INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro «Relatos Vulgares» (2004), así como de la novela «En un lugar de la memoria» (2006). Publica cuentos, poesías y relatos, en revistas literarias, como «La Sierpe y el Laúd», «Tras-Cieza», «La Puente», «La Cortesía», «El Ciezano Ausente», «San Bartolomé» o «El Anda». Es también coautor en los libros «El hilo invisible» (2012) y «El Melocotón en la Historia de Cieza» (2015). Participa como articulista en el periódico local semanal «El Mirador de Cieza» con el título genérico: «El Pico de la Atalaya». Publica en internet el «Palabrario ciezano y del esparto» (2010).

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4/11/16

El palo de la bandera

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Casa típica de la campiña cántabra
Decíamos en el artículo anterior que las luces del anochecer me confundían y me hacían perder la orientación de los puntos cardinales mientras anhelaba, o temía, llegar a Madrid en aquel tren que había cogido de favor en Albacete cuatro horas después de haber perdido el mío, donde iban mis compañeros de la OJE y mi equipaje.

En el enjambre de vías, previas a la entrada de la Estación de Atocha, el tren aminoró la velocidad y comenzó a traquetearse en los cambios de agujas, al tiempo que todo el mundo agarraba su equipaje y empezaba a tomar posiciones en el pasillo para llegar a la puerta de salida más próxima. Poco a poco el tren fue dejando atrás el páramo de raíles, ramificados como las venas y tendones de una mano, y metiéndose en la zona de andenes. Entonces entró bajo la enorme cubierta metálica de la estación, de 150 m. de larga, donde al fondo se veía un reloj y un gran letrero publicitaba la marca “CERTINA”. (En la actualidad, un complejo ferroviario más moderno, grande y funcional, construido en la “parte de afuera”, alberga las terminales de las vías, mientras que la decimonónica Estación de Atocha, con una bóveda de casi 50 m. de luz y 30 m. de altura, construida al estilo de la escuela de Eiffel, ha quedado como espacio de recreo con un espléndido jardín botánico tropical en su interior).

Entre el tumulto de los viajeros que vomitaban las puertas de los vagones, salí a uno de los andenes centrales. Había otras locomotoras en marcha y los ruidos y la reverberación vibrante de los motores eléctricos se mezclaba con el vocerío de la gente, con los anuncios de los altavoces sobre la llegada o partida de otros trenes, o con los pitidos de los carritos de maletas encadenados que los mozos de estación conducían como demonios por entre los viajeros. Me hallaba en Atocha. ¿Fin de mi viaje? ¿Tendría que recurrir de nuevo al jefe de estación? ¿Presentarme al puesto de la Policía Armada? ¿Poner un telegrama a mi casa?

Entre el ruido y la prisa comencé a caminar hacia el gran vestíbulo de la estación, cuya fachada principal da a la Plaza del Emperador Carlos V. Y entonces sentí por atrás una mano que me agarró con firmeza al tiempo que me decía: “¡Corre, que hay un taxi esperando en la puerta!” Era uno de mis compañeros, los cuales se habían dispersado a lo largo del andén para localizarme entre el gentío.

El Seat 1500 negro, que llevaba una banda lateral roja con el oso y el madroño, ascendió rápido a través del famoso “Escaléxtric de Atocha”, mandado quitar años después por el alcalde Tierno Galván, y se dirigió a toda velocidad hacia la Estación del Norte (hoy, “Príncipe Pío”), la cual había sido construida en su origen por la compañía “Caminos de Hierro del Norte de España”. De esta partía la realeza cuando iba a veranear a San Sebastián, Santander o Comillas, y de esta salió el vagón real la mañana del día 15 de abril de 1931, en el cual huyeron a Francia los familiares del rey, pues él lo había hecho la noche antes, fugitivo, por la calle Mesones de Cieza en dirección Cartagena, donde el crucero “Príncipe Alfonso”, renombrado luego “Libertad”, lo llevaría a Marsella).

Descendimos corriendo a los andenes, bajo cuya cubierta metálica se publicitaba en letras grandes la marca “HENO DE PRAVIA” y cuyos trenes traían a Madrid olor a helechos y brisas del Mar Cantábrico. Y ya con el tiempo justo cogimos el expreso a Santander y, apoyándonos los unos con los otros para dar las cabezadas del sueño, dormitamos toda la noche entre pitadas de la locomotora, frenadas, arrancones y el constante “cataclán-cataclán” de los raíles discontinuos.

