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¿Existe el verbo «otoñear»? Nuestro Paseo Ribereño, a orillas del Segura, otoñea pleno de belleza.
En aquel tiempo, el ocio bien entendido era ver cine; solo los viejos recuerdan que la de Cieza era una población cinéfila, con afición por ir a los cines (algunas personas, familias con niños, los domingos salían de uno y se metían a otro: era pasión por el cine). Las películas, kilométricas, «largometrajes» de celuloide, venían estuchadas en unas cajas metálicas que parecían platillos volantes y metidas estas en sacos de arpillera; las traían de Murcia los autobuses de Ríos y Pastor, y luego las volvían a llevar cuando ya se habían proyectado en los cines del pueblo. (Mi amigo Juan José Avellán, el ciego, me dijo que su trabajo, cuando no era ciego el hombre, hace muchos años, fue comercial de películas, viajante, que también se decía, relativo a la difusión del sétimo arte.)
Manolo, «el del Tele-red», trabajaba entonces en el Capitol, cuando este lujoso teatro estaba en manos privadas y funcionaba a pleno rendimiento (comprarlo el ayuntamiento y empezar a criar telarañas fue una misma cosa; la ruina que vino después no se la cuento; hasta que triunfó la estulticia política y el despilfarro de dinero público, lo hundieron y levantaron esta cosa que hay hoy en día). Mi amigo Manolo llevaba una motico de 49 con un remolquillo atrás, ¿saben para qué? Para transportar las pizarras con los títulos de las proyecciones.
El «Teatro Galindo» estaba destinado a desaparecer, reconoce mi amigo Antonio Zamorano con gran sentido de la lógica, pues su edificio, construido dentro de lo que una vez fue plaza de toros, estaba dificultando la prolongación de la calle del Paseo de los Martíres, donde se hallaba la pequeña librería de la Nati (¿se acuerdan del «tío Chalas», el marido de la librera, que se sentaba, orondo él, en un sillón en la puerta del negocio? A la Nati, por cierto, parecía no hacerle mucha gracia que fuésemos a comprar un lapicico de cedro y un borra de nata, porque los libros de texto del instituto los vendía Aníbal, en la Calle Buitragos; ¡qué tiempos!).
Además de las pizarras, donde escribían las películas que se proyectaban cada noche, estaban las carteleras aquellas de ruedas: una especie de carritos de mano, con dos paneles a modo de barraca valenciana, que los paraban en la puerta de la Plaza de Abastos o lugar céntrico, pues el personal, la gente, tenía mucho interés de estar al tanto de las películas que se echaban. O sea, que en el paisaje urbano de la Cieza de aquel tiempo figuraban como elementos importantes las carteleras de los cines, sobre todo de los dos principales: el Capitol y el Galindo, pues luego, en verano funcionaban también el Gran Vía y, más tarde, el Avenida o «Cine Morcilla».
Joselito, que en realidad se llama Juan, el cual siempre va muy bien peinado y trajeado como un pincel, y con su inseparable muleta, repartía entonces prospectos de cine por el Paseo (tengan en cuenta que la gente se paseaba antes mucho; un domingo en la tarde, el Paseo de los Mártires y la Plaza de España estaban atestados de personas de todas edades dando vueltas; ¡venga dar vueltas!). Mi amigo Joselito, con su carita de niño bueno y simpático, entregaba en la mano los prospectos del cine, y la gente los cogía con avidez de leerlos y enterarse bien. Había interés por la cultura cinematográfica y los prospectos eran llamativos e invitaban a acudir al cine, a no perderse ciertas películas que echaban; la gente preguntaba por las proyecciones y acudía a ver las carteleras, las pizarras que se hallaban colgadas en sitios estratégicos. Claro, que entonces casi que no había televisión («¡anda, nene y mira a ver lo que ponen esta noche en el cine!», era corriente encomendar a un chiquillo).
Manolo iba con su Mobilette y su remolque de juguete enganchado atrás y cambiaba las carteleras; las había en diferentes lugares, como en la Esquina de la Villa, en la esquina de la Plaza de Toros, en la Calle de los Pinos, por «ca la Pastora», en la Calle Virgen del Buen Suceso; o en la esquina de la Calle Ríos, junto a la tienda del Colao (a ver, ¿quién se acuerda de la Antoñica del Colao, viuda de Pepe el Colao, conocidísimo electricista del pueblo? La mujer, ya viejecica —o a nosotros, adolescentes, nos lo parecía, cuando íbamos a comprar alguna cosucha para un trabajo de «Talleres» del Instituto que nos encargaba Don Silvestre—, vestía toda de negro y, de vez en cuando, vendía una pilica de petaca, una pera de 125, una llave de la luz, de aquellas de madera que colgaban sobre el cabecero de la cama; un enchufe de china o unos metros de cordón, de aquel que llevaba forro textil; nosotros le pedíamos cuatro palmos de cablecico monofásico y una banana).
En las carteleras grandes de carrito y ruedas, las que colocaban en la puerta de la Plaza de Abastos, frente a la Imprenta Ortega, se exponían algunos fotogramas llamativos de las películas en tecnicolor, salvo besos u otras escenas que amenazaran la moral pública. Eso de la moral no se llevaba entonces bien con el sétimo arte, salvo que se tratara de películas como «Marcelino pan y vino», las de «Joselito», «Marisol» o similares. Entonces andaba mucho la tijera de los censores, y aun así, algunos curas solían clavar un papel en la puerta de su iglesia con consejos píos al respecto; calificando los filmes con una o varias «R», de «reparo»; de forma que si uno amaba mantener la pureza de su alma, aparte de mirar las pizarras y enterarse de las proyecciones, debía darse una vueltecica por su parroquia y saber las tentaciones a las que podría exponerse viendo ciertas películas. Además, los porteros de los cines pedían el carné de identidad en casos dudosos.
El Capitol, qué quieren que les diga, era una modernidad, un lujo, un local exquisito, donde llevar a la novia los domingos y, además de ver un estreno, escuchar el «Tema de Lara» de la banda sonora del «Doctor Zhivago» en los intermedios, con el consejo en pantalla de «Visite nuestra cantina», que este fabuloso teatro tenía dos: una en la primera planta, para los espectadores de «principal» y otra abajo, lujosa y grande, para los de «butacas». El Galindo, en cambio, era un cine más popular; allí cuando ponían una de Manolo Escobar se hundía el cine, ¡hasta el gallinero!, ¡se ponía que no cabía un alfiler! Y Bartolo el Chulo, con la linternica, subiendo y bajando por los pasillos para solucionar alguna tangana que se formaba pateando las tablas. En el Galindo también se permitía comer, ya fueran pipas o cualquier otra chuchería. En el Capitol, no; en este se exigía mucho más respeto, y no dejaban entrar al cine con cualquier chuchería de ronzar, rosigar o beber; cosa que estaba muy bien, porque anda que la costumbre tan tonta de ahora, que todo el mundo tiene que entrar a los cines actuales cargado de bolsas de palomitas y sentarse en la butaca a comérselas como si fueran alfalfa…