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Iglesia de la Asunción de María en pleno casco histórico de Cieza
No les descubro nada nuevo si les digo que la clase política, porque existe una «clase política» en España, o «casta» o como se la quiera llamar, cada vez está más desconectada de la realidad. Y no funciona mejor la cosa porque tengamos varios niveles de administración pública y haya gobernantes «cercanos». No. Da lo mismo. Tan alejados de la realidad están los políticos que tienen sus despachos en Madrid, que los que los tienen en Murcia. Y aquí estamos para soportar sus normas, dictadas algunas veces al buen tuntún.
El otro día me encuentro a un amigo mío, malhumorado, sudoroso y resignado, ejerciendo de sufridor obediente de la norma, sin pies ni cabeza, de algún político alejado del campo. Mi amigo transportaba en un carretón un cargamento de ramas de olivera en busca de un contenedor situado a más de 900 metros de su pequeña parcelica de tierra. Esto no puede ser. No señor. Tenemos unas administraciones de espaldas al funcionamiento real de la vida. No puede ser que, si tienes cuatro olivos de los que sacas el aceite justo para tu casa, no puedas encender un chospe con las ramas de la escarda una de esas mañanas de diciembre en que el grajo vuela bajo. No puede ser que si tienes media docena de ciruelos y un albercoquero y los podas, no puedas hacer un montoncico de ramas y quemarlas un día en que no corra ni un pelo de viento. No puede ser. Y es absurda la norma que lo prohíbe. Aunque yo sé por qué ha venido todo esto.
Se estaban pasando. Los de la paja podrida en el mes de marzo se estaban pasando con sus malos humos. Se dedicaban a producir fumatas adrede, a casico hecho. ¿Por qué? Porque sus intereses particulares eran sus parcelas de melocotoneros que corrían peligro de helarse con las pelúas traicioneras que suelen caer a finales de invierno. Ellos no miraban si fastidiaban a 35.000 personas; solo miraban sus intereses privados: su parcelica de frutales; ¿es legítimo que intentaran evitar que se les helara la fruta? Es legítimo; sí señor. ¿Pero fastidiando al pueblo entero? Hombre, ahí ya me haces dudar. Pero la realidad era que desde bastantes años atrás habían tomado la monita muchos agricultores de quemar paja podrida (la que hace el humo más denso y tóxico) con el fin de salvar su cosecha. ¿Y qué pasaba? Muy sencillo: no solo se formaba una capa de humo sobre los huertos en el Acho, en la Venta del Olivo, en el Quinto, en el Horno, en el Charco Lentisco o en el Ringondango, sino que ese maldito humo, durante la madrugada, y por la acción de la brisa, se corría hacia el valle, hacia el pueblo. De modo que ya tenías media docena de agricultores satisfechos de que sus melocotones no se helaban esa noche y 35.000 ciezanos fastidiados en sus casas que no podían respirar. ¿Era justo…?
Bueno, el caso ya empezaba a clamar al cielo. ¿Quiénes clamaban más al cielo? Las organizaciones ecologistas. Denunciaban esa práctica de la paja quemada ante el ayuntamiento y ante la Comunidad Autónoma. ¿Qué pasaba? Nada. No pasaba nada. Ni la administración más cercana ni la más lejana tomaban medidas paliativas (y como además habían suprimido la subvención del 50% de los seguros agrarios, pues ya tampoco interesaba a los pequeños agricultores pagar sus pólizas y se confiaban a la paja). Y así año tras año; y los ecologistas erre que erre; y las administraciones, nada. Y los 35.000 ciezanos a respirar humo. Hasta que la cosa llegó al Defensor del Pueblo.
¿«Qué c. pasa en Cieza con los humos»?, preguntó el alto comisionado de las Cortes Generales. Y, claro, hubo que responderle. «No, mir’usté…»
«¡Pos eso lo quiero solucionao; ya estáis tardando…!», dijo el Defensor del Pueblo. Entonces no sé qué presidente autonómico llamó a no sé cuál consejero para que apremiara a no sé qué director general y terminara de una p. vez con los malos humos de Cieza. «¡Macho, esto me lo arreglas ya!», le espetó.
Y entonces, ¡tabla rasa! ¿Lumbres?, las de San Antón y gracias. No se puede quemar nada en el campo, salvo que un ingeniero agrónomo o similar certifique que se trata de ramas enfermas susceptibles de producir plagas. ¿Esa es la trampa? Bueno, toda ley tiene su trampa. Si tienes un amigo que pueda certificar y certifique, pues por ahí te escapas. Mi amigo en eso no había caído, y el pobre iba sudando la gota gorda en busca de un lejano contenedor, porque el ayuntamiento ha colocado unos cuantos contenedores, a todas luces escasos y «¡en ca dios!» el uno del otro.
Cambio de tercio, y siempre machacando al pequeño agricultor, al minifundista (a sensu contrario, las normas benefician al terrateniente). Por estos lares del término municipal de Cieza siempre ha habido algunas cabras montesas, o cabras hispánicas, pero pocas y metidas en los riscos de las montañas, huidizas y sin problemas para nadie. Estupendo. Mas llega un día el político, de espaldas a los problemas de los pequeños agricultores, y, sentado en su sillón ergonómico de su despacho climatizado, decide importar de Marruecos los llamados «arruí», unos pedazos de cabras y cabrones propios de las montañas del Atlas africano. ¡Pos na! Los echan por el Almorchón, los Cabezos Negros, el Romeral. ¡Un desastre! Daños irreparables en almendros y oliveras de todas las fincas de la zona. No solo se comen los cultivos, sino que, ramoneando con su gran envergadura y sus fuertes pezuñas, hacen polvo las ramas hasta más de dos metros de altura. ¿Qué han pensado los políticos al respecto? ¿Ayudar y subvencionar a los agricultores damnificados para que puedan proteger las fincas lindantes al monte con robustas vallas? ¡Una m.! Y así va to.
©Joaquín Gómez Carrillo
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