.
Calle del ensanche de Cieza, diseñado en 1924 sobre huertas de oliveras
Blanca es solo un nombre inventado para una persona real. Cuando Blanca regresó del cementerio aquella mañana, se fue derecha a la pila del patio, que era amplia, donde hacían la colada restregando a puño las mozas del servicio, y empezó a lavarse las manos de manera aprensiva, frotándose de forma minuciosa entre los dedos con un estropajo de esparto, hurgándose fuerte bajo las uñas, casi con sevicia, hasta hacerse brotar la sangre.
En mi plano de Cieza de 1924, del ingeniero Diego Templado, para el «ensanche del pueblo», el Camino de las Zorras partía de las últimas casicas de la Calle Numancia, algo más abajico de donde actualmente está el Horno de la Alcaina, cruzaba lo que ahora es la Gran Vía por donde está el Druni (entonces era un campo de oliveras, pues la Gran Vía la abrieron bastante después de la Guerra), continuaba, más o menos, paralelo a la Calle José Pérez Gómez hasta la altura del cruce con la Calle José Marín Camacho (dichas calles solo estaban dibujadas en el plano y designadas con un número; en el terreno todo eran olivares y huertas regadas con el agua de la Fuente del Ojo); entonces trazaba una curva descendente para cortar de forma oblicua la que ahora es Avenida Juan XXIII, en dirección a la esquina del actual Colegio Juan Ramón Jiménez.
Su señorita la había mandado a limpiar el panteón, que era grande, con varias filas de nichos y con sótano para el osario. Estaba en la avenida de los muertos ricos, los que ostentaban el «Don» en las lápidas, negándose a que la muerte los igualase con los pobres, cuando en realidad en el otro barrio, ¡qué lástima!, da lo mismo si uno ha sido ingeniero, fumista o pordiosero. Era verano, cuando aprieta la calor, y su señorita, estragada por la reciente viudez, recomendó a Blanca atajar por el Camino de las Zorras.
El otro día quise ir al cementerio echándome precisamente por el mentado Camino de las Zorras. Imposible. ¡Cuánta dejación! —pensé—. Hay muchas cosas en este pueblo dejadas de la mano de Dios. Olvidadas. Pero no de ahora, no, de siempre. Aquí las cosas se dejan a su suerte; cosas que nos cuestan un dinero público, como los parterres cuajados de flores de la Plaza de España, sin ir más lejos; ¿se han dado cuenta? Las han robado, roto, destrozado: un erial en el mismo centro de la ciudad; ¡qué indolencia! En otros lugares la gente respeta los jardines públicos y la autoridad procura hacerlos respetar. Creo que la clave se halla en que nuestros gobernantes deberían estar más viajados, que hubiesen visto otros lugares, otros pueblos. Miren, llevo varios años —por mentar algo útil, público y necesario— observando cómo está la acera que va desde la gasolinera de Benedicto hasta el Poli. Dejada. Olvidada. Esa acera es importante, y no sólo para las idas y venidas a las piscinas en época estival, sino para el alumnado del IES Los Albares, que muchos de estos chicos y chicas, residentes por esa parte del pueblo, eligen la mejor forma de ir y volver a su centro educativo: andando. Da gusto andar, ¡hombre! ¿Pero han visto como está la acera? Hecha unos zorros; apenas se puede caminar por ella, y no es de ahora: años lleva así, con los arbolicos rotos en sus alcorques, de cuyos troncos mutilados nacen enmarañados los raijos. (Tras haber mandado al periódico este artículo constaté que habían mandado recortar los mentados raijos; nada más; pero al César lo que es del César.)
Blanca, llena de humillación y con la sensación de un persistente olor a muerto en sus manos, se encerró después en el cuarto del servicio y no salió en todo el día. Su señorita, que cuando la cría entró a fregar suelos de rodillas solo le daba la «comida por la servida», no le dijo nada. Hacía cuatro días que había dado sepultura a su marido y se hallaba muy consternada. Al tercero había ido a llevar un rosario bendecido y se encontró con aquello; no pasó de la puerta. Por eso al día siguiente mandó a Blanca con un caldero de cinc y una bayeta para fregarlo todo.
En 1976 construyeron el Colegio Juan Ramón Jiménez respetando el murete que flanqueaba el Camino de las Zorras. Por él se podía circular con un coche para acceder a las diferentes fincas agrícolas; luego hicieron el Centro de Salud retranqueándose varios metros de dicho camino. La estación de los autobuses, no está claro si se comió algo, pues entre la valla y el ribazo no queda mucho terreno para pasar. Luego a partir de la estación de autobuses para arriba el Camino de las Zorras continuaba por una trinchera entre los bancales, bien cuidados, de olivos. Era un camino público, que por dejadez ya casi ni existe. Al final será engullido por los ansiados solares, cuando llegue su momento. Pero por ahora debería mantenerse expedito y arreglado para el paso de las personas, como lo ha sido desde hace más de cien años.
Tenía un mal malo el señorito y toda su corpulencia se había deshecho por dentro cuando lo llevaron con los pies para adelante (su primo médico había urgido enterrarlo pronto; «es una bomba», dijo). Mas al tercer día la señorita se acordó del rosario bendecido por Pío XII cuando estuvieron en Roma y fue a llevárselo al cementerio. Luego, a la vuelta, le encomendó a Blanca que a la mañana siguiente marchara tempranico a dejar el panteón como el jaspe.
Hasta no hace muchos años se veían mujeres con ramos de flores ir al cementerio por el Camino de las Zorras. Y hasta no hace mucho esas huertas estaban cultivadas a maravilla. El paisaje ha cambiado a peor: solo matujas invasivas, algunos mochones de oliveras centenarias rotas, secándose, y basuras; es todo. Los dueños han dejado de labrar la tierra por la golosina de los solares, que dios sabe cuándo dará el ayuntamiento permiso para obrar. Se morirán sin salir de pobres con la ganancia de esos terrenos.