Sobre las ocho sería cuando abrí los ojos al notar que el tren se había detenido y que entraba por las ventanillas una brisa fresca con olor a vaquería y a hierba recién segada. Estábamos en Torrelavega. Por primera vez podía admirar la España húmeda, donde a diferencia de los secarrales de Murcia, la lluvia hacía reverdecer los prados y las montañas. Pronto llegamos a Santander y contemplamos los bisontes de Altamira pintados en el interior de la estación de FEVE, anexa a la de RENFE.

En Ramales, el campamento había que montarlo en un hermoso prado junto al río Gándara, afluente del Asón. Desperdigados se elevaban allí grandes árboles que daban sombra, y un canal, construido al parecer para mover un molino, limitaba dicho prado por el lado del río. El canal nacía en una presa cercana, en la que podíamos bañarnos a placer en las horas libres. Aunque fría, el agua era pura y limpia; y el río, como muestra de su carácter torrencial, presentaba un lecho de peñones pulidos donde poníamos a secar la ropa.

El jefe del campamento era de León y se llamaba J. S. Salas, y no sé por qué se dirigió a los murcianos y preguntó que quién sabía manejar bien un hacha. Le dije que yo; y entonces me entregó una sin estrenar, de acero vizcaíno, y me encargó cortar del bosque del otro lado del río un hayedo joven, alto y recto, para el palo de la bandera.
(Continuará)

(Publicado en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA"

11/11/16

Los sonidos del silencio

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Entrada de la gruta Cullalvera, en Ramales de la Victoria
En el último artículo quedamos en que, llegados al Campamento Nacional de Espeleología, en Ramales de la Victoria, yo había recibido el encargo del jefe de campamento para que, acompañado de cuatro arqueros de la OJE, fuera hasta un bosquecillo de la ribera del Gándara, a talar un haya recta que sirviera de mástil para izar la bandera. Y así lo hice.

Cantabria, por la composición caliza del subsuelo y las montañas, presenta la geomorfología de un enorme queso de gruyere, donde abundan las grutas, muchas de ellas con arte rupestre. De ahí que durante años pasaran por dicho campamento hornadas de jóvenes espeleólogos de toda España para perfeccionarse en esta apasionante práctica, entre deportiva y científica. Las actividades que se realizaban no eran otras que la impartición de clases teóricas sobre técnicas de seguridad, conocimiento y respeto por la naturaleza dentro de las simas y cavernas; además de explorar a diario cavidades de los alrededores.

El pueblecico de Ramales, que históricamente formó parte de la ruta del emperador Carlos V (en 1556, el hombre más poderoso del mundo había abdicado en Bruselas en favor de su hermano Fernando y su hijo Felipe, y desembarcó en Laredo para cruzar España en dirección a Yuste con un impresionante séquito), acogía con agrado todos los veranos a los ciento y pico de espeleólogos de la OJE que nos instalábamos en aquel famoso campamento. Bien es verdad que la sociedad de entonces no había perdido los valores del respeto en general; y en particular, a los jóvenes que vestíamos el uniforme de OJE, se nos suponía y se nos exigía una actitud respetuosa.

De las cavernas cercanas, la más importante por sus dimensiones, la “Cullalvera”; la más bonita y compleja, “Cueva Mur”. De las simas, la más impresionante, “Callejo Madero” (una gigantesca dolina de más de 60 m. de una sola vertical, cuyo borde se camuflaba entre acebos y madroñeras, y a cuyo fondo umbroso bajaba el sol a las doce del medio día). También nos desplazamos a otras cavidades en pueblos vecinos: La cueva más espectacular, con río subterráneo navegable fue “Coventosa” (esta gruta “respiraba” como un gran pulmón geológico, de forma que había que aprovechar las intermitencias del soplo para poder atravesar la boca sin que nos apagase el viento la llama de los carbureros); la sima más enorme (en torno a 500 m. de profundidad), con cascadas interiores fue la del “Mortero”. En ambas tuvimos que pernoctar dentro para su exploración.

Pero además de estas cavernas, sólo accesibles para los espeleólogos equipados con material de montaña, también visitamos otras que se hallaban acondicionadas para el público en general, tales como las del “Monte del Castillo”, en Puente Viesgo, hoy en día declaradas patrimonio de la humanidad por sus importantes pinturas rupestres, datadas algunas hasta en más cuarenta mil años (si pueden ustedes, no se pierdan el verlas; merecen mucho la pena). Y ya, como la joya de la corona, tuve el gran honor y la gran suerte, en aquel verano de 1972, de visitar la “Cueva de Altamira” (reconocida como “la Capilla Sixtina del arte cuaternario”). Y guardaré el fabuloso recuerdo mientras viva de haber contemplado los bisontes policromados desde la misma posición y a la misma distancia que los veía y plasmaba su artista. (Sepan que en la sala original de la gruta, cuando excavaron el suelo para que los visitantes pudiesen caminar erguidos, dejaron una especie de tarima central con el suelo primitivo, donde los pintores de hace veinte mil años desarrollaban su arte tumbados boca arriba).

