabajo, hacía para mí una reflexión sobre las causas de la felicidad humana (bueno, yo creo que no existe, o no se conoce, otra felicidad en este mundo que la que pueden sentir, a veces, los seres humanos). Y la cosa es porque esta mañana he visto por la calle a un amigo pletórico de contento, eufórico, nadando en felicidad (mi abuela era muy gráfica y para señalar que alguien se hallaba en ese maravilloso estado decía: “¡está, que no le cabe un perdigón por el culo!”) ¿La causa? Los cinco goles que le metió el lunes por la noche el Barcelona al Real Madrid.
Yo entonces he dicho para mis adentros: fíjate, Joaquín, con qué poco una persona puede alcanzar la felicidad, el nirvana, el éxtasis, el gozo supremo; fíjate que este muchacho, con su mano abierta mostrando exultante sus cinco dedos (“¡cinco!, ¡cinco!” –exclamaba, haciendo suya la victoria), no está ahora mismo pegando botes de alegría porque tiene unos hijos maravillosos y una buena esposa, ni está que se sale de contento porque él y los suyos poseen salud y bienestar, ni porque tiene un buen sueldo seguro, un estatus social excelente y un reconocimiento afectivo envidiable por parte de amigos y compañeros de trabajo, no; este hombre, me decía yo, está ahora mismo, “que no le cabe un perdigón por el mismísimo ojete” porque un equipo futbolero de Barcelona, con el cual él se identifica y se apasiona (yo eso no lo puedo entender, no me entra en la molondra, lo de identificarse con once tíos en calzones, pero sé que millones de personas en el mundo se identifican y se apasionan con ese equipo), ha obtenido un triunfo rotundo sobre otro equipo con el que también se identifican y se apasionan otros tantos millones de personas en el mundo. ¡Maravilloso!, desde el punto de vista de la psicología social.
De manera que dense ustedes cuenta de lo poco que a veces basta para hacer felices a los hombres. Lo malo es que al mismo tiempo, otros muchos apasionados del equipo contrario, se sentirían el lunes por la noche desgraciados, seres abatidos, cabizbajos, vencidos, como lo fue Don Quijote, precisamente allí (¡hay que fastidiarse!), en la playa de Barcinos, frente al mar.
.
.
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario