INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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10/7/10

Los Sonidos del silencio



         Les quiero hablar hoy de una cueva, de una gruta inmensa y mágica situada en el norte de España. El motivo es porque navegando a través de internet he visto que desde no hace mucho tiempo ésta se halla, en parte, acondicionada y abierta al público, de modo que cualquiera puede acceder a ella y sentir la emoción de un viaje al fondo de la tierra.

         Yo conozco esta hermosa cueva y les puedo asegurar que es de esos lugares que, cuando los visitas una vez, se te quedan ya para siempre en el corazón. Me estoy refiriendo a la Cullalvera, que se encuentra al lado mismo de Ramales de la Victoria, un pueblecito entrañable de Cantabria cuyo referente montañoso, al igual que para nosotros la Atalaya, es el Pico San Vicente, de casi mil metros de altitud.

         Mis primeros recuerdos de la Cullalvera datan del año 1972. Por entonces se llevaba a cabo todos los veranos en dicho pueblo el “Campamento Nacional de Espeleología”, que lo organizaba la OJE de León. Y como mi afición de entonces era subir montañas y bajar simas, pues allí que me fui durante un par de convocatorias. Aquello no era otra cosa que una perfecta escuela de espeleología, entre otras circunstancias, por el magnífico entorno natural (tengan ustedes en cuenta que Cantabria es como un enorme queso gruyere: toda llena de cuevas, y muchas de ellas con pinturas rupestres y restos arqueológicos, o sea, un paraíso para los espeleólogos).

         Por aquél entonces, la Cullalvera tendría explorados en torno a los seis kilómetros de galerías (en la actualidad supera los quince o dieciséis, después de haberse descubierto conexiones con otras cavidades subterráneas), no obstante, por sus características y dimensiones, era la principal cueva a estudiar por parte de los montañeros del Campamento.

Pero había además en los ramaliegos (los vecinos de Ramales) una especie de “aceptación cariñosa” de aquellas convocatorias anuales de chicos de todas partes de España; llevaban con cierto orgullo el hecho de que les visitáramos todos los veranos; bien es verdad que la organización, perfectamente jerarquizada, y los valores inculcados a todos los asistentes, dejaban muy alto el pabellón del Campamento (he tenido la ocasión de comprobarlo bastantes años después); al mismo tiempo, los ramaliegos sentían las cuevas como su mejor patrimonio, y en especial la Cullalvera, que era, por proximidad y por historia, la más conocida y valorada de todos.

         El Campamento se situaba en un prado cercano al río Gándara, junto a la presa de un molino. (El Gándara, pasado el pueblo de Ramales, confluye con el Asón, y las aguas de ambos van a desembocar en las marismas del fantástico Parque natural de Santoña). Cada grupo de espeleólogos con su monitor partía todas las mañanas a visitar y estudiar una caverna de los alrededores: Cueva Mur, Callejo Madero, Covalanas, Carcavón, Cueva del agua, Sima Laza..., y la más importante de todas: la Cullalvera. Esta última, como algunas otras por entonces, con el fin de preservar sus vestigios arqueológicos, se hallaba cerrada y había que pedir la llave al ayuntamiento.

         La Cullalvera, dejando atrás un sendero flanqueado de helechos y atravesando un prado moteado de frondosos árboles, aparecía en los lindes de un bosquecillo de encinas a las faldas del monte Pando. La boca de la cueva era descomunal (cerca de 30 metros de altura por 12 ó 14 de anchura, aunque en algunas salas y galerías del interior todavía alcanzaba mayores dimensiones), y, como era por el mes de julio, se agradecía la bienvenida que nos daba con su “aliento” fresco (sepan ustedes que las grandes cavidades subterráneas “respiran”, es decir, tienen circulación natural de aire: en verano el fresco sale por abajo y el cálido entra por arriba, mientras que en invierno es al revés).

En el interior, a poca distancia de su entrada había un muro de piedra de unos tres metros de altura con una puerta metálica para impedir el paso a los “pisacuevas”, gente sin respeto a la naturaleza, que en todas partes hay. Pero como por la cueva discurría un riachuelo, en la parte inferior del muro había un orificio enrejado para la salida del agua. Anecdóticamente, en 1976, tras un periodo intenso de lluvias, el río de la Cullalvera creció y, sin que nadie lo advirtiese, se taponó la salida del agua; el muro actuó como una presa y se formó un gran pantano en su interior. Luego, una noche silenciosa el muro cedió y los lugareños recordarían siempre como un hito la “riada de la Cullalvera”, que, entre otras cosas, dejó hecho un barranco el campo de fútbol de Ramales).

         El último día de campamento, como despedida, se organizaba una misa en la Cullalvera. Los espeleólogos (algo más de un centenar, que teníamos devoción por las cavernas) iluminábamos la entrada con nuestras lámparas de carburo y acudía la gente del pueblo vestida de domingo.

Adentro, como a unos 100 ó 150 metros, se oficiaba la ceremonia desde un altar natural de estalactitas y estalagmitas. Entonces, recuerdo, y recordaré siempre, un coro de guitarras y flautas entonaba los Sonidos del Silencio, de Simón y Garfunkel, y la Cullalvera, de manera sublime, se convertía en la mejor de las catedrales.


 .

5 comentarios:

  1. Ese par de convocatorias en Ramales ¿incluirian el año 1972?. Un saludo. J.Vicente - jvgonzal@uv.es

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  2. Anónimo24/6/12 1:12

    Yo estuve haciendo el curso de Especialista en Espeleología en Ramales en 1964. No he vuelto por esa localidad en todos estos años. Posiblemente este verano la visite.
    Aún recuerdo con nostalgia y emoción nuestras exploraciones en la Cullalvera, las pinturas de Covalanas, el laminador de Cueva Mur y la profundidad insondable (nos parecía desde arriba) de la Sima del Callejo Madero y las canicas de cáliza que encontrábamos en el fondo, cuyo nombre no recuerdo.
    Haciéndome eco de una cita de un libro de texto de la época "Conocer es previo a amar: quien conoce con esfuerzo ama perdurablemente".
    Y es verdad...
    Almogávar

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    1. Anónimo17/1/13 4:56

      Yo, como el autor del presente artículo estuvimos en 1972. El ppdo verano 2012 tuve la oportunidad de volver a visitar aunque fuera un tramo de la zona no acondicionada, el prado donde se situaba el campamento y otros lugares ¡ Que recuerdos ¡
      Por cierto "Anónimo" ¿tienes alguna foto de Callejo Madero?. Un saludo. José Vicente - jvgonzal@uv.es

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  3. Las "canicas" de caliza se llaman, o las llamábamos, PISOLITAS (o perlas de las cavernas).
    Gracias por su comentario.

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"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"