La OJE guardaba entonces reminiscencias de ideología falangista, cosa que a la mayoría de los espeleólogos del campamento, montañeros por afición, ni nos importaba ni nos estorbaba. Y a pesar de que todas las mañanas nos despertaban a las 8 con la canción “Aquarium” de la ópera “Hair”, entre las consignas y arengas que luego se llevaban a cabo diariamente, bajo el palo de la bandera o ante la “cruz de los caídos”, había una inextricable, grandilocuente y sonora que decía: “¡Sobre los hombres, Dios! ¡Con los hombres, el honor! ¡Para todos, la victoria!”

El último domingo y final del campamento, antes de desmontar y cerrar aquella preciosa experiencia con el “Adiós con el corazón” y lágrimas en los ojos, se celebró una “misa cavernícola” en la Cullalvera. Como el acceso era fácil en un primer tramo de la gruta, hicimos un pasillo luminoso con los carbureros hasta un imaginativo “santuario” de estalactitas y estalagmitas que se hallaba en alto a no más de 200 metros de la entrada. Subió mucha gente del pueblo: hombres y mujeres, y todas las chicas con las que habíamos trabado emocionada amistad. Y como por entonces estaban de moda “Simon & Garfunkel”, unos compañeros virtuosos que solían animar por las noches los “fuegos de campamento”, con guitarra y flauta travesera interpretaron de manera sublime, como nunca jamás la volveré a escuchar, la mítica canción de “Los sonidos del silencio”.

(Publicado en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA"

15/10/10

El Pico de la Atalaya

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Mañana de otoño en la orillas del Segura (Cieza), con el Pico de la Atalaya al fondo
Qué les iba a decir, si quieren ustedes ver una imagen bonita del Pico de la Atalaya sin salir del pueblo, no tienen más que darse una vuelta por la Esquina del Convento a la salida del sol.

Miren, yo subo todas las mañanas por la acera izquierda del Paseo a eso de las ocho menos algo, cuando están las muchachas de los Valencianos de abajo sacando las sillas y las mesas a la puerta, cuando están entrando los empleados de Cajamurcia, cuando está levantando la persiana el chico del antiguo estanco de Roberto, cuando está vendiendo iguales el muchacho ese que se pone en la puerta del Tiffanys o de la farmacia que siempre diremos “de Alonso Frías”, (mi recuerdo para Enrique Pérez Barceló, que siempre se ponía con su mesica a vender iguales en la esquina de arriba, frente a la Confitería de la Era. Enrique era mi amigo). Y paso todas las mañanas por la puerta del Banesto, donde siempre hay personas mayores esperando para que las dejen entrar, ¡como si hubiera “corralito”!, pero no van a sacar su dinero, sino a pagar recibos de lo que sea, que ellas se niegan a domiciliar en su cuenta por si las engañan. Y veo siempre algún barrendero con su carrito, como mi antiguo colega Juan, o María Dolores, que ve amanecer el pueblo con los ojos de la lírica mientras barre las calles y luego escribe versos (los empleados de la limpieza se enganchan a trabajar de madrugada, cuando muchos de ustedes y yo estamos aún durmiendo a pierna suelta). Y entonces llego hasta la puerta de los Valencianos de arriba y miro el Pico de la Atalaya, cuyos riscos se tornan de un color dorado con los primeros rayos de este sol otoñal. ¡Precioso!, como telón de fondo de la hermosa plaza del Convento, aunque afeada un poco por esas letras grandes y herrumbrosas que le pegan al vetusto edificio franciscano como a un cristo un par de revólveres.

No sé a ustedes, pero a mí me gusta mucho la frase esa ciezana que dice: “Más vieja es la Atalaya y echa flores”. Aunque como montaña, no es tan vieja, pues si pertenece al periodo Alpino (que me corrijan si me equivoco), tan sólo tiene unos 35 millones de años, que eso no es edad para un pico montañoso, sino pura juventud. No obstante, la Atalaya nos enterrará a todos y ella seguirá echando flores todas las primaveras.

Por cierto, ahora parece que han desmantelado la torreta que había en el mismísimo Pico (malo para los nostálgicos del 14 de abril, que tendrán que cargar con el palo de la bandera si quieren que ondee allá arriba la tricolor). Antes de estar la torreta metálica, hace más de cuarenta años, había una cruz de madera. Luego, cuando Televisión Española comenzó a emitir la 2ª Cadena a través del UHF, entre Ortuño y Zamora (dos comerciantes que vendían teles), instalaron un repetidor allí arriba. Subieron una línea eléctrica de 220 voltios por las crestas de los riscos y subieron despiezada una infraestructura de hierro de 15 metros de altura, que plantaron en la cima con 8 tirantes de acero anclados a la roca viva. En lo más alto de la torre estaba la antena receptora, que captaba la débil señal proveniente de Aitana (Valencia), en el canal 32. Dicha señal se inyectaba amplificada a un armatoste de repetidor alojado en la misma base de la torreta en una minúscula casetica de obra (aquel aparato estaba fabricado por un tío de Valencia, que los hacía como churros, de memoria, y no facilitaba ningún dato a nadie; de forma que cuando se estropeaba, a las tres menos dos, había que subir, desconectarlo y bajárselo a cuestas y llevarlo a la capital del Turia; luego, cargados como serpas, volvíamos a escalar el Pico de la Atalaya para ponerlo en funcionamiento). El repetidor aquel emitía en el canal 43 a través de dos antenas en paralelo situadas a 10 metros de altura en la torreta que apuntaban al centro del pueblo (si me acordaré de eso, que un día, con un viento helado que daba grima, tuve que trepar hasta ellas y cambiarlas porque estaban estropeadas).

Ahora, por fin, después de estar veinte años inutilizada aquella vieja infraestructura, se han decidido a hacer limpieza en nuestro Pico de la Atalaya. Quizá pongan de nuevo la cruz (yo no lo vería mal; un símbolo cristiano no puede hacer daño a nadie; en el vecino pueblo de Abarán llevan la cruz de Santiago y la media luna de los moros en el escudo municipal y no pasa nada), o quizá no la pongan, pues ya saben que hay una cruzada anticruces desde el Gobierno gobernante.

Desde luego, si los ciezanos fuésemos de otra manera, en la Atalaya se podrían hacer maravillas. ¿Se imaginan un mirador en lo alto del Pico? ¿Se imaginan una reconstrucción básica del Castillo? ¿Se imaginan un parque arqueológico en torno a la medina Siyâsa? ¿Se imaginan senderos perfectamente adecuados para ascender a pie a dicho lugares? ¿Se imaginan, simplemente, que los aledaños del Santuario se hallaran bien ajardinados, cuidados, limpios y respetados? ¿Se imaginan que fuésemos más respetuosos con nuestro entorno natural? Pero no nos cansemos, los ciezanos somos como somos, aunque en el fondo, a nuestra manera, amamos nuestro pueblo.

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28/12/08

El viaje de irás


(Quinto relato del libro "Relatos Vulgares")



En recuerdo del edén perdido de la primera juventud,
cuando todo milagro aún era posible


En el Séspir ponían entonces los martes las mismas películas que los sábados, pero acudía mucha menos gente y se estaba mejor. Al Fasi y a mí, por tanto, nos gustaba ir al cine en martes en lugar de hacerlo en sábado o en domingo, que estaba siempre hasta la bandera. Solíamos meternos a las siete o las ocho, y salíamos cuando cerraban ya el cine después de las doce, de modo que veíamos la misma lo menos dos veces.

Aquel día echaban, en sesión continua, La Romerito y una rusa que no me acuerdo ahora bien del nombre, pero cuyas imágenes estuvieron acudiendo durante horas después a mi cabeza como flashes indelebles, y estuvimos viéndolas hasta que nos echaron del cine.

En las bodegas del gran acorazado a vapor penden en desorden las hamacas como si fueran crisálidas a medio desbaratar, de las cuales, rompiendo un sueño de siglos, surgen humillados, los cuerpos de los marineros.

A ver, vosotros, que nos vamos. El acomodador, un hombre enjuto que renqueaba un poco del lado izquierdo y que le decían el Tomaso, nos conocía ya bastante bien; y no sólo de vernos allí en el Séspir, dónde éramos asiduos, sino también de compartir las duras fatigas de hacer leña en el monte, como tantos y tantos cientos de personas por aquella época, pues ésta era el único combustible de los pobres, que entonces en España éramos casi todos.

