| Casa típica de la campiña cántabra |
INTRODUCCIÓN
JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro «Relatos Vulgares» (2004), así como de la novela «En un lugar de la memoria» (2006). Publica cuentos, poesías y relatos, en revistas literarias, como «La Sierpe y el Laúd», «Tras-Cieza», «La Puente», «La Cortesía», «El Ciezano Ausente», «San Bartolomé» o «El Anda». Es también coautor en los libros «El hilo invisible» (2012) y «El Melocotón en la Historia de Cieza» (2015). Participa como articulista en el periódico local semanal «El Mirador de Cieza» con el título genérico: «El Pico de la Atalaya». Publica en internet el «Palabrario ciezano y del esparto» (2010).
Buscador por frases o palabras
Buscador por fechas de publicación
Traductor de esta página a más de 50 idiomas
4/11/16
El palo de la bandera
11/11/16
Los sonidos del silencio
| Entrada de la gruta Cullalvera, en Ramales de la Victoria |
15/10/10
El Pico de la Atalaya
![]() |
| Mañana de otoño en la orillas del Segura (Cieza), con el Pico de la Atalaya al fondo |
.
28/12/08
El viaje de irás
(Quinto relato del libro "Relatos Vulgares")
En recuerdo del edén perdido de la primera juventud,
cuando todo milagro aún era posible
En el Séspir ponían entonces los martes las mismas películas que los sábados, pero acudía mucha menos gente y se estaba mejor. Al Fasi y a mí, por tanto, nos gustaba ir al cine en martes en lugar de hacerlo en sábado o en domingo, que estaba siempre hasta la bandera. Solíamos meternos a las siete o las ocho, y salíamos cuando cerraban ya el cine después de las doce, de modo que veíamos la misma lo menos dos veces.
Aquel día echaban, en sesión continua, La Romerito y una rusa que no me acuerdo ahora bien del nombre, pero cuyas imágenes estuvieron acudiendo durante horas después a mi cabeza como flashes indelebles, y estuvimos viéndolas hasta que nos echaron del cine.
En las bodegas del gran acorazado a vapor penden en desorden las hamacas como si fueran crisálidas a medio desbaratar, de las cuales, rompiendo un sueño de siglos, surgen humillados, los cuerpos de los marineros.
A ver, vosotros, que nos vamos. El acomodador, un hombre enjuto que renqueaba un poco del lado izquierdo y que le decían el Tomaso, nos conocía ya bastante bien; y no sólo de vernos allí en el Séspir, dónde éramos asiduos, sino también de compartir las duras fatigas de hacer leña en el monte, como tantos y tantos cientos de personas por aquella época, pues ésta era el único combustible de los pobres, que entonces en España éramos casi todos.
Luego, cuando salimos a la calle, no supimos para qué lado tirar; así que hablando, hablando...
¿Tú quiereh que noh ganemoh unah pesetillah?, me dijo el Fasi.
Sí, contesté. ¿Cómo?
Poh mu fasi, respondió con su acento sevillano.
Aquella noche había una hermosa luna llena y la carretera general, solitaria prácticamente (estoy hablando del año mil novecientos treinta y uno), se hallaba flanqueada en todo su recorrido por dos hileras interminables de pinos. Nosotros pedaleábamos sin tregua; unas veces iba yo delante llevando al Fasi a rueda, y otras nos turnábamos y pasaba él el primero. Las bicis iban equipadas con sus dinamos y su luz, pero el de atrás la llevaba desconectada, porque para qué. Además, si veíamos circular algún noctámbulo por la carretera, apagábamos en seguida. Cuanto menos nos vieran, mejor.
El Séspir era un teatro muy bonito y con cierto lujo de primeros de siglo. Se componía del patio de butacas, principal con plateas y general o gallinero. Lo más barato era el gallinero, que tenía por asientos unos bancos corridos de tablas, llenos de chinches, a dónde iban los hiladores, los esparteros y todos los muertos de hambre del pueblo, y allí era dónde el Fasi y yo nos metíamos los martes por la noche. Luego, en la última película, cuando quedábamos ya en la sala cuatro gatos, el Tomaso, echándonos la linterna a la cara nos decía: bajarse a butacas, ¡venga!, que voy a cerrar esta parte d’arriba. Y entonces nos sentíamos, pobres ilusos, como maharajaes, allí dónde se sentaban los señoritos del pueblo.
Los marineros del gran acorazado, disconformes, reniegan en cirílico de la carne podrida del Zar que les dan por alimento.
Al Fasi, yo le tenía mucho aprecio. El pobre cayó luego en la toma de Teruel (en la retoma, porque Teruel fue la única capital de provincia que perdieron los rebeldes después de haberla poseído, y luego, en pleno invierno, la volvieron a conquistar con feroces combates y en unas condiciones climatológicas durísimas). Pero cuando aquello, lo de la noche en que nos fuimos a robar esparto en bicicleta después de salir del cine y pasó lo que nos pasó, teníamos sólo quince o dieciséis años, no tendríamos más; aunque ya llevábamos trabajado más que pelos había en nuestras cabezas. Porque yo, pequeñico, pequeñico, lleno de mocos y con el culo roto, bien me acuerdo, ya andaba dándole a la rueda en los hiladores: de meneaor, que se decía.
