INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro «Relatos Vulgares» (2004), así como de la novela «En un lugar de la memoria» (2006). Publica cuentos, poesías y relatos, en revistas literarias, como «La Sierpe y el Laúd», «Tras-Cieza», «La Puente», «La Cortesía», «El Ciezano Ausente», «San Bartolomé» o «El Anda». Es también coautor en los libros «El hilo invisible» (2012) y «El Melocotón en la Historia de Cieza» (2015). Participa como articulista en el periódico local semanal «El Mirador de Cieza» con el título genérico: «El Pico de la Atalaya». Publica en internet el «Palabrario ciezano y del esparto» (2010).

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13/3/10

Antojeras

En el leguaje vulgar ciezano se llamaba “antojeras” al atalaje propio de la bestia de tiro del carro que, colocado en su cabeza, reducía el campo de visión del animal para que sólo pudiese percibir aquello que estaba delante. Las antojeras, o dicho de una forma más académica: las anteojeras, servían al carretero para mejor conducir los asnos o acémilas de la reata en la dirección deseada, sin que estos, en su esfuerzo bruto, se dieran cuenta de todo aquello que ocurría tanto a su izquierda como a su derecha.

 Por cierto, ¿con quién dirán ustedes que estuve hablando el otro día? Con el Parralo. El Parralo y el Chusco fueron los dos últimos carreteros de Cieza. Cuando las calles del pueblo aún no estaban tan plagadas de coches como ahora, que casi no se puede circular, ni mucho menos encontrar dónde aparcar, los carreteros ofrecían su medio de transporte para llevar materiales de construcción y otras mercancías de un lugar a otro. Normalmente iban de pie sobre la rabera de su carro, sujetando con la mano las bridas o ramaleras de la bestia de varas, la cual, en su trotecillo alegre, no dejaba de repicar los cascabeles de sus arreos.

Y hablando de “antojeras”, las ideologías cerradas y los credos integristas, de alguna manera impiden ver con sentido común más allá de nuestras narices. Les cuento: el otro día regresábamos de la Esquina del Convento, de la manifestación esa en contra de la nueva “ley del aborto”, pues a veces no queda más remedio que decir “no en mi nombre”; ya que ciertos gobernantes, argumentando la supuesta aquiescencia que les otorga el voto cuatrienal, son capaces de avocar una sociedad a la iniquidad de la guerra o a la inmoralidad de matar “en plazo”, como si no tuviera la menor importancia, fetos humanos; es más, tomando a las personas libres como tontas de remate, pretenden vendernos cual un "derecho" liberador para la mujer la potestad de decidir sobre la vida o la muerte de su propio hijo cuando lo lleva en sus entrañas, echando sobre su conciencia el oprobio de una mala acción. Y aun siendo tales actos contrarios al derecho natural, pues cualquier individuo mínimamente socializado posee una noción básica sobre el bien y el mal, hay personas que se dejan seducir y conducir fácilmente a través de las consignas ideológicas (no olviden que los votantes del nazismo hitleriano empezaron dejándose convencer de que “no estaba mal” eliminar de la sociedad a los idiotas o subnormales profundos).

De modo que, como les decía, el otro domingo, en nuestra pacífica retirada bajo la llovizna pertinaz, me topo con una persona enfrascada mentalmente en la posición contraria. Yo sé que a ella, como a mí mis padres, los suyos le enseñarían a discernir entre lo que está bien y lo que está mal (fuera de los discursos de izquierdas o derechas o de creencias religiosas o posiciones ateas). Pero las antojeras de la ideología, de cualquier ideología, son capaces de polarizar las ideas y el juicio personal en un solo sentido: en el que marca el líder de turno según su conveniencia. La persona entonces, en pleno Paseo, optó por defender su posición ideológica con un buen ataque: “¡Estoy a favor de la ley porque las que se acuestan con los curas sí pueden abortar!” (Bueno, en lugar de “se acuestan” dijo otra palabra más soez). Como comprenderán, no merece comentario alguno: la frase ya lleva su calificativo intrínseco. Pero estoy seguro de que si esta misma noche, lo mismo que Pablo de Tarso cayera del caballo cuando iba camino de Damasco persiguiendo a los cristianos, a su líder ideológico se le apareciera el Arcángel San Gabriel y le hiciera caer de la burra, ella, en veinticuatro horas, también cambiaría su criterio acerca del execrable matarile legal de seres humanos en gestación. .

4/10/09

El gran sofisma

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Mural y Pico de la Atalaya
¿Sabe ustedes lo que es un sofisma? Pues es una cosa que ya conocían los filósofos de la Grecia antigua, y el María Moliner, que es un diccionario que va al grano, lo define así: «Razonamiento con que se hace ver como verdadero algo que es falso». Mas lo peligroso y lo dañino de un sofisma, o de un razonamiento que se apoya en una falsedad, viene determinado por la capacidad de oratoria y legitimación de quien lo expresa; no es lo mismo que un sofisma lo diga alguien corriente, que si lo pronuncia una persona que crea opinión, que imparte ideología o que lidera masas.

Por ejemplo, me viene ahora a la cabeza aquella frase para la historia del Presidente Azaña, cuando dijo: «¡…Todas la iglesias y conventos de Madrid no valen la vida de un republicano!». ¡Hombre!, resulta evidente que la vida de una persona (republicana, monárquica o como le dé la gana ser) está por encima de cualquier cosa material o inmaterial. Pero lo grave fue el plantear el asunto como si no hubiera habido más remedio que elegir: pegarle fuego a todos los templos de Madrid o la vida de un correligionario suyo). ¿Se dan cuenta de lo falso del argumento? Y claro, viniendo de quien vino la frasecica, así le corrió el pelo a aquella desgraciada España del treinta y seis.

Otra cosa bien distinta es creer, enseñar y difundir algo erróneamente. Pues volviendo a los sabios griegos de la antigüedad, padres de la filosofía y el pensamiento, ¡anda que no perjudicaron al progreso de la humanidad durante siglos las enseñanzas de Artistóteles!, pues en la mayoría de los casos el hombre estaba equivocado de cabo a rabo; sin embargo se le mantuvo como máxima autoridad del conocimiento humano hasta hace cuatro días, cuando se ha visto a la luz posterior de la ciencia de Kepler, Newton o Descartes, que su concepción del mundo y del universo no se podía tener en pie de ninguna manera.

En la actualidad, y centrándonos ya en el tema de presentar como verdad absoluta algo que se apoya en falsedades, es llamativo el que hayan llegado a decir nuestros gobernantes que el aborto es un derecho de la mujer, y que así lo van a establecer legalmente. ¡Hombre! —digo yo—, independientemente de si sacan leyes más o menos injustas o más o menos inmorales (que luego las personas que tengan claro dónde está la raya entre el bien y el mal ya obrarán según su conciencia), que no nos plateen como un «derecho» para toda futura madre el decidir sobre la vida o la muerte del feto de su propio hijo. Ese razonamiento jamás puede ser válido. Ni siquiera el matar un perro es un derecho para nadie, ¡vamos, se le cae el pelo al que mate a su perro porque sí, porque es suyo! De manera que cómo va a ser un derecho el quitar la vida a un ser humano. Aunque otro sofisma asociado al anterior trata de argumentar que un feto es un ser vivo «pero no humano», o sea, un bulto de carne que se mueve («…sólo se reputará nacido el feto que tuviere figura humana…», dice el Código Civil, redactado en el siglo XIX, cuando no se tenía ni idea de lo que era el ADN y el código genético, y, como Aristóteles hace 2300 años, aún no se veía claro el por qué un embrión de gato se convertía en gatico y uno de perro se convertía en perrico).

Pero hay una cosa que está clarísima: un derecho siempre es el reconocimiento de un bien (derecho a la vida, a la educación, al trabajo, a la intimidad, a la propiedad privada, a la libertad, etc.), pero nunca un derecho puede ser la legitimación para causar un mal. Y en el aborto el mal se causa, ¡vaya si se causa!, pues el futuro niño ya no puede venir al mundo; al futuro hijo, con su carga genética única e irrepetible de individuo del género humano, se le priva del derecho natural de nacer y de vivir un vida.