Luego, cuando salimos a la calle, no supimos para qué lado tirar; así que hablando, hablando...
¿Tú quiereh que noh ganemoh unah pesetillah?, me dijo el Fasi.

Sí, contesté. ¿Cómo?

Poh mu fasi, respondió con su acento sevillano.

Aquella noche había una hermosa luna llena y la carretera general, solitaria prácticamente (estoy hablando del año mil novecientos treinta y uno), se hallaba flanqueada en todo su recorrido por dos hileras interminables de pinos. Nosotros pedaleábamos sin tregua; unas veces iba yo delante llevando al Fasi a rueda, y otras nos turnábamos y pasaba él el primero. Las bicis iban equipadas con sus dinamos y su luz, pero el de atrás la llevaba desconectada, porque para qué. Además, si veíamos circular algún noctámbulo por la carretera, apagábamos en seguida. Cuanto menos nos vieran, mejor.

El Séspir era un teatro muy bonito y con cierto lujo de primeros de siglo. Se componía del patio de butacas, principal con plateas y general o gallinero. Lo más barato era el gallinero, que tenía por asientos unos bancos corridos de tablas, llenos de chinches, a dónde iban los hiladores, los esparteros y todos los muertos de hambre del pueblo, y allí era dónde el Fasi y yo nos metíamos los martes por la noche. Luego, en la última película, cuando quedábamos ya en la sala cuatro gatos, el Tomaso, echándonos la linterna a la cara nos decía: bajarse a butacas, ¡venga!, que voy a cerrar esta parte d’arriba. Y entonces nos sentíamos, pobres ilusos, como maharajaes, allí dónde se sentaban los señoritos del pueblo.

Los marineros del gran acorazado, disconformes, reniegan en cirílico de la carne podrida del Zar que les dan por alimento.

Al Fasi, yo le tenía mucho aprecio. El pobre cayó luego en la toma de Teruel (en la retoma, porque Teruel fue la única capital de provincia que perdieron los rebeldes después de haberla poseído, y luego, en pleno invierno, la volvieron a conquistar con feroces combates y en unas condiciones climatológicas durísimas). Pero cuando aquello, lo de la noche en que nos fuimos a robar esparto en bicicleta después de salir del cine y pasó lo que nos pasó, teníamos sólo quince o dieciséis años, no tendríamos más; aunque ya llevábamos trabajado más que pelos había en nuestras cabezas. Porque yo, pequeñico, pequeñico, lleno de mocos y con el culo roto, bien me acuerdo, ya andaba dándole a la rueda en los hiladores: de meneaor, que se decía.

El Fasi había nacido aquí, pero su madre, que era de Utrera, le había enseñado a hablar con el acento de su tierra (“ustedeh loh mursianoh no sabéih apresiá lo que eh un buen gaspasho”. Como si la estuviera oyendo ahora mismo). Así que cuando él me llamaba, me decía: Fulghensio, con un deje de andaluz cerrado. Nosotros, en cambio le decíamos el mote y él se lo tomaba muy bien, porque al Fasi a bromista no le ganaba nadie.

El Marconi subía al monte a por leña sólo los domingos (los senderos de la montaña eran el fin de semana como caminitos de hormigas: todo el mundo con su haz de leña a cuestas) porque estaba colocado de botones en una banca. Éste se enteraba de muchas cosas, ya que poseía una radio de aquellas de galena (que se la había hecho él mismo), y nos las contaba. Al Marconi, que tenía novia: una guapetona de la orilla de la acequia, una que era Chula por parte de madre, le tiraba también algo la política, y, a veces, nos hablaba de asuntos que no alcanzábamos a entender, como del pacto republicano de San Sebastián, del encarcelamiento del Gobierno Provisional en pleno, del fusilamiento de Fermín Galán por rebelarse en Jaca meses antes, o de los esfuerzos vanos del Rey por sostener un régimen caduco que hacía aguas por todas partes.

El capitán Golikov amenaza a la tropa con colgarles del palo mayor o fusilarles, humillados, bajo una lona; mientras, la iglesia ortodoxa oficial, aquiescente, pone a Cristo por testigo.

Yendo por la Cuesta del Judío Errante, dónde los carreteros tenían que echar ternos por su boca para no atrancar con los carros cargados de esparto, el Fasi me confesó, bajo el desamparo de la noche, que la Chula, desde hacía tiempo, lo miraba a él de manera inflamable y se le deshacían las carnes al oír el gracejo de su verbo andaluz. La Chula se reía con él mucho, de eso nos habíamos dado cuenta, y le gastaba bromas que, a veces, envidiábamos un poco, como cuando lo tiró de un empujón a la pila del lavadero público en la Fuente del Anís, y él, como era verano entonces, le siguió la corriente desnudándose, para gozo y divertimento de las demás mujeres.