El Fasi había nacido aquí, pero su madre, que era de Utrera, le había enseñado a hablar con el acento de su tierra (“ustedeh loh mursianoh no sabéih apresiá lo que eh un buen gaspasho”. Como si la estuviera oyendo ahora mismo). Así que cuando él me llamaba, me decía: Fulghensio, con un deje de andaluz cerrado. Nosotros, en cambio le decíamos el mote y él se lo tomaba muy bien, porque al Fasi a bromista no le ganaba nadie.
El Marconi subía al monte a por leña sólo los domingos (los senderos de la montaña eran el fin de semana como caminitos de hormigas: todo el mundo con su haz de leña a cuestas) porque estaba colocado de botones en una banca. Éste se enteraba de muchas cosas, ya que poseía una radio de aquellas de galena (que se la había hecho él mismo), y nos las contaba. Al Marconi, que tenía novia: una guapetona de la orilla de la acequia, una que era Chula por parte de madre, le tiraba también algo la política, y, a veces, nos hablaba de asuntos que no alcanzábamos a entender, como del pacto republicano de San Sebastián, del encarcelamiento del Gobierno Provisional en pleno, del fusilamiento de Fermín Galán por rebelarse en Jaca meses antes, o de los esfuerzos vanos del Rey por sostener un régimen caduco que hacía aguas por todas partes.
El capitán Golikov amenaza a la tropa con colgarles del palo mayor o fusilarles, humillados, bajo una lona; mientras, la iglesia ortodoxa oficial, aquiescente, pone a Cristo por testigo.
Yendo por la Cuesta del Judío Errante, dónde los carreteros tenían que echar ternos por su boca para no atrancar con los carros cargados de esparto, el Fasi me confesó, bajo el desamparo de la noche, que la Chula, desde hacía tiempo, lo miraba a él de manera inflamable y se le deshacían las carnes al oír el gracejo de su verbo andaluz. La Chula se reía con él mucho, de eso nos habíamos dado cuenta, y le gastaba bromas que, a veces, envidiábamos un poco, como cuando lo tiró de un empujón a la pila del lavadero público en la Fuente del Anís, y él, como era verano entonces, le siguió la corriente desnudándose, para gozo y divertimento de las demás mujeres.
El domingo anterior había habido elecciones municipales (andando el tiempo, las elecciones más trascendentales de la historia de España), pero nosotros, entonces, no nos enterábamos mucho: habíamos empezado a tener uso de razón bajo una dictadura, y, aquellos y los que vinieron después, fueron tiempos tan difíciles que con subsistir teníamos ya bastante (hombre, habíamos leído cosas en los periódicos; por aquella época la gente solía comprar la prensa aunque no tuviera para comer).
Algo estaba ocurriendo en España, eso lo teníamos claro; aquel mismo día, en el pueblo, cambiaron la bandera del ayuntamiento por otra distinta que tenía una banda morada (mira Fasi, qué bonica, le dije, porque parecía traer la alegría a la cara de muchas personas) y la gente andaba por la calle con gran alboroto cantando y gritando libremente frases en contra de la monarquía y lanzando vítores a la república. Aquel martes por la tarde aparecieron banderas como la del ayuntamiento por todas partes. Estábamos asombrados; jamás habíamos visto cosa igual.
De dónde habrán salío tantah banderillah de coló moraito.
No sé, le respondí, se ve que las tenían escondidas en las arcas.
Hasta un cabrero, que jamás había tomado partido en política, paseó por las calles del pueblo su rebaño de cabras tetudas con banderas tricolores al cuello, y el cabrón lucía una más grande atada en los cuernos.
14/8/23
La Presa del Gándara
.
Aguas del Segura, deliciosas para el baño en el estío
No tenía mucha profundidad, pues se había ido colmatando con aluvión de los arrastres; tampoco era muy grande, y se podía cruzar de una punta a otra caminando sobre el muro, que era amplio y construido con grandes peñones. En mitad del remanso, recuerdo que emergía una roca, a la que se llegaba nadando un corto trecho; a ella nos encaramábamos para tomar un poco el sol y quitarnos el frío de la piel. Era el mes de agosto de año 1972, en la Presa del Gándara, Ramales de la Victoria.
Recuerdo que A. Quintela llevaba entonces aparato en los dientes; pero no una cosica de esas tan livianas, casi transparentes, que ponen ahora los dentistas; entonces se trataba de unos alambres que abultaban los labios de la boca, impedían hablar bien y daban una forma peculiar, torpe, a la sonrisa. Ella no era de allí, del pueblo, sino de otro pueblito que había más arriba, a dos o tres kilómetros, que se llamaba Lanestosa y que pertenecía a la provincia de Vizcaya. Pero tanto ella, como algunas amigas, bajaban a bañarse a la Presa del Gándara, sin duda por los chicos del campamento.
