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Imagen nocturna de la torre de la iglesia de la Asunción de María
A Pepe de Valentín —lo recuerdo ahora como si lo estuviera viendo— iba yo casi todas las mañanas y le daba la lata. Y él, persona amable y cariñosa donde las hubiera, estaba tan encantado de que le diera la lata que lo comentaba de esa forma a las clientas allí presentes. La tienda panadería de Pepe de Valentín y de su esposa Pilar, que estaba en la esquina de la Calle Antonio Cánovas del Castillo con la Calle San Pedro, y a la que íbamos los del Ayuntamiento a comprarnos los bocadillicos para el almuerzo, ya cerró. Lo mismo que cerró también la tienda del Rapao, que se hallaba enfrentico mismo, donde el «Rincón quedó; si no lo sabe, pregúntelo», y en la cual la Manolita vendía pilas, cables y bombillas.
Los barrios son importantes, y de unos años acá, ha habido una ligera potenciación de la identidad de los barrios y de sus asociaciones de vecinos. Eso está muy bien; eso es un caminico en el que hay que seguir avanzando. Pues en una ciudad como la nuestra es primordial el papel del barrio en todos los ámbitos, y el principal es el referido a la actividad democrática, ya que es la base de una sociedad participativa. Es más, deberían de haber «concejales de barrio», una figura corporativa que canalizara las inquietudes y necesidades particulares de cada barrio, alguien representativo y específico para cada uno de los sectores urbanos; alguien también al que pudieran tirar de la oreja los vecinos si se echa a la bartola. El barrio, sin duda, es algo vivo y debe de estar en movimiento.
José Marín Camacho era conocido por todos como «Pepe de Valentín», pues había sido panadero muchos años en el famoso horno de Valentín, en la Plaza Mayor; aunque luego, al retirarse su jefe, él se quedó con la empresa y, entre su mujer y él, pusieron la referida tienda, donde despachaban los dos. Mas un día le dije a Pepe que el filete de aquellos botes grandes, redondos, que tenía tras la vitrina del mostrador para hacer los bocadillos, me resultaba algo fuertecico de sal, así que a partir de entonces, bien recordaré, yo le daba la lata nada más entrar; y él, siempre afable, y con permiso de las mujeres que aguardaban, me atendía.
En las últimas fechas algo se está moviendo en relación con el casco antiguo de Cieza. No es que existan unos barrios más importantes que otros, pues en todas las calles y barriadas, los ciudadanos tienen los mismos derechos como vecinos, pero un casco antiguo, de donde proviene en gran medida la evolución histórica y urbanística de un pueblo, tiene un plus a considerar. ¿Han visto cascos históricos de pueblos y ciudades? Los hay cuidados con mimo, que da encanto pasear por ellos. Y en el nuestro, ¡ay!, en la parte del pueblo viejo, de la Calle Mesones hacia el Muro y más allá, se podrían hacer tantas cosas para mejorarlo.... Por desgracia muchos comercios han ido cerrando a lo largo de los años en esa parte del pueblo; uno de los últimos en cerrar ha sido la tienda de la Pilindra, que fue estanco en sus tiempos, donde mi abuelo compraba las cajetillas de Ideales para fumar a escondidas de mi abuela. Cerró hace años la Tercena, ¿recuerdan?, que estaba en la bocacalle del Cid; así como el Bar de Simplicio, en la Calle Cartas, y el de Minuto, donde ahora está Manolo el Japlas; o la administración de lotería de las Minutas, en la propia Calle Cartas, por enfrentico de la puerta de la sacristía de la iglesia mayor.
De unos años acá, los barrios se han movido principalmente para organizar sus fiestas; eso está muy bien; los festejos, las comidas vecinales, las gachamigas, los bailes, los chiringuitos y demás actividades lúdicas, también cohesionan el barrio y proporcionan identidad. Las verbenas, las banderitas y los elementos festivos con que se engalanan calles y plazas, dan alegría al barrio y pasatiempo y felicidad a sus habitantes, que salen de sus casas y conversan, mientras comen y beben juntos. Pero no nos quedemos ahí. El barrio debe moverse también en otra orientación. Sobre todo en necesidades de los vecinos, como la seguridad, los servicios, la higiene, el adecentamiento de la vía pública y, por qué no, el ornato; un barrio con un bello aspecto siempre es motivo de orgullo para sus moradores y con poder de atracción para visitantes.
En cuanto a lo del «concejal de barrio», no sería nada novedoso, pues ya en unas ordenanzas de Cieza de 1905, aparece esta figura en forma de «teniente de alcalde a cargo de un distrito del pueblo» (por aquel tiempo aún no era ciudad, que lo fue por decreto del rey Alfonso XIII en 1928, y los tenientes de alcalde de nuestro ayuntamiento eran entonces cuatro; ahora son siete). Pues en el artículo tres de dichas ordenanzas (es que son muy curiosas y están muy bien hechas), Cieza quedaba dividida en cuatro distritos, y estos en varias secciones, donde constan todas sus calles, así como los parajes de la sección de «partidos rurales», o sea, de los campos, que estaban entonces muy habitados. Luego, en el siguiente artículo establecía: «Cada uno de los distritos estará a cargo del Teniente [de alcalde] respectivo, quien ejercerá en el mismo las funciones que la Ley atribuye al Alcalde, bajo la dirección de este, como jefe superior de la Administración». ¿Qué les parece? No es mala forma de canalizar inquietudes, ideas, proyectos, reclamaciones, o, en último término, pedir responsabilidades. Bien es cierto que desde hace algunos años, una pequeña parte de los presupuestos municipales se somete a la participación ciudadana, es decir, se abre un canal democrático para que los vecinos decidan qué hacer y dónde invertir ese dinero público. Algo es algo. Sin embargo el casco antiguo necesita vida, atención, inversión; pues sus comercios han ido migrando a la parte nueva del pueblo o cerrando.