El domingo anterior había habido elecciones municipales (andando el tiempo, las elecciones más trascendentales de la historia de España), pero nosotros, entonces, no nos enterábamos mucho: habíamos empezado a tener uso de razón bajo una dictadura, y, aquellos y los que vinieron después, fueron tiempos tan difíciles que con subsistir teníamos ya bastante (hombre, habíamos leído cosas en los periódicos; por aquella época la gente solía comprar la prensa aunque no tuviera para comer).

Algo estaba ocurriendo en España, eso lo teníamos claro; aquel mismo día, en el pueblo, cambiaron la bandera del ayuntamiento por otra distinta que tenía una banda morada (mira Fasi, qué bonica, le dije, porque parecía traer la alegría a la cara de muchas personas) y la gente andaba por la calle con gran alboroto cantando y gritando libremente frases en contra de la monarquía y lanzando vítores a la república. Aquel martes por la tarde aparecieron banderas como la del ayuntamiento por todas partes. Estábamos asombrados; jamás habíamos visto cosa igual.

De dónde habrán salío tantah banderillah de coló moraito.

No sé, le respondí, se ve que las tenían escondidas en las arcas.

Hasta un cabrero, que jamás había tomado partido en política, paseó por las calles del pueblo su rebaño de cabras tetudas con banderas tricolores al cuello, y el cabrón lucía una más grande atada en los cuernos.
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(Continúa)
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14/8/23

La Presa del Gándara

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Aguas del Segura,  deliciosas para el baño en el estío

No tenía mucha profundidad, pues se había ido colmatando con aluvión de los arrastres; tampoco era muy grande, y se podía cruzar de una punta a otra caminando sobre el muro, que era amplio y construido con grandes peñones. En mitad del remanso, recuerdo que emergía una roca, a la que se llegaba nadando un corto trecho; a ella nos encaramábamos para tomar un poco el sol y quitarnos el frío de la piel. Era el mes de agosto de año 1972, en la Presa del Gándara, Ramales de la Victoria.

Recuerdo que A. Quintela llevaba entonces aparato en los dientes; pero no una cosica de esas tan livianas, casi transparentes, que ponen ahora los dentistas; entonces se trataba de unos alambres que abultaban los labios de la boca, impedían hablar bien y daban una forma peculiar, torpe, a la sonrisa. Ella no era de allí, del pueblo, sino de otro pueblito que había más arriba, a dos o tres kilómetros, que se llamaba Lanestosa y que pertenecía a la provincia de Vizcaya. Pero tanto ella, como algunas amigas, bajaban a bañarse a la Presa del Gándara, sin duda por los chicos del campamento.

El río Asón nace no lejos del Portillo de la Sía, que está entre las provincias de Santander y Burgos. Este puerto de montaña, de más de 1.200 m. de altitud, por el que ha bajado la Vuelta Ciclista a España alguna vez, posee unas vistas impresionantes desde la cinta estrecha y curvosa de la carretera, que culebrea valle abajo hacia Arredondo. Una de las maravillas a contemplar es el nacimiento del Asón, cayendo por una alta y bonita cascada de la montaña. El Gándara nace en la misma zona, pero se deja caer hacia otra vertiente y otro valle. Luego se juntarán los dos ríos un poco más abajico de Ramales de la Victoria, para correr con sus aguas hacia Ampueto, Colindres, y desembocar en el Cantábrico por la Ría de Treto, frente a Santoña, a la espalda de la inmensa playa arenosa de Laredo.

El jefe de campamento me había encargado una tarea importante el primer día. Me había dado un hacha para que, junto con cuatro compañeros más, me fuera hasta el bosquecillo de hayedos que había más arriba de la Presa y cortara un palo para la bandera. El bosque era denso y, en muchos puntos, enzarzado y muy húmedo. No fue difícil encontrar un árbol joven, que, en la espesura crecía recto, disparado al cielo. Algo más complicado fue trasportarlo hasta el prado, alfombrado de verde de la hierba, bajo unos árboles grandes y copudos, donde estaban instalando las tiendas de campaña para los espeleólogos venidos de todo el territorio nacional. Esa zona de Cantabria era, y sigue siendo, el paraíso de la espeleología. Es como un queso de gruyere: plagada de simas y cuevas.

Las aguas del Gándara, parte de ellas se desviaban por un canal para mover la rueda de un molino y parte desbordaban la Presa y continuaban por su lecho de peñones, grandes y pulidos «como huevos prehistóricos», y de árboles medio tumbados que enseñaban sus raíces sin pudor, con signos de maltrato por las crecidas fluviales de invierno y primavera. El agua del Gándara, recuerdo bien, era limpia y cristalina, pero helada como el granizo. No obstante, en el centro del día, y después de venir de las cuevas de hacer espéleo, resultaba placentero el chapuzón (mi compañero Xabier «Yaco», de Figueras, tan blanco y delgado estaba, que se bañaba con camiseta por vergüenza de que las chicas le vieran el costillar). Aunque en seguida nos arracimábamos en la roca del centro, no tanto por huir de los colmillos del frío en la piel, sino por acercarnos a las muchachas, adolescentes no más, casi como todos nosotros, que esperaban allí como sirenas. Algunas tardes también acudían al lugar, pero apetecía menos el baño, y A. Quintela se mantenía entonces un poco apartada escuchando música en su magnetófono a casetes.

El campamento se hacía todos los veranos, por parte de la OJE de León, en unos terrenos muy adecuados para ello, propiedad de las personas de la casa de arriba, que había en la orilla de la carretera, en donde se guardaban de un año para otro los «suelos» de madera de las tiendas. La Presa estaba a dos pasos del campamento y era ideal para el aseo matutino, para el baño refrescante del medio día, o para las últimas abluciones antes de meternos a dormir. El campamento se llevaba muy bien con el pueblo, y el pueblo con el campamento. Éramos de OJE, o sea, nos inculcaban valores y normas de comportamiento; además salíamos a pasear por las tardes con el uniforme.

Más abajo de dicha Presa del canal del molino estaba el Salto del Oso, que era una zona profunda del río, una gran poza natural entre peñones. Igualmente, había en el centro de aquella fosa otro peñasco que salía del nivel de agua, al cual nos subíamos para recibir el alivio del sol en la piel tras un chapuzón en toda regla. A veces, recuerdo, E. Hierro y N. Badiola, que iban siempre juntas por ser primas, se acercaban a las zonas de la Presa o el Salto del Oso en demanda de amistad de adolescencia. En esos días, al arrimo del campamento, venían a Ramales muchachas de otros pueblos cercanos que tuvieran allí familia y pasaban unas semanas e intentaban relacionarse con los jóvenes espeleólogos, que éramos de todas partes de España.

El casete de A. Quintela era un Philips de aquellos tan simples que solo llevaban una palanquita que servía para todo: «play», «avance» y «retroceso», y de aquellos también que cuando se enredaba la cinta, había que sacarla con cuidaico y volverla a enrollar con un boli Bic. Me acuerdo que una tarde, que ella estaba apartada del grupo, me hizo una seña para que me arrimara, y, con su sonrisa de alambre, me indicó escuchar una canción: era nada menos que Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat. Le agradecí que me lo descubriera, pues desde entonces yo también «fui del Mediterráneo».

El último domingo se organizaba una misa en la cueva Cullalvera (ahora abierta al público). Hacíamos un pasillo de luz con los carbureros y, aparte de los más de cien espeleólogos del campamento, acudía gente del pueblo; también las chicas, ya amigadas con nosotros, tanto en las mañanas de baño en la Presa, como en la plaza del pueblo por las tardes.
©Joaquín Gómez Carrillo

 

23/6/09

El inicio de los setenta


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En el anterior artículo les mencionaba la estrecha relación de la Parroquia de San Juan Bosco con el Instituto, entonces Laboral; y les apuntaba una visión del barrio, desde mi apreciación de alumno de primero de bachillerato.

Mas eran tiempos de cambios y para el siguiente curso 1969/70 algunas cosas eran distintas: los americanos habían llegado a la Luna, y tal hecho, en la medida que nos afectaba como habitantes de una España subdesarrollada donde en la mayoría de las casas no había cuarto de baño, hacía que encarásemos el futuro con la vana ilusión del dominio del Espacio. El patio del instituto ya no era el mismo: pues frente a la puerta del edificio, donde existía una fuentecilla redonda con peces de colores, rodeada de dieciséis parterres, que Zurrón el jardinero cuidaba de maravilla, habían construido esos pasillos arbolados con bancos que todavía están. En la iglesia de San Juan Bosco, cubriendo aquel techo desangelado en el que se veían las uralitas y se achicharraban los feligreses en verano, habían colocado el actual cielo raso; y el cura, dando ejemplo de modernidad posconciliar, había abandonado definitivamente la sotana.

Incluso el centro educativo había pasado a llamarse Instituto Técnico de Enseñanza Media y ya no habría que subir y bajar bandera formados en el patio y cantando la canción del Frente de Juventudes “Si madrugan los arqueros”. Aunque sí que habría que ponerse en fila a toque de silbato de Susarte para entrar a clase. También seguiría funcionando aquel curso el “apartheid” de sexos, tanto en las aulas como en los patios de recreo, donde el conserje patrullaba por orden del director para evitar que nadie cruzara la línea prohibida, y si el balón se nos escapaba a la zona femenina, había que pedir al bedel que nos lo echara.

Acabadas, por tanto, las vacaciones estivales debíamos formalizar la matrícula y pagar las permanencias. Pero antes de pasar por la Oficina, donde estaban Pepe Jiménez y José Luis Torres, algunos nos veíamos en la casetica del Salva y en la puerta de San Juan Bosco. Allí, recuerdo que Don Antonio Salas nos dio su sincera bienvenida al “Chache” y a mí. El Chache era Jesús Caballero Marín, un gran compañero llevado hoy por los vientos de la vida. Éste era un muchacho cordial y generoso; amigo sin fisuras, que cuando bajaba siempre por la acera del instituto, media hora antes de entrar a clase, lanzaba su balón de reglamento por encima de la valla, donde adentro ya había algunos “sacando pie” para formar equipos, como el Pingüi o Martínez el fotógrafo, que marreaba como nadie.

Empezaba nuevo curso y volvíamos, pues, al querido territorio de San Juan Bosco, donde pasábamos los mejores ratos. Por la Parroquia siempre hallábamos buena compañía: Pepe “el Vicent”, José Antonio “el Revoltetas”, Jesús “el Chérif” y su hermano José Luis, Pedro Sánchez, “Leonardi”, Manolo Romero, Ramón Ortiz, López Álvarez…, y otros muchos si sigo hurgando en la memoria. ¡Cuántas veces habremos visto a Pascual el sacristán poner y quitar el disco de las campanas en aquel tocadiscos Bettor-dual!, y ¡cuántas habremos observado a Don Antonio ponerse la casulla y besar la estola con unción!

En el instituto era otro el jefe de estudios y elegíamos ya al delegado de clase votando, aunque sin tener noción de lo que era la democracia. Por otra parte, algunos profesores comenzaron a comprarse coche, como Don Andrés Nieto, que traía un Erreocho; Doña Alicia, que venía con un Gordini; y Doña Pilar, que se paseaba con un Ochocientoscincuenta. El Director, Don Jesús Pinilla, poseía un Milquinientos, al que Pepe el conserje sacaba brillo con una bayeta amarilla de las de borrar la pizarra.

Inaugurado el año 1970, tras la Navidad, Don Antonio Salas, que seguía siendo nuestro profesor de Religión, y que más que adoctrinarnos, nos ilustraba y formaba como personas, nos alertó de que estábamos iniciando un periodo importante de nuestras vidas: “En esta década de los setenta os echaréis novia, muchos os casaréis, y la mayoría tendréis que elegir los derroteros por los que ha de discurrir vuestra vida”, dijo aquella mañana como una profecía que nos dejó pensativos mucho rato.

En aquel curso también, haríamos ejercicios espirituales en la propia iglesia de San Juan Bosco, donde Don Antonio nos recomendaría orar a Dios en el corazón de cada uno, pues “el beato es la caricatura del santo”, nos decía él, refiriéndose a quienes mucho rezan a las imágenes de palo. Luego nos puso en fila y nos confirmó a todos en un santiamén; de padrino colectivo ejerció Fernando Galindo, el que va por ahí retratando a la gente.
Por aquel entonces también, el cura, con unos cuantos alumnos, formó el grupo de Misión Rescate, que era una cosa que salía en la tele entonces y lo veían quienes tenía televisor, y se dedicaron durante un tiempo a escarbar en el cementerio moro en la Atalaya, pues la Medina Siyâsa aún estaba por desenterrar.

La Parroquia, por tanto, seguía siendo para algunos nuestra segunda morada, sólo que cuando había gente arrodillada en los bancos debíamos entra muy despacito; o bien el sacristán abría la puerta de atrás de la sacristía y nos hacía dar la vuelta por la calle.

(Continuará)
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"