El río Asón nace no lejos del Portillo de la Sía, que está entre las provincias de Santander y Burgos. Este puerto de montaña, de más de 1.200 m. de altitud, por el que ha bajado la Vuelta Ciclista a España alguna vez, posee unas vistas impresionantes desde la cinta estrecha y curvosa de la carretera, que culebrea valle abajo hacia Arredondo. Una de las maravillas a contemplar es el nacimiento del Asón, cayendo por una alta y bonita cascada de la montaña. El Gándara nace en la misma zona, pero se deja caer hacia otra vertiente y otro valle. Luego se juntarán los dos ríos un poco más abajico de Ramales de la Victoria, para correr con sus aguas hacia Ampueto, Colindres, y desembocar en el Cantábrico por la Ría de Treto, frente a Santoña, a la espalda de la inmensa playa arenosa de Laredo.
El jefe de campamento me había encargado una tarea importante el primer día. Me había dado un hacha para que, junto con cuatro compañeros más, me fuera hasta el bosquecillo de hayedos que había más arriba de la Presa y cortara un palo para la bandera. El bosque era denso y, en muchos puntos, enzarzado y muy húmedo. No fue difícil encontrar un árbol joven, que, en la espesura crecía recto, disparado al cielo. Algo más complicado fue trasportarlo hasta el prado, alfombrado de verde de la hierba, bajo unos árboles grandes y copudos, donde estaban instalando las tiendas de campaña para los espeleólogos venidos de todo el territorio nacional. Esa zona de Cantabria era, y sigue siendo, el paraíso de la espeleología. Es como un queso de gruyere: plagada de simas y cuevas.
Las aguas del Gándara, parte de ellas se desviaban por un canal para mover la rueda de un molino y parte desbordaban la Presa y continuaban por su lecho de peñones, grandes y pulidos «como huevos prehistóricos», y de árboles medio tumbados que enseñaban sus raíces sin pudor, con signos de maltrato por las crecidas fluviales de invierno y primavera. El agua del Gándara, recuerdo bien, era limpia y cristalina, pero helada como el granizo. No obstante, en el centro del día, y después de venir de las cuevas de hacer espéleo, resultaba placentero el chapuzón (mi compañero Xabier «Yaco», de Figueras, tan blanco y delgado estaba, que se bañaba con camiseta por vergüenza de que las chicas le vieran el costillar). Aunque en seguida nos arracimábamos en la roca del centro, no tanto por huir de los colmillos del frío en la piel, sino por acercarnos a las muchachas, adolescentes no más, casi como todos nosotros, que esperaban allí como sirenas. Algunas tardes también acudían al lugar, pero apetecía menos el baño, y A. Quintela se mantenía entonces un poco apartada escuchando música en su magnetófono a casetes.
El campamento se hacía todos los veranos, por parte de la OJE de León, en unos terrenos muy adecuados para ello, propiedad de las personas de la casa de arriba, que había en la orilla de la carretera, en donde se guardaban de un año para otro los «suelos» de madera de las tiendas. La Presa estaba a dos pasos del campamento y era ideal para el aseo matutino, para el baño refrescante del medio día, o para las últimas abluciones antes de meternos a dormir. El campamento se llevaba muy bien con el pueblo, y el pueblo con el campamento. Éramos de OJE, o sea, nos inculcaban valores y normas de comportamiento; además salíamos a pasear por las tardes con el uniforme.
Más abajo de dicha Presa del canal del molino estaba el Salto del Oso, que era una zona profunda del río, una gran poza natural entre peñones. Igualmente, había en el centro de aquella fosa otro peñasco que salía del nivel de agua, al cual nos subíamos para recibir el alivio del sol en la piel tras un chapuzón en toda regla. A veces, recuerdo, E. Hierro y N. Badiola, que iban siempre juntas por ser primas, se acercaban a las zonas de la Presa o el Salto del Oso en demanda de amistad de adolescencia. En esos días, al arrimo del campamento, venían a Ramales muchachas de otros pueblos cercanos que tuvieran allí familia y pasaban unas semanas e intentaban relacionarse con los jóvenes espeleólogos, que éramos de todas partes de España.
El casete de A. Quintela era un Philips de aquellos tan simples que solo llevaban una palanquita que servía para todo: «play», «avance» y «retroceso», y de aquellos también que cuando se enredaba la cinta, había que sacarla con cuidaico y volverla a enrollar con un boli Bic. Me acuerdo que una tarde, que ella estaba apartada del grupo, me hizo una seña para que me arrimara, y, con su sonrisa de alambre, me indicó escuchar una canción: era nada menos que Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat. Le agradecí que me lo descubriera, pues desde entonces yo también «fui del Mediterráneo».

