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Murcia, ¡qué hermosa eres!
Decíamos ayer —en el anterior artículo me refiero—, que a lo largo de la dinastía Borbónica de reyes españoles, Carlos III fue de lo mejorcico que anduvo por estos lares, sin comparación con lo presente, claro, pues en la actualidad la forma de gobierno que tenemos es lo más parecido a una «república no presidencialista», aunque sin elecciones a la Jefatura del Estado; ¿ustedes saben cómo se llama el presidente de Alemania? No, ¿verdad? Hay repúblicas presidencialistas como Francia, donde el presidente elige sus ministros y decide la acción política del gobierno, y no presidencialistas como Israel, en las que el jefe del estado pinta muy poco en la gobernanza del país: ni se le conoce en los medios, ¡vamos! Pues en una monarquía parlamentaria como la nuestra actual, el rey no hace nada; sus atribuciones están limitadas en la Constitución y no puede salirse de ellas ni un milímetro: firma, sí o sí, todo lo que el presidente del gobierno le ponga delante y poco más, pero ni gobierna ni mucho menos decide la política del país. Sin embargo, en siglos anteriores, no era de esa manera; la forma de gobierno tradicional era el absolutismo, o sea, el rey lo era todo.
Comentábamos que el rey Carlos III, ya con experiencia de gobierno en los reinos de Nápoles y Sicilia, intentó modernizar España a la muerte de su hermano Fernando VI, llevando a cabo las teorías políticas de la Ilustración, en lo que se llamó por aquel tiempo el «despotismo ilustrado». Mas después de Carlos III la cosa fue empeorando un poquico, aunque luego se pondría bastante más chunga, pues dice el refrán: «Otros vendrán que buenos los harán». La corona, muerto el rey, pasó al primer heredero: Carlos IV, que había nacido en el palacio de Portici (Nápoles) cuando su padre reinaba allí (recuerden que en Italia gozaba de cuatro palacios, siendo el de Caserta enorme, el más grande del mundo, con una superficie de jardines de más de mil tahúllas, ¡que no es moco de pavo!). Carlos IV ya era cuarentón cuando en 1788 subió al trono, y ¡zas!, la primera en la frente: al año de su reinado, en 1789, «les enfants de la patrie» asaltan la Bastilla en París, o sea, estalla la Revolución Francesa, cosa que era muy malita para sus parientes, los Borbones franchutes; de hecho Luis XVI perdería su cabeza tres añicos más tarde bajo el filo de la guillotina, en la que ahora es la Plaza de la Concordia; de modo que Carlos IV comenzó a tentarse la ropa, pues eso de las revoluciones es contagioso, como la gripe. «¡Pepe, qué hacemos, por Dios…!, le dijo al murcianico José Moñino, más conocido como Conde de Floridablanca, que era secretario de Estado y hombre fuerte en el gobierno, puesto por Carlos III.
El señor Moñino entendió muy bien el problema y con cierto pánico (casi que se fue de vareta en los pantalones) empezó a tomar drásticas medidas: Que no se hablara, ni bien ni mal, de lo que ocurría en Francia: ¡censura total!, cerrando todos los periódicos; clausuró a calicanto las Cortes de Madrid, que precisamente habían sido convocadas poco antes por Carlos IV para que jurasen al heredero Fernandico (5 años tenía la criatura), pues el conde murciano temía que las asaltaran y las convirtieran en asamblea nacional constituyente como en París. (Bueno, ya saben que lo de la jura del heredero o heredera es algo que se sigue haciendo en España, pues aquí no hay ceremonia de «coronación» como en Inglaterra; aquí se jura en las Cortes y cada mochuelo a su olivo. Los reyes españoles ni llevaban ni llevan corona; eso es un atributo simbólico nada más, pero que no se coloca jamás sobre la testa regia; lo mismo que tampoco se sientan en el trono, aunque críe telarañas). Otras medidas fueron: crear un cordón militar a lo largo de la frontera, «de mar a mar», del Atlántico al Mediterráneo, como para evitar un contagio de peste; encarcelar o desterrar a cualquier sospechoso o simpatizante de la Revolución Francesa; y, sobre todo, reforzar el papel de la Inquisición como órgano represivo. En estas que a Moñino se lo quisieron cargar, pero al franchute que lo intentó lo agarraron y lo ahorcaron en la plaza de la Cebada, en Madrid.
No obstante, por la boca muere el pez: nuestro paisano de Murcia haría años después unas declaraciones de la situación francesa que le costaron su propia defenestración del cargo; cayó en desgracia y fue sustituido por otro conde, el de Aranda, que había capitaneado una tropa real española contra Portugal en la llamada Guerra Fantástica para conquistar Lisboa, obteniendo una desastrosa y vergonzante derrota con más de veinte mil bajas, aunque su política tras el Motín de Esquilache fue exitosa y consiguió que los madrileños desecharan al fin sus capas largas y los chambergos (aquellos sombreros redondos, grandes como los de un picaor, pero blandos y alicaídos; ¿no han visto el que lleva José Mota cuando interpreta al «cansino histórico»?, pues ése), por la capa corta y el tricornio o sombrero de tres picos. Pero no fue una destitución al uso, o como las que mandaba Franco con el «motorista» a los altos cargos del régimen, no, sino que lo apresaron en su casa de Hellín y lo llevaron al trullo en Pamplona; y allí estuvo el pobrecico hasta que cayó Aranda y llegó Godoy (todo no era más que política pura y dura, puñalás traperas y el clásico «quítate tú que me ponga yo»). Godoy soltó a Moñino, pero este ya estaba cansado de su batallar en el gobierno y se vino a Murcia a darse unos paseicos por las tardes en el Jardín de Floridablanca.