De manera que si estos gobernantes nuestros nos dicen que la ley está pensada para proteger a los profesionales de las clínicas abortistas, vale; y si nos cuentan que con dicha ley tendrán más impunidad las futuras madres que decidan matar el feto de su hijo y a otra cosa mariposa, vale. Pero que se dejen de sofismas y de hacernos comulgar con ruedas de molino, ya que la ley del aborto que vendrá (salvo para los casos extremos que la actual norma reconoce con la despenalización del delito) será más bien una legitimación de la violencia contra miles y miles de seres humanos en gestación cuyas madres decidan su matarile. Y eso, como acción inmoral que es, aunque legalmente se permita, no será nunca un derecho.
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31/1/09

La delgada línea de lo inmoral

(Artículos de opinión)

¿Es misión de los actuales gobiernos democráticos el velar por una moral correcta de la ciudadanía? ¿Tienen éstos la obligación de hacer concordar sus normas escritas con los principios morales, en nuestro caso de raíces judeocristianas?

Se habla sin embargo de que el legislador, lo que debe tener en cuenta más bien es la realidad social del momento; pero ¡ojo!, ¿quiere esto decir que en el país de Alí Babá estaría bien legalizar el latrocinio? Solamente en algunas sociedades atrasadas, donde todavía existen los llamados “gobiernos de dios”, se promulgan las leyes, ¡y se hacen cumplir severamente!, bajo una estricta moral religiosa; y ya se imaginan ustedes que me estoy refiriendo a las peores tinieblas del Islam; por tanto, de tales “gobiernos de dios”, líbrenos Ídem.

Ahora bien, centrándonos más, ¿alguien puede esperar que, tanto la actual ley del aborto, como cualquier otro texto venidero sobre esta materia, se deban ajustar a una determinada moral? ¿Por qué iban a situarse los responsables políticos a contrapelo del sector social que más se agita, en aras de la correcta moralidad individual de las personas? Aunque en un país como el nuestro, el hecho de que cien mil futuras madres al año decidan “deshacerse” (más o menos legalmente) del futuro hijo que llevan dentro, algo de fracaso social comporta, no nos engañemos. Por tanto, moralidad aparte, ¿no debería ser este asunto objeto de una reflexión seria y de eficaces políticas preventivas?; pues todos hemos sido fetos y, según pintan bastos, resulta ser hoy en día la fase vital del ser humano en la que más peligro corre éste de ser agredido por un facultativo con ánimo de lucro.

Entonces, ¿es posible que el individuo pueda realizar actos amparados por las normas vigentes, pero tachados de inmorales, cuando no de atroces, por una gran parte de la sociedad? Y lo que es más confuso, ¿si algunas leyes, por mera oportunidad política, permiten lo inmoral, y por otra parte se huye de adoptar principios religiosos de comportamiento individual, dónde encontraremos la raya laica entre el bien y el mal?

Hombre, no es difícil responderse uno mismo a estas preguntas, pues incluso desde una moral atea, toda persona con uso de razón tiene la conciencia universal de que causar un daño es intrínsecamente malo. Provocar sufrimiento, físico o psíquico a alguien, o causar la muerte de un ser humano es moralmente reprobable, aunque sea legal. Y el pensar que el fin (librarse de una maternidad en principio no deseada) pudiera justificar los medios (matar el feto de su propio hijo) es adentrarse por una senda peligrosa.

Por otra parte, ya se empiezan a oír en foros públicos afirmaciones como la de que el aborto debe ser un derecho de la mujer. Mas, ¡cuidado!, porque un derecho siempre es algo que nos ha de reportar un bien, pero sin causar un mal (derecho al trabajo, pero bajo el principio de la buena fe; derecho a la educación, pero sin agredir a los docentes; derecho a la libertad, pero respetando la del prójimo; derecho a la información, pero sin violar la intimidad de las personas; derecho a la vida, pero sin perjudicar en lo posible la de otro ser humano…)

Miren lo que les voy a decir: existe un poder social no escrito que algunos políticos suelen ejercer a menudo: el de utilizar en otro sentido las palabras, lo cual implica que se cambien los conceptos, y con ello que se trastoquen las ideas, y de esta forma que se mueva sutilmente la línea de lo inmoral.

No obstante y por el camino que llevan las cosas, ¿creen ustedes que el legislador, con oportunismo político o sin él, podría establecer como “un derecho” el que toda futura madre, en determinadas circunstancias o plazos, pueda hacer que le maten el feto del hijo que ha engendrado? Pues hasta ahora, en España, lo que existe es una “despenalización del delito” en tres supuestos; nada más. ¿De acuerdo